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«Apuntes críticos sobre la belleza artística» -Arturo Borra
I.
 La reclusión de lo bello
“Y después de Auschwitzy después de Hiroshima, cómo no escribir”.J. A. Valente
i
“Pues lo hermoso no es otra cosa que el comienzo/ de lo terrible en un grado que todavía podemossoportar/ y si lo admiramos tanto es sólo porque,indiferente/ rehúsa aniquilarnos. Todo ángel esterrible”.J. M. Rilke
ii
Desde la antigüedad, siguiendo un ensayo de H. Marcuse
iii
, la filosofía –signadapor el
idealismo
- desconectó lo «bello», lo «bueno» y lo «verdadero» (recluido almundo espiritual) de lo «útil» y lo «necesario» (remitente al mundo material). Con estaseparación dicotómica fundamental, el concepto de
belleza
históricamente quedó ligadoa la idea de una pura interioridad, contrapuesta a una sensibilidad estigmatizada. Con el
imperio de la mercancía
, en el que los humanos reproducen su existencia material acosta de instaurar la miseria de una sociedad de clases, esta tríada tiene que trascender lavida. Los “valores eternos” se separan por un abismo de sentido de lo (fijadohistóricamente como) necesario. Tras la separación ontológica y gnoseológica entre«sentidos» y «razón», se hace tolerable una reprobable forma de existencia. La praxismaterial queda eximida de tener que responder a estos
valores supremos
,irreconciliables con respecto al mundo corporal.Siguiendo esta argumentación, el idealismo burgués no sólo reafirma estadicotomía antigua entre lo «espiritual» y lo «corporal», sino que además enfatiza laobligatoriedad de ocuparse de lo bello, lo bueno y lo verdadero como tríada suprema delespíritu (énfasis ausente en la era pre-moderna). Se abre camino a una despreocupación
 
filosófica por los procesos materiales de la existencia. Como seres abstractos, todos loshombres deben aspirar a estos valores; como sujetos corporales, sin embargo, apenas sicabe pensar en el acceso a este mundo elevado por parte de las mayorías sociales,ocupadas en reproducir su existencia material. Con ello, se plantea una configuracióncultural que Marcuse denomina «cultura afirmativa
»,
queencubre los antagonismossociales en una aparente unidad interna: anuncia como deseable la felicidad interior,pero en un contexto de servidumbre externa, posibilitando la reafirmación de loexistente.
 La igualdad abstracta
(«jurídica», dice también el autor, en tantoequivalencia formal desmentida por la práctica)
tiene como contracara la desigualdad social concreta.
La realidad histórica es perpetuada por una cultura afirmativa quecelebra un ideal de felicidad espiritual en un contexto de muerte y miseria material. A lavez que anuncia una humanidad universal, consolida la represión de las masas
iv
. Ensuma, dentro de la cultura afirmativa, el mundo anímico-espiritual queda escindido delmundo material, planteando al primero como bien universal, valioso en sí mismo y
vinculante u obligatorio
, esencialmente superior a la facticidad de las luchas cotidianaspor la subsistencia
v
.En este marco, se plantea la ambivalencia del «arte burgués»: por un ladoquiebra con la “resignación irreflexiva ante lo cotidiano” pero a la vez pone estasfuerzas como
metafísicas
. Lo que en última instancia importa a nuestros fines es queincluso ese tipo de arte
muestra
que este mundo puede cambiar, dando lugar a unaexistencia venidera de felicidad. Si el “arte burgués” plantea como metafísico lopolítico, una apuesta contraria es precisamente
 politizar la metafísica
-denunciarla poreternizar en una condición abstracta general, una infelicidad histórica, vinculada a lapenuria y a la esclavitud modernas
vi
. Lo interesante aquí es que todo arte que anuncieuna «promesa de felicidad» se hace peligroso en un mundo de privaciones. “El verso
 
hace posible lo que en la prosa de la realidad se ha vuelto imposible”
vii
. Loproblemático, sin embargo, no reside tanto en la promesa como en su incumplimientosistemático en el mundo de la vida cotidiana.El alma bella en lo ominoso de la existencia, “sublimiza la resignación”, le dauna falsa dignidad, en tanto tiende a aceptar lo real como fatalidad trágica. En el arteburgués retornan las verdades olvidadas por la realidad cotidiana, aunque alejadas delpresente en cuanto a su realización efectiva. La belleza se hace promesa de una felicidad–como tal legítima-, pero en cuanto desconectada de lo corpóreo (o de lo sensible), sehace cómplice, por hacer soportable el desasosiego del presente. “El arte, al mostrar labelleza como algo actual, tranquiliza el anhelo de los rebeldes”
viii
. De esta manera, ysimultáneamente, la belleza que muestra otro mundo histórico posible, amenaza conaplacar los impulsos políticos transformadores. El problema dentro de este horizontedialéctico, por tanto, no es todo sueño de belleza y libertad, sino aquellos que sedesconectan de una materialidad sangrante, del deterioro de un cuerpo sufriente,haciéndose cualidades del alma –último consuelo ante la desdicha
.
Por un lado, entonces, existen formas de belleza que ocultan el desamparo vital.Constituyen modos específicos de olvido –más o menos deliberado- de las condicionesdel presente, en particular, del sufrimiento humano
 producido
, entre otras cuestiones,por una cultura dualista que desconecta el
 padecer 
del
ser social
e
histórico
.De ahí, sin embargo, no cabe derivar ningún rechazo general a
toda
forma debelleza, en tanto «esplendor ontológico» al decir de Heidegger. Ese rechazo unilateralconduciría a negar la existencia de sentidos diversos de lo bello, como si
necesariamente
condujeran a un aplacamiento del desasosiego ante lo real. De ahí quela crítica aludida refiere a aquel tipo de belleza que se plantea como consuelo interior enuna sociedad desgarrada. No faltan legítimas denuncias de lo bello como una forma de

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