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LIVE
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TAPLES
L
EWIS
(1898-1963) fue uno de los intelectuales más importantes delsiglo veinte y podría decirse que fue el escritor cristiano más influyente de sutiempo. Fue profesor particular de literatura inglesa y miembro de la junta degobierno en la Universidad Oxford hasta 1954, cuando fue nombrado profesor de literatura medieval y renacentista en la Universidad Cambridge, cargo quedesempeñó hasta que se jubiló. Sus contribuciones a la crítica literaria, literaturainfantil, literatura fantástica y teología popular le trajeron fama y aclamación anivel internacional. C. S. Lewis escribió más de treinta libros, lo cual le permitióalcanzar una enorme audiencia, y sus obras aun atraen a miles de nuevoslectores cada año. Sus s distinguidas y populares obras incluyen
LasCrónicas de Narnia, Los Cuatro Amores, Cartas del Diablo a Su Sobrino y MeroCristianismo.
 
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Índice
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Prefacio
El contenido de este libro fue primero emitido por la radio y después publicado entres partes separadas:
 Argumento a favor del cristianismo
(1942),
Comportamientocristiano
(1943) y
Más allá de la personalidad 
(1944). En la versión impresa añadíalgunas cosas a lo que había dicho ante los micrófonos, pero aparte de esto dejé eltexto más o menos como estaba. Una «charla» por la radio debe asemejarse tantocomo sea posible a una charla auténtica, y no a un ensayo leído en voz alta. En misalocuciones, por tanto, utilicé todas las contracciones y coloquialismos quenormalmente utilizo en la conversación. Y cuando en las charlas había acentuado laimportancia de una palabra por el énfasis de mi voz, la escribía en letra cursiva. Ahorame inclino a pensar que esto es un error, un híbrido indeseable entre el arte de hablar yel arte de escribir. Un conversador debe utilizar las variaciones de la voz a guisa deénfasis porque su medio se presta naturalmente a ese método, pero un escritor no debevalerse de la cursiva para el mismo fin. Tiene sus medios propios y distintos de resaltar las palabras clave y debe utilizarlos. En esta edición he expandido las contracciones yreemplazado la mayoría de las palabras en cursiva redactando nuevamente las frasescuando ha sido preciso, pero sin alterar, espero, el tono «popular» o «familiar» quesiempre había sido mi intención utilizar. También he añadido o suprimido allí dondepensé que comprendía una parte de mi tema mejor que diez años atrás, o donde sabíaque la versión original había sido mal comprendida por algunos.El lector debe quedar advertido de que no ofrezco ayuda alguna a aquellos quedudan entre dos «denominaciones» cristianas. No seyo quien le diga si debeconvertirse en un anglicano, un católico, un metodista o un presbiteriano. Esta omisiónes intencionada (incluso en la lista que acabo de dar el orden es alfabético). No haymisterio acerca de mi propia posición. Soy un laico ordinario de la Iglesia de Inglaterra,ni muy «alto» ni muy «bajo», ni ninguna otra cosa en especial. Pero en este libro nointento atraer a nadie a mi propia posición. Desde que me convertí al cristianismo hepensado que el mejor, y tal vez el único, servicio que puedo prestar a mis prójimos nocreyentes es explicar y defender la creencia que ha sido común a casi todos loscristianos de todos los tiempos. Tenía más de una razón para pensar esto. En primer lugar, las cuestiones que separan a los cristianos unos de otros a menudo implicantemas de alta teología o incluso de historia eclesiástica que nunca deberían ser tratadossalvo por auténticos expertos. Yo habría estado fuera de mi jurisdicción en ese terreno:más necesitado de ayuda que capacitado para ayudar a otros. En segundo lugar, creoque debemos admitir que las discusiones sobre estos disputados temas no tienden enabsoluto a atraer a un «forastero» a la congregación cristiana. Mientras hablemos yescribamos sobre ellas es mucho más probable que lo disuadamos de ingresar encualquier comunión cristiana que lo atraigamos a la nuestra. Nuestras divisiones jamásdeberían ser discutidas salvo en presencia de aquellos que ya han llegado a creer quehay un solo Dios y que Jesucristo es Su único Hijo. Finalmente, tuve la impresión deque tenemos muchos más, y más talentosos, autores ya dedicados a esos temascontrovertidos que a la defensa de lo que Baxter llama el «mero» cristianismo. Aquellaparte del terreno en la que pensé que podía servir mejor era también la parte que mepareció más desatendida, y allí naturalmente me dirigí.Por lo que sé, estos fueron mis únicos motivos, y me sentiría muy contento si lagente no extrajera elaboradas conclusiones de mi silencio con respecto a ciertos temasen disputa.Por ejemplo, tal silencio no necesariamente significa que yo mismo me sientaindeciso. A veces me siento así. Hay cuestiones en liza entre los cristianos para lascuales no creo tener la respuesta. Hay algunas para las que tal vez nunca conozca larespuesta: si las planteara, incluso en un mundo mejor, podría (por todo lo que sé)recibir la misma respuesta que recibió un interrogador mucho más grande que yo: « ¿Y
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