filosófica por los procesos materiales de la existencia. Como seres abstractos, todos loshombres deben aspirar a estos valores; como sujetos corporales, sin embargo, apenas sicabe pensar en el acceso a este mundo elevado por parte de las mayorías sociales,ocupadas en reproducir su existencia material. Con ello, se plantea una configuracióncultural que Marcuse denomina «cultura afirmativa
»,
queencubre los antagonismossociales en una aparente unidad interna: anuncia como deseable la felicidad interior,pero en un contexto de servidumbre externa, posibilitando la reafirmación de loexistente.
La igualdad abstracta
(«jurídica», dice también el autor, en tantoequivalencia formal desmentida por la práctica)
tiene como contracara la desigualdad social concreta.
La realidad histórica es perpetuada por una cultura afirmativa quecelebra un ideal de felicidad espiritual en un contexto de muerte y miseria material. A lavez que anuncia una humanidad universal, consolida la represión de las masas
iv
. Ensuma, dentro de la cultura afirmativa, el mundo anímico-espiritual queda escindido delmundo material, planteando al primero como bien universal, valioso en sí mismo y
vinculante u obligatorio
, esencialmente superior a la facticidad de las luchas cotidianaspor la subsistencia
v
.En este marco, se plantea la ambivalencia del «arte burgués»: por un ladoquiebra con la “resignación irreflexiva ante lo cotidiano” pero a la vez pone estasfuerzas como
metafísicas
. Lo que en última instancia importa a nuestros fines es queincluso ese tipo de arte
muestra
que este mundo puede cambiar, dando lugar a unaexistencia venidera de felicidad. Si el “arte burgués” plantea como metafísico lopolítico, una apuesta contraria es precisamente
politizar la metafísica
-denunciarla poreternizar en una condición abstracta general, una infelicidad histórica, vinculada a lapenuria y a la esclavitud modernas
vi
. Lo interesante aquí es que todo arte que anuncieuna «promesa de felicidad» se hace peligroso en un mundo de privaciones. “El verso
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