/  122
 
JOSÉ ORTEGA Y GASSET
LA REBELIÓN DE LAS MASAS
Editado por
INSTANTES 
 
PRÓLOGO PARA FRANCESES
I
Este libro -suponiendo que sea un libro- data... Comenz
ó
a publicarse en undiario madrile
ño
en 1926, y el asunto de que trata es demasiado humano para queno le afecte demasiado el tiempo. Hay, sobre todo,
épocas
en que la realidadhumana, siempre m
óvil,
se acelera, se embala en velocidades vertiginosas.Nuestra
época
es de esta clase porque es de descensos y ca
ídas.
De aqu
í
que loshechos hayan dejado atr
ás
el libro. Mucho de lo que en
él
se anuncia fue prontoun presente y es ya un pasado. Adem
ás,
como este libro ha circulado muchodurante estos a
ños
fuera de Francia, no pocas de sus f
órmulas
han llegado ya allector franc
és
por v
ías
an
ónimas
y son puro lugar com
ún.
Hubiera sido, pues,excelente ocasi
ón
para practicar la obra de caridad m
ás
propia de nuestrotiempo: no publicar libros superfluos. Yo he hecho todo lo posible en estesentido -va para cinco a
ños
que la casa Stock me propuso su versi
ón-;
pero se meha hecho ver que el organismo de ideas enunciadas en estas p
áginas
no consta allector franc
és
y que, acertado o err
óneo,
fuera
útil
someterlo a su meditaci
ón
ya su cr
ítica.
No estoy muy convencido de ello, pero no es cosa de formalizarse. Me importa,sin embargo, que no entre en su lectura con ilusiones injustificadas. Conste,pues, que se trata simplemente de una serie de art
ículos
publicados en un diariomadrile
ño
de gran circulaci
ón.
Como casi todo lo que he escrito, fueron escritasestas p
áginas
para unos cuantos espa
ñoles
que el destino me hab
ía
puestodelante.
¡No
es sobremanera improbable que mis palabras, cambiando ahora dedestinatario, logren decir a los franceses lo que ellas pretenden enunciar? Malpuedo esperar mejor fortuna cuando estoy persuadido de que hablar es unaoperaci
ón
mucho m
ás
ilusoria de lo que suele creerse; por supuesto, como casitodo lo que el hombre hace. Definimos el lenguaje como el medio que nos sirvepara manifestar nuestros pensamientos. Pero una definici
ón,
si es ver
ídica,
esir
ónica,
implica t
ácitas
reservas, y cuando no se la interpreta as
í,
producefunestos resultados. As
í ésta.
Lo de menos es que el lenguaje sirva tambi
én
paraocultar nuestros pensamientos, para mentir. La mentira ser
ía
imposible si elhablar primario y normal no fuese sincere. La moneda falsa circula sostenida porla moneda sana. A la postre, el enga
ño
resulta ser un humilde par
ásito
de laingenuidad.No; lo m
ás
peligroso de aquella definici
ón
es la a
ñadidura
optimista con quesolemos escucharla. Porque ella misma no nos asegura que mediante el lenguajepodamos manifestar con suficiente adecuaci
ón
todos nuestros pensamientos. No secomprende a tanto, pero tampoco nos hace ver francamente la verdad estricta: quesiendo al hombre imposible entenderse con sus semejantes, estando condenado aradical soledad, se exten
úa
en esfuerzos para llegar al pr
ójimo.
De estosesfuerzos es el lenguaje quien consigue a veces declarar con mayor aproximaci
ón
algunas de las cosas que nos pasan dentro. Nada m
ás.
Pero de ordinario no usamosestas reservas. Al contrario, cuando el hombre se pone a hablar, lo hace
porque
cree que va a poder decir cuanto piensa. Pues bien: esto es lo ilusorio. Ellenguaje no da para tanto. Dice, poco mas o menos, una parte de lo que pensamos,y pone una valla infranqueable a la transfusi
ón
del resto. Sirve bastante bienpara enunciados y pruebas matem
áticas;
ya al hablar de f
ísica
empieza a hacerseequ
ívoco
e insuficiente. Pero conforme la conversaci
ón
se ocupa de temas m
ás
importantes que
ésos,
m
ás
humanos, m
ás «reales»,
va aumentando su imprecisi
ón,
su torpeza y confusionismo. D
óciles
al prejuicio inveterado de que hablando nosentendemos, decimos y escuchamos tan de buena fe, que acabamos muchas veces pormalentendernos mucho m
ás que si, mudos, procurásemos adivinarnos.
Se olvida demasiado que todo aut
éntico
decir no s
ólo
dice algo, sino que lo dicealguien a alguien. En todo decir hay un emisor y un receptor, los cuales no sonindiferentes al significado de las palabras.
Éste
var
ía
cuando aqu
éllas
var
ían.
 
Duo si idem dicunt, non est idem.
Todo vocablo es ocasional. El lenguaje es poresencia di
álogo,
y todas las otras formas del hablar depotencian su eficacia.Por eso yo creo que un libro s
ólo
es bueno en la medida en que nos trae undi
álogo
latente, en que sentimos que el autor sabe imaginar concretamente a sulector y
éste
percibe como si de entre las l
íneas
saliese una mano ectopl
ásmica
que palpa su persona, que quiere acariciarla -o bien, muy cort
ésmente,
darle unpu
ñetazo.
Se ha abusado de la palabra, y por eso ha ca
ído
en desprestigio. Como en tantasotras cosas, ha consistido aqu
í
el abuse en el uso sin preocupaciones, sinconciencia de la limitaci
ón
del instrumento. Desde hace casi dos siglos se hacre
ído
que hablar era hablar
urbi et orbi
, es decir, a todo el mundo y a nadie.Yo detesto esta manera de hablar y sufro cuando no s
é
muy concretamente a qui
én
hablo.Cuentan, sin insistir demasiado sobre la realidad del hecho, que cuando secelebr
ó
el jubileo de V
íctor
Hugo fue organizada una gran fiesta en el palaciodel El
íseo,
a que concurrieron, aportando su homenaje, representaciones de todaslas naciones. El gran poeta se hallaba en la gran sala de recepci
ón,
en solemneactitud de estatua, con el codo apoyado en el reborde de una chimenea. Losrepresentantes de las naciones se iban adelantando ante el p
úblico,
ypresentaban su homenaje al vate de Francia. Un ujier, con voz de Est
éntor,
losiba anunciando:
«Monsieur
le Repr
ésentant
de L'Angleterre!
»
Y V
íctor
Hugo, con voz de dram
ático
tr
émolo,
poniendo los ojos en blanco, dec
ía: «L'Angleterre!
Ah Shakespeare!
»
Elujier prosigui
ó: «Monsieur
le Repr
ésentant
de L'Espagne!
»
Y V
íctor
Hugo:
«L'Espagne!
Ah Cervantes!
»
El ujier:
«Monsieur
le Repr
ésentant
de L'Allemagne!
»
Y V
íctor Hugo: «L'Allemagne! Ah Goethe!»
Pero entonces lleg
ó
el turno a un peque
ño
se
ñor,
achaparrado, gordinfl
ón
y torpede andares. El ujier exclam
ó: «Monsieur
le Repr
ésentant
de la M
ésopotamie!»
V
íctor
Hugo, que hasta entonces hab
ía
permanecido impert
érrito
y seguro de s
í
mismo, pareci
ó
vacilar. Sus pupilas, ansiosas, hicieron un gran giro circularcomo buscando en todo el cosmos algo que no encontraba. Pero pronto se advirti
ó
que lo hab
ía
hallado y que volv
ía
a sentirse due
ño
de la situaci
ón.
En efecto,con el mismo tono pat
ético,
con no menor convicci
ón,
contest
ó
al homenaje delrotundo representante diciendo:
«La Mésopotamie! Ah L'humanité
He referido esto a fin de declarar, no sin la solemnidad de V
íctor
Hugo, que yono he escrito ni hablado nunca para la Mesopotamia, y que no me he dirigidojam
ás
a la humanidad. Esta costumbre de hablar a la humanidad, que es la formam
ás
sublime y, por lo tanto, m
ás
despreciable de la democracia, fue adoptadahacia 1750 por intelectuales descarriados, ignorantes de sus propios limites, yque siendo, por su oficio, los hombres del decir, del logos, han usado de
él
sinrespeto ni precauciones, sin darse cuenta de que la palabra es un sacramento demuy delicada administraci
ón.
II
Esta tesis que sustenta la exig
üidad
del radio de acci
ón
eficazmente concedido ala palabra, pod
ía
parecer invalidada por el hecho mismo de que este volumen hayaencontrado lectores en casi todas las lenguas de Europa.Yo creo, sin embargo,que este hecho es m
ás
bien s
íntoma
de otra cosa, de otra grave cosa: de lapavorosa homogeneidad de situaciones en que va cayendo todo el Occidente. Desdela aparici
ón
de este libro, por la mec
ánica
que en el mismo se describe, esaidentidad ha crecido en forma angustiosa. Digo angustiosa porque, en efecto, loque en cada pa
ís
es sentido como circunstancia dolorosa, multiplica hasta elinfinito su efecto deprimente cuando el que lo sufre advierte que apenas haylugar en el continente donde no acontezca estrictamente lo mismo. Pod
ía
antesventilarse la atm
ósfera
confinada de un pa
ís
abriendo las ventanas que dan sobre

Share & Embed

More from this user

Recent Readcasters

Add a Comment

Characters: ...