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Doméstica

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Cuento de Fenómena by ME.
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07/10/2013

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Doméstica
 Para Óscar David 
Llegaron con la apostura de un retrovirus. Certeza en sus cuerpos acompasados. La ideales bulle entre las cejas y la amainan extranjeros, amontonando los gestos. Tras un brevereconocimiento del lugar, el hombre en silla de ruedas le hace una seña a la rubia que loacompaña y ella sostiene los manubrios para deslizarlo en la irregularidad del pavimento. La textura de ambos brinca como un pegote que obliga al paisaje aconvertirse en collage. Y así, descontextualizados de cualquier rutina, se desvanecenigual que fantasmas atravesadores de paredes en la puerta de Doña Rosita.Probablemente viajaron kilómetros, es difícil adivinar si el semblante desastrosoes parte de la vida o de una presurosa travesía; la tarde es de por sí una veterana mañanade salitre en la ropa. O tal vez es el sol que avejenta la sorpresa y erosiona sus motivosen los charcos de sudor. La imagen de su llegada es el pasar debajo de una escalera por accidente y percatarse e intentar rebobinar el asombro u olvidar la superstición: sinéxito. Existen a pesar de la escenografía improbable, o quizá la improbabilidad es unmontaje para su aparición en escena, una treta con disfraz de azar. Como si el sombreroarriscado de él o su camisa neja de algodón o el saco de gamuza descolorida o los
 
 pantalones doblados que cobijan sus muñones (asegurados por un par de broches), pudieran pasar desapercibidos. Con igual sutilidad la minifalda de ella, tiesa, como unasombrilla asiática para sus piernas largas y correosas o su blusa de chillones garigoles olos tacones beiges embadurnados de lodo seco; parecería que nadie se tomó la molestiade avisarles que la fiesta de disfraces se había cancelado.La noticia de su llegada tarda apenas unas horas en diseminarse por el barrio. Y,como es de esperarse, la forma de su arribo irá mutando dependiendo de la boca.Algunos asegurarán que bade una limusina, ayudado por un guardaespaldasfortachón; otros que llegó en una Hummer coloreada de diversas suposiciones; otross sincretizan el rumor de una limusina de Hummer (sin especificar color)conducida por una rubia halterofilita y, sólo unos cuantos (quizá los primeros),aseverarán la simpleza de una Toyota negra y sucia, de nuevo modelo. Pero casi todosestán buscando una excusa para pasar frente a la casa de Doña Rosita. No es un pretextodifícil, dado que la señora vive cerca de la carnicería; lo difícil será comprar carne el díamás lejano a la quincena. Aunque tampoco esto importa, ya que el carnicero, sabiocomerciante, en días tan irregulares, tiene suministros de aserrín, patas, pescuezos yvísceras para la venta de famélico gramaje. Suena exagerado pero es pertinente anotar que la mayoría comprará patas o pescuezos de pollo y una nube aromada de laurel y salviajará vaporosa por las calles de la colonia. Esta tarde, los estómagos celebrarán con uncaldito de pollo el hervor de la incertidumbre que es su visita.A pesar de las sutiles miradas de soslayo y complicidad entre los habitantes, losatípicos paseos diurnos por la acera y los comentarios entre dientes, la colonia lucesospechosamente tranquila. Es una tarde de verano en la que los vecinos, en lugar deatrincherarse del calor frente a sus ventiladores de aspas azules, deciden romper lacostumbre con el suceso y asomarse un poco para ver si los salpica. El barrio no es muy
 
distinto que una década atrás. La prosperidad no construyó una sola pared ni pintó decal las bardas ni estacionó nuevos vehículos y tampoco recarpeteó el pavimento; mas puso niños en los vientres de las niñas y enfermedades desconocidas sobre las camas. Esel mismo lugar, de similares proporciones y puertas, tamaño de calles y número decasas, pero con colores s pardos u oxidados; negligente el mantenimiento, laevolución del descuido. Un espacio en el que la ausencia llegó adolescente y nihilista,sin otro motivo que lo inmediato y lo incuestionable de la supervivencia. Pasarán unashoras antes de que se sepa a qué han venido. Antes de que las puertas se abran y DoñaRosita se asome un poco, apenas dejando ver su cabeza borgoña de raíces blancas y quelos vecinos se retiren a casa con el crepúsculo y migajas de especulación en la garganta.Esta visita puede significar muchas cosas. Y probablemente en el futuro se inventaránépicas mentales sobre el arribo del antihéroe u odas malversadas del porqué.Leo se fue una tarde de parecidos matices. Nadie le siguió el paso, ninguno seimaginaba que de verdad se iba. Todos sonreían o se tornaban indiferentes ante el rodar lastimero de la silla. Y él, sonrojado por las miradas o quién sabe si por coraje, asía lasmanos a las llantas para impulsarlas con torpeza. En aquella ocasión, doña Rosita noasomó su cabeza borgoña para despedirlo. Así ocurrió: la tarde, la ausencia de su madreen el marco de la puerta y la silueta de una silla de ruedas que va disminuyendo a lavelocidad de un cuadro por cuadro. Meses después se sabría de la discusión ensalzada por la saliva de cada boca: Leo se fue de casa. Dada su condición, algunos le pusieroncaducidad al enojo y otros más lo creyeron muerto. Pero ninguno apostó por verlo frentea un montón de micrófonos, iluminado por estroboscópicos flashazos de cámaras.Tampoco alguno creyó la noticia del viaje a Francia por la nominación de su película,hasta que el mismo sabio comerciante de la carnicería, enmarcó el recorte de periódico

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