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Eva FeldLA SENDA DE LAS FLORES OBLICUAS
 
Odio. Detesto. Abomino.
Kim Minsu
 
roe y cata entre los dientes el pecado de padecer. El amargor de las raíces ancestrales que por su forma recuerdan el cuerpo femenino y que dan vigor a quienes lasmastican, conforma, en el caso de Kim Minsu, su humor. Se dirige con paso firme hacia la capilla del padre Johnson
 
en busca de consuelo pero no consigue más que maldecir. Aborrece con frenesí a los japoneses, a los chinos, a los estadounidenses. En suma, tirria, animadversión, iracundia y asco sealinean frente al confesionario. La piel olivácea de su rostro centellea, pues el sudor ha formado en susmejillas y en su frente una espesa capa oleosa. Siente el cabello pegado al cráneo, las manos crispadasy el bullicio de su rencor en el agolpamiento de sus sienes. No ha acabado la enumeración, su odioabarca a los franceses, a los alemanes, a los ingleses. Todos cuervos, zamuros, cornejas; hienasdepredadoras, devoradoras hasta del último hálito. Todos descosidos engañadores de oficio, rapacesdesgraciados. Atragantado, el hombre no consigue controlarse ni aún entregándose a la oración. A borbotones explotan los monosilábicos acordes del padre nuestro en idioma coreano: “Padre nuestroque en el cielo estás, santificado tu nombre sea, así en la tierra como en el cielo tu voluntad hágase”.Es domingo, los feligreses se han vestido de lujo para la misa, ostentan con orgullo la fe que losaglomera bajo la mirada piadosa de un Jesucristo sangrante y de una Virgen María tallada a la maneraitaliana y ligeramente ahumada a causa de los cirios. En la semipenumbra teñida de reverberaciones provenientes de lejanos vitrales, el incienso trasunta gracia. Sólo una persona precede a Kim Minsu enel turno hacia la confesión; es una mujer occidental, una caucásica. Se le adivina una cabellera crespa,debajo del velo negro, por la rebeldía de un flequillo rucio que le tapa parcialmente el ojo derecho,aquél que Kim Minsu logra atisbar cada vez que ella se gira hacia la santidad que emana una Piedad delotro lado de la sacristía. Kim Minsu la ve sin mirarla, sigue en su rezo: “En tentación caer impídenos,del mal líbranos Señor”. La ve avanzar e hincarse, ahora sí le mira el dorso y halla en ella inquietud;esa espalda podría ser la de una esposa de militar estadounidense asignado a despecho a Taegu, laciudad natal de Kim Minsu, a unos trescientos kilómetros de Seúl. La mujer acaba pronto de inventariar sus escasos pecados y al ponerse nuevamente de pie cuenta con la solícita asistencia del coreanoaparentemente apaciguado y gentil a quien corresponde ahora confesarse. “Pecado he” afirma KimMinsu y el padre Johnson, avanza el rostro hacia el susurro para invitarlo a explayarse en inglés.Conoce a cada uno de sus feligreses, sabe que éste lo domina bastante mejor de lo que él mismo hablael coreano. Kim Minsu replica contándole al sacerdote que ha sentido deseos de morir, que sus actos sehan vuelto mecánicos y por ende insensibles. “Añoro al hombre que era antes, a aquél que amaba a su país y su idioma, a aquél que regresaba a su casa con entusiasmo patriarcal a reproducir en su familiauna incondicional tradición, a aquél que honraba la memoria de sus ancestros y demostraba respeto por los ancianos; a aquél que aún siendo católico podía reverenciar el credo ajeno”. —Prosigue hijo mío –le dice el padre Johnson– aligera tu alma. No hay pecado que el Supremo no perdone ante la contrición. —¡Odio! –pronuncia Kim Minsu sin darle tiempo al sacerdote de emitir consejo alguno.Generosamente cede su puesto en el confesionario a un anciano en nada diferente a cualquier abuelo budista. Instintivamente se alisa el cabello, reverenciando disculpas frente al hombre mayor. Sedirige con paso firme hacia la calle determinado a acicalarse debidamente para la misa. Encuentra sincontratiempos la casa pastoral, espera pacientemente a que le abran, se hace conducir hasta el baño y,luego de pasar la llave dos veces en el cerrojo, sorprendiéndose a sí mismo con costumbres que le sonajenas, lava su rostro, salpica con agua su cabello y lo ordena con un minúsculo peine de bolsillo; seenjuaga la boca. En verdad no había pasado por su casa al regresar de la base militar estadounidense deTaegu, donde trabajaba acuartelado la mayoría de las veces desde antes del estallido de la guerra yadonde permanecía por inercia aún después de concluida, porque le parecía demasiado temprano paradespertar a su familia. Por lo demás disfrutaba el desvarío de encontrarse solo bajo un cielo espléndido,sobre todo después de haber hecho, una vez más, el viaje en tren hasta Seúl. Un viaje inescrupuloso quele robaba horas vitales, ni siquiera lograba dormir o leer, tanto menos pensar, sólo perder la mirada enla vasta nada móvil encuadrada en la ventana, una nada oscura, densa y fría. Una realidad. A su llegadaa la estación terminal de la capital sorteaba a los mendigos y a los borrachos con rutinaria manía yhacía tiempo frente a una sopa caliente y picante que le devolviera algún vigor y luego, como hoy, seiba para la iglesia, en cuyas escalinatas no quiso sino estarse quieto y respirar. Cuando escuchó los primeros acordes del órgano que anunciaba el inicio del servicio religioso contravino su momentáneaindependencia. Tomó asiento en el último banco y cerró fuertemente los ojos. En su retina habíaquedado atrapada la imagen de la Virgen María y sobre ella iba implantando la fisonomía de su mujer;sonrió al imaginarla dormida con sus hijas en la estera de bambú. Las tres en pijamas de seda de tenuescolores en los que ligeras mariposas estampadas procuraban alzar el vuelo. Tres pares de pantuflas,también de seda, reposaban ordenadamente a un costado y una amalgama perfumada de ajonjolí conagua de azahares compendiaba en un solo aroma el concepto de hogar. Recordándolas se ledescalabraban las tensiones. Reunía fuerzas para jurar, por ellas, que buscaría un nuevo trabajo, unoque le permitiese vivir en casa, pero se negaba a pasarle revista a las endebles posibilidades de lograrlo.La oferta laboral era restringida y ninguna igualaría ni remotamente el salario que devengaba con losamericanos, mucho menos las prebendas. Odiar a los yanquis era casi una mala praxis, los odiaba por 
 
agradecimiento, porque lo habían rescatado de la miserable rutina implantada por los japoneses, unaque se aprovechaba de la doctrina confucionista para exigir obediencia ciega a los empleados de lasfábricas que implantaron en el país durante el período de su implacable dominación. Poca diferenciahallaba Kim Minsu entre el sometimiento al imperio nipón o a la doctrina autoritaria de sus vecinoschinos, acaso únicamente en que el primero exigía diezmos y la segunda prebendas. Uno inclinar lacerviz, el otro doblegarse. Los insulares japoneses, al morder la lengua del Asia continental pretendíanfagocitarla, hacerla carne propia. No les bastaba por tanto colonizar, pretendían subsanar cualquier atisbo de producción independiente. Los nipones aplicaban la tecnología hasta hacerle olvidar a loscoreanos cualquier memoria de individuación, todo ánimo nacionalista. Los comunistas chinos, por su parte, se movían por causas ideológicas tangibles en lo sanguinario de sus métodos de implantación. Almenos, los pormenores de los yanquis se hacían bajo proclama democrática. El odio de Kim Minsufluía en vertientes y raudales que arrastraban en su cauce tirones de su propia vida malgastada endeyecciones geopolíticas y discursivas, en inmundicias y falsedades, en renuncias descompensadas yutopías ajenas. Su odio era un delta de pendientes acaudaladas. Las decantaciones aluviales eran demarismas y estancamientos, allí, confundido en la feligresía, palpitaban en él sus propios cordoneslitorales, pues era su odio delta de tal suerte que no hallaba salida a mar alguno. Sus sentidos sehallaban cercados por montañas encadenadas que liaban la hiel a su gañote y sus pies a la inamovilidad.Su odio se acrecentaba, pero era a sí mismo a quien detestaba. Su declarada inercia convertía su ira enterreno infecundo. Odiaba en seco.El padre Johnson adoptó repentinamente un tono jocoso y balbuceó torpemente una invitación a participar en la verbena dominical que las hermanas salesianas habían organizado a favor de losveteranos de la Guerra de Corea. Kim Minsu se asombró pues no había advertido ningún indicio defestejo en las inmediaciones de la iglesia. Sus dudas fueron pronto aclaradas cuando la dama caucásica,que lo había precedido en el confesionario, tomó el mando de la celebración y se hizo seguir en filaindia hacia un parque aledaño. Iban pues, tras ella, cantando, hombres y mujeres, niños y niñas. KimMinsu supo entonces que la inquietante espalda que lideraba la serpentina humana daba clases deinglés todos los jueves en la escuela parroquial.
Where have all the flowers gone, long time passing,where have all the flowers gone long time ago?… Young girls picked them every one, oh when will theyever learn, when will they ever learn
? Kim Minsu conocía la versión que cantaba Joan Báez a finalesde la década de los sesenta, se la había escuchado con frecuencia a los marines en sus barracas, quienesa su vez remedaban a sus superiores, escuchando embelesados a la cantante frente al disco de viniloque giraba a setenta y ocho revoluciones debajo de una aguja adiamantada. Súbitamente atraído se unióa la marcha festiva y mucho antes de terminar las numerosas estrofas se encontró, encantado, con unecléctico festival de emociones. Había allí toda clase de manjares manoseados por beatíficas alumnasde catecismo y sus diligentes parientes. Se había acordado venderle un boleto único a cada comensal;consistía en una pequeña libreta hecha a mano con papel artesanal de varios colores del cuál se ibandesprendiendo cupones a medida que se consumían los diferentes platillos. Este primer contingente defeligreses tenía precisamente la misión de disponer los quioscos y las viandas, mientras que los que loshabían transportado hasta el parque se acicalaban para asistir a la segunda misa del padre Johnson. Enverdad el evento estaba programado para el mediodía, así que Kim Minsu quiso marcharse para sucasa; no llevaba puesto su reloj pero juzgó que llegaría justo a tiempo para el desayuno familiar. Laimagen le bailoteaba con afán, pero fue detenido en su aceleración por una mano masculina de cuyoapretón se desprendió una invitación impostergable a echar una mano de
 Baduk 
. Los primeros instantesse estancaron en unívoca perturbación. No se reconocía en la identidad de huésped, pero tenía aqueldesafío visos y atractivos difíciles de declinar. Un sol gentil abrasaba a fuego lento en el descampado yconducía a los festinados domingueros a refugiarse a la vera de árboles perfectamente tallados. Amboscoreanos se entendieron mediante cortesías gesticulares. Ninguno tomó la delantera ni apuró el paso,intercambiaron apenas las palabras necesarias para determinar según las tradiciones a quien le tocaríanlas fichas blancas y a quien las negras. Hacía mucho tiempo que Kim Minsu no se asía a una batalla de
 Baduk 
y se preparaba repasando en su memoria algunas estratagemas de cuando jugaba con asiduidad.El juego se fue abriendo sin la mirada de terceros, era demasiado temprano para el despertar de lasfamilias. Las fichas blancas danzaban procurando cercar a las negras, las cuales, a su vez, huíanintentando envolver a las blancas. Las fuerzas del
yin
y del
 yan
se movían en aquel tablero dediecinueve centímetros cuadrados, con cuatro mil años de antecedentes lúdicos y militares. A los jugadores se les resquebrajaban las arrugas, hasta sus huellas dactilares parecían modificarse en aquellaejercitación. Al principio las movidas eran rápidas, casi automáticas, porque el avance estratégicoexigía apenas cierta gimnasia memoriosa, evocar jugadas remotas y antiguos desempeños, pero luegolos lances se desaceleraban anclándose en sesudez y creatividad. Los aromas culinarios se expandían enondas envolventes, el retozo de los niños desplazaba bienaventuradas humaredas nutricias; perseguíany manoteaban aquellas nubes comestibles hasta conformar bulliciosas filas frente a las sartenes en lasque diligentes cristianas rebullían empanadas de harina de arroz rellenas con acelgas, coliflores,calabacines y abundante cebollín, haciéndose diestros pulpos para repartirlas entre los niños, cuyasmadres acudían en aluvión a pagar el consumo de sus pequeños y a esperar pacientemente el turno delos adultos. Ya los jugadores de
 Baduk 
se habían multiplicado, otras parejas se atacaban mutuamente.

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