PRÓLOGO PARA FRANCESES
I
Este libro -suponiendo que sea un libro- data... Comenz
ó
a publicarse en undiario madrile
ño
en 1926, y el asunto de que trata es demasiado humano para queno le afecte demasiado el tiempo. Hay, sobre todo,
épocas
en que la realidadhumana, siempre m
óvil,
se acelera, se embala en velocidades vertiginosas.Nuestra
época
es de esta clase porque es de descensos y ca
ídas.
De aqu
í
que loshechos hayan dejado atr
ás
el libro. Mucho de lo que en
él
se anuncia fue prontoun presente y es ya un pasado. Adem
ás,
como este libro ha circulado muchodurante estos a
ños
fuera de Francia, no pocas de sus f
órmulas
han llegado ya allector franc
és
por v
ías
an
ónimas
y son puro lugar com
ún.
Hubiera sido, pues,excelente ocasi
ón
para practicar la obra de caridad m
ás
propia de nuestrotiempo: no publicar libros superfluos. Yo he hecho todo lo posible en estesentido -va para cinco a
ños
que la casa Stock me propuso su versi
ón-;
pero se meha hecho ver que el organismo de ideas enunciadas en estas p
áginas
no consta allector franc
és
y que, acertado o err
óneo,
fuera
útil
someterlo a su meditaci
ón
ya su cr
ítica.
No estoy muy convencido de ello, pero no es cosa de formalizarse. Me importa,sin embargo, que no entre en su lectura con ilusiones injustificadas. Conste,pues, que se trata simplemente de una serie de art
ículos
publicados en un diariomadrile
ño
de gran circulaci
ón.
Como casi todo lo que he escrito, fueron escritasestas p
áginas
para unos cuantos espa
ñoles
que el destino me hab
ía
puestodelante.
¡No
es sobremanera improbable que mis palabras, cambiando ahora dedestinatario, logren decir a los franceses lo que ellas pretenden enunciar? Malpuedo esperar mejor fortuna cuando estoy persuadido de que hablar es unaoperaci
ón
mucho m
ás
ilusoria de lo que suele creerse; por supuesto, como casitodo lo que el hombre hace. Definimos el lenguaje como el medio que nos sirvepara manifestar nuestros pensamientos. Pero una definici
ón,
si es ver
ídica,
esir
ónica,
implica t
ácitas
reservas, y cuando no se la interpreta as
í,
producefunestos resultados. As
í ésta.
Lo de menos es que el lenguaje sirva tambi
én
paraocultar nuestros pensamientos, para mentir. La mentira ser
ía
imposible si elhablar primario y normal no fuese sincere. La moneda falsa circula sostenida porla moneda sana. A la postre, el enga
ño
resulta ser un humilde par
ásito
de laingenuidad.No; lo m
ás
peligroso de aquella definici
ón
es la a
ñadidura
optimista con quesolemos escucharla. Porque ella misma no nos asegura que mediante el lenguajepodamos manifestar con suficiente adecuaci
ón
todos nuestros pensamientos. No secomprende a tanto, pero tampoco nos hace ver francamente la verdad estricta: quesiendo al hombre imposible entenderse con sus semejantes, estando condenado aradical soledad, se exten
úa
en esfuerzos para llegar al pr
ójimo.
De estosesfuerzos es el lenguaje quien consigue a veces declarar con mayor aproximaci
ón
algunas de las cosas que nos pasan dentro. Nada m
ás.
Pero de ordinario no usamosestas reservas. Al contrario, cuando el hombre se pone a hablar, lo hace
porque
cree que va a poder decir cuanto piensa. Pues bien: esto es lo ilusorio. Ellenguaje no da para tanto. Dice, poco mas o menos, una parte de lo que pensamos,y pone una valla infranqueable a la transfusi
ón
del resto. Sirve bastante bienpara enunciados y pruebas matem
áticas;
ya al hablar de f
ísica
empieza a hacerseequ
ívoco
e insuficiente. Pero conforme la conversaci
ón
se ocupa de temas m
ás
importantes que
ésos,
m
ás
humanos, m
ás «reales»,
va aumentando su imprecisi
ón,
su torpeza y confusionismo. D
óciles
al prejuicio inveterado de que hablando nosentendemos, decimos y escuchamos tan de buena fe, que acabamos muchas veces pormalentendernos mucho m
ás que si, mudos, procurásemos adivinarnos.
Se olvida demasiado que todo aut
éntico
decir no s
ólo
dice algo, sino que lo dicealguien a alguien. En todo decir hay un emisor y un receptor, los cuales no sonindiferentes al significado de las palabras.
Éste
var
ía
cuando aqu
éllas
var
ían.
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