metaforización (irreductible a funciones ornamentales) en un contexto que la hace casiininteligible, sobre el riesgo de las generalizaciones apresuradas y sobre cierto espíriturepresivo... en el propio Gombrowicz. Al fin y al cabo, ¿por qué el poeta debería abandonarsu idioma? Habida cuenta de la co-sustancialidad entre lenguaje y pensamiento, no cabedudas que sería una forma de mutilar el pensar mismo.Con todo, puede que
quizás
estuviera afirmando algo diferente: que no hay poesíavaliosa si no es capaz de sustraerse de la
lengua materna
–una lengua que, en los poetas, seconvierte en
jerga.
Ahora bien, si lo que caracteriza una jerga es su configuración como
lenguaje profesionalizado
, activando una mutua complicidad de los participantes, locuestionable no es tanto
la escritura en un mismo idioma
, sino el hacer del idioma una patriaen la que nos protegemos de la distancia que todo poeta requiere para permanecer
.
Distancia,entonces, con respecto a la
lengua materna.
Avanzando más allá de lo que este texto nos habilita, podríamos insistir en laimposibilidad de cambiar nuestro mundo social sin cambiar los modos de interpretarlo. Ypuesto que
no hay interpretación que no requiera un soporte lingüístico,
todo ejercicio de
re-interpretación
es un ejercicio de desplazamiento con respecto al universo lingüísticohabitualmente utilizado. Kristeva, lo dice bellamente:
“El que habla la «otra lengua», nuestro extranjero-traductor, es invitado a callar, a menos quese una a alguno de los clanes existentes, a una de las retóricas en vigor”
viii
.Este tipo de escritor, alejándose de la lengua de los clanes, habita un espacio deextranjería, incluso a riesgo de caer en el ostracismo. En este punto, no es extraño quecuestionemos ciertos usos de la lógica de la etiqueta por parte de los clanes, como modo dedicotomizar entre un
nosotros
–como encarnación de una supuesta virtud literaria- y los otros,reducidos a objetos de una estética superficial. C
uidarnos de ese maniqueísmo -intelectualy político- forma parte de la gramática de esta
otra lengua.
Habría pues que indagar enla extranjería como lugar de enunciación más que como espacio físico de estancia. Serextranjero remite, en este contexto discursivo, a una interminable búsqueda que nos exilia delas certidumbres. Lo mismo podemos afirmar para referirnos a la práctica poética, inclusocomo tentativa de
traducción
de las «pasiones secretas» a una «música vigilada del sentido».Volvamos pues al argumento central: Gombrowicz no escribe contra los
malos poetas
(que los hay y son legión), ni contra los
esnobistas
(que también son multitud). Escribe contrauna Poesía que no se ha decidido a avanzar en su deicidio, que no se ha hecho libertaria, quedefiende, en suma, la Institución
en sí
(como si no debiera contribuir a hacer imaginables
otravida
y
otro mundo
-podríamos agregar
ix
-)
.
Escribe contra una Poesía petrificada que impide elpoetizar
imprevisible, arriesgado, singular.
Pero ¿qué más previsibles que los golpes deefecto de los que se sitúan en el Parnaso? ¿Qué menos arriesgado que la relectura de lo ya-sabido, de lo que suscita un entusiasmo fácil y facilista de cierto público cautivado antesincluso de conocer el poema? ¿Qué menos riesgoso puede haber que el sustraerse del desafíoque cada poema auténtico propone, más allá de la consagración de los nombres? Y ¿quémenos singular que la escritura que se somete voluntariamente a tanto “ismo” domesticador, atradiciones literarias consagradas que en su misma institucionalización pierden o mitigan supotencia crítica?Admitamos pues, que en su crítica “simplista y brutal” (tal como Gombrowicz mismocalificara su intervención) hay un núcleo de verdad perturbador. Admitamos también que sulectura de los poetas no es ajena a nuestra contemporaneidad, que incluso es más fácilarrancar un aplauso que un gesto de desconcierto, que sin extranjería no hay fluir poético quetense la Poesía fosilizada, que sin destrucción de textos canonizados y contra-canonizados loúnico que nos queda es un Museo de Estética para arribistas y conformistas, “muchedumbrede seres excepcionales”, carentes de todo sentido (auto)crítico. Aceptemos, cómo no, que hayque escribir
contra la Poesía,
esa egolatría parlanchina que se inviste de Madurez sin dejar derepetir un credo heterónomo. Aceptemos, finalmente, que también nosotros, aprendices depoetas, aprendices de humanidad, participamos en una lucha en la que tenemos muy poco
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