agradecimiento, porque lo habían rescatado de la miserable rutina implantada por los japoneses, unaque se aprovechaba de la doctrina confucionista para exigir obediencia ciega a los empleados de lasfábricas que implantaron en el país durante el período de su implacable dominación. Poca diferenciahallaba Kim Minsu entre el sometimiento al imperio nipón o a la doctrina autoritaria de sus vecinoschinos, acaso únicamente en que el primero exigía diezmos y la segunda prebendas. Uno inclinar lacerviz, el otro doblegarse. Los insulares japoneses, al morder la lengua del Asia continental pretendíanfagocitarla, hacerla carne propia. No les bastaba por tanto colonizar, pretendían subsanar cualquier atisbo de producción independiente. Los nipones aplicaban la tecnología hasta hacerle olvidar a loscoreanos cualquier memoria de individuación, todo ánimo nacionalista. Los comunistas chinos, por su parte, se movían por causas ideológicas tangibles en lo sanguinario de sus métodos de implantación. Almenos, los pormenores de los yanquis se hacían bajo proclama democrática. El odio de Kim Minsufluía en vertientes y raudales que arrastraban en su cauce tirones de su propia vida malgastada endeyecciones geopolíticas y discursivas, en inmundicias y falsedades, en renuncias descompensadas yutopías ajenas. Su odio era un delta de pendientes acaudaladas. Las decantaciones aluviales eran demarismas y estancamientos, allí, confundido en la feligresía, palpitaban en él sus propios cordoneslitorales, pues era su odio delta de tal suerte que no hallaba salida a mar alguno. Sus sentidos sehallaban cercados por montañas encadenadas que liaban la hiel a su gañote y sus pies a la inamovilidad.Su odio se acrecentaba, pero era a sí mismo a quien detestaba. Su declarada inercia convertía su ira enterreno infecundo. Odiaba en seco.El padre Johnson adoptó repentinamente un tono jocoso y balbuceó torpemente una invitación a participar en la verbena dominical que las hermanas salesianas habían organizado a favor de losveteranos de la Guerra de Corea. Kim Minsu se asombró pues no había advertido ningún indicio defestejo en las inmediaciones de la iglesia. Sus dudas fueron pronto aclaradas cuando la dama caucásica,que lo había precedido en el confesionario, tomó el mando de la celebración y se hizo seguir en filaindia hacia un parque aledaño. Iban pues, tras ella, cantando, hombres y mujeres, niños y niñas. KimMinsu supo entonces que la inquietante espalda que lideraba la serpentina humana daba clases deinglés todos los jueves en la escuela parroquial.
Where have all the flowers gone, long time passing,where have all the flowers gone long time ago?… Young girls picked them every one, oh when will theyever learn, when will they ever learn
? Kim Minsu conocía la versión que cantaba Joan Báez a finalesde la década de los sesenta, se la había escuchado con frecuencia a los marines en sus barracas, quienesa su vez remedaban a sus superiores, escuchando embelesados a la cantante frente al disco de viniloque giraba a setenta y ocho revoluciones debajo de una aguja adiamantada. Súbitamente atraído se unióa la marcha festiva y mucho antes de terminar las numerosas estrofas se encontró, encantado, con unecléctico festival de emociones. Había allí toda clase de manjares manoseados por beatíficas alumnasde catecismo y sus diligentes parientes. Se había acordado venderle un boleto único a cada comensal;consistía en una pequeña libreta hecha a mano con papel artesanal de varios colores del cuál se ibandesprendiendo cupones a medida que se consumían los diferentes platillos. Este primer contingente defeligreses tenía precisamente la misión de disponer los quioscos y las viandas, mientras que los que loshabían transportado hasta el parque se acicalaban para asistir a la segunda misa del padre Johnson. Enverdad el evento estaba programado para el mediodía, así que Kim Minsu quiso marcharse para sucasa; no llevaba puesto su reloj pero juzgó que llegaría justo a tiempo para el desayuno familiar. Laimagen le bailoteaba con afán, pero fue detenido en su aceleración por una mano masculina de cuyoapretón se desprendió una invitación impostergable a echar una mano de
Baduk
. Los primeros instantesse estancaron en unívoca perturbación. No se reconocía en la identidad de huésped, pero tenía aqueldesafío visos y atractivos difíciles de declinar. Un sol gentil abrasaba a fuego lento en el descampado yconducía a los festinados domingueros a refugiarse a la vera de árboles perfectamente tallados. Amboscoreanos se entendieron mediante cortesías gesticulares. Ninguno tomó la delantera ni apuró el paso,intercambiaron apenas las palabras necesarias para determinar según las tradiciones a quien le tocaríanlas fichas blancas y a quien las negras. Hacía mucho tiempo que Kim Minsu no se asía a una batalla de
Baduk
y se preparaba repasando en su memoria algunas estratagemas de cuando jugaba con asiduidad.El juego se fue abriendo sin la mirada de terceros, era demasiado temprano para el despertar de lasfamilias. Las fichas blancas danzaban procurando cercar a las negras, las cuales, a su vez, huíanintentando envolver a las blancas. Las fuerzas del
yin
y del
yan
se movían en aquel tablero dediecinueve centímetros cuadrados, con cuatro mil años de antecedentes lúdicos y militares. A los jugadores se les resquebrajaban las arrugas, hasta sus huellas dactilares parecían modificarse en aquellaejercitación. Al principio las movidas eran rápidas, casi automáticas, porque el avance estratégicoexigía apenas cierta gimnasia memoriosa, evocar jugadas remotas y antiguos desempeños, pero luegolos lances se desaceleraban anclándose en sesudez y creatividad. Los aromas culinarios se expandían enondas envolventes, el retozo de los niños desplazaba bienaventuradas humaredas nutricias; perseguíany manoteaban aquellas nubes comestibles hasta conformar bulliciosas filas frente a las sartenes en lasque diligentes cristianas rebullían empanadas de harina de arroz rellenas con acelgas, coliflores,calabacines y abundante cebollín, haciéndose diestros pulpos para repartirlas entre los niños, cuyasmadres acudían en aluvión a pagar el consumo de sus pequeños y a esperar pacientemente el turno delos adultos. Ya los jugadores de
Baduk
se habían multiplicado, otras parejas se atacaban mutuamente.
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