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El Cuerpo Místico: distribución y uso de la riqueza
Conferencia pronunciada en Bolivia, en enero de 1950,frente a los dirigentes del Apostolado Económico-Social 
La espiritualidad cristiana en nuestro siglo se caracteriza por un deseoardiente de volver a las fuentes, de ser cada a s genuinamenteevangélica, más simple y más unificada en torno al severo mensaje de Jesús.La espiritualidad contemporánea se caracteriza también por la irradiación desus principios sobrenaturales a todos los aspectos de la vida, de modo que lafe repercute y eleva no sólo las actividades llamadas religiosas, sino tambiénlas llamadas profanas. Por haber redescubierto, o al menos por habeacentuado con fuerza extraordinaria el mensaje gozoso de nuestraincorporación a Cristo con la consiguiente divinización de nuestra vida y detodas sus acciones, nada es profano sino profundamente religioso en la vidadel cristiano.Así, al buscar a Cristo es necesario buscarlo completo. Basta sehombre para poder ser miembro del Cuerpo Místico de Cristo, esto es, parapoder ser Cristo (cf. 1Co 12,12-27). El que acepta la encarnación la debeaceptar con todas sus consecuencias, y extender su don no sólo a Jesucristosino también a su Cuerpo Místico. Y este es uno de los puntos más importantesde la vida espiritual: desamparar al menor de nuestros hermanos esdesamparar a Cristo mismo; aliviar a cualquiera de ellos es aliviar a Cristo enpersona. Tocar a uno de los hombres es tocar a Cristo. Por esto nos dijo Cristoque todo el bien o el mal que hiciéramos al más pequeño de sus hermanos a Éllo hacíamos (cf. Mt 25). El núcleo fundamental de la revelación de Jesús, «labuena nueva», es pues nuestra unión, la de todos los hombres, con Cristo.Luego, no amar a los que pertenecen a Cristo, es no aceptar y no amar alpropio Cristo.¿Qué otra cosa sino esto significa la pregunta de Jesús a Pablo cuandose dirige a Damasco persiguiendo a los cristianos: «Saulo, Saulo, ¿por qué mepersigues...?». ¿No dice la voz ¿por qué persigues a mis discípulos?, sino«¿por qué me persigues? Soy Jesús a quien tú persigues» (Hech 9,4-5).Cristo se ha hecho nuestro prójimo, o mejor, nuestro prójimo es Cristoque se presenta a nosotros bajo una u otra forma: preso en los encarcelados;herido en un hospital; mendigo en la calle; durmiendo, con la forma de unpobre, bajo los puentes de un río. Por la fe debemos ver en los pobres a Cristo,y si no lo vemos es porque nuestra fe es tibia y nuestro amor imperfecto. Por esto San Juan nos dice: Si no amamos al prójimo a quien vemos, ¿comopodremos amar a Dios a quien no vemos? (cf. 1Jn 4,20). Si no amamos a Diosen su forma visible ¿cómo podremos amarlo en sí mismo?La comunión de los santos, dogma básico de nuestra fe, es una de lasprimeras realidades que se desprende de la doctrina del Cuerpo Místico: todos
 
los hombres somos solidarios. Todos recibimos la Redención de Cristo, susfrutos maravillosos, la participación de los méritos de María nuestra Madre y detodos los santos, palabra esta última que con toda la verdad puede aplicarse atodos los cristianos en gracia de Dios. La comunión de los santos nos hacecomprender que hay entre nosotros, los que formamos la «familia de Dios»,vínculos mucho más íntimos que los de la camaradería, la amistad, los lazos defamilia. La fe nos enseña que los hombres somos uno en Cristo, participantesde todos los bienes y sufriendo las consecuencias, al menos negativamente, detodos nuestros males.Soluciones al problema de la injusta distribución de los bienes. El primer principio de solución reside en nuestra fe: Debemos creer en la dignidad delhombre y en su elevación al orden sobre natural. Es un hecho triste, pero creoque tenemos que afirmarlo por más doloroso que sea: La fe en la dignidad denuestros hermanos, que tenemos la mayor parte de los católicos, no pasa deser una fría aceptación intelectual del principio, pero que no se traduce ennuestra conducta práctica frente a los que sufren y que mucho menos noscausa dolor en el alma ante la injusticia de que son víctimas. Sufrimos ante eldolor de los miembros de nuestra familia, ¿pero sufrimos acaso ante el dolor delos mineros tratados como bestia de carga, ante el sufrimiento de miles y milesde seres que, como animalitos, duermen botados en la calle, expuestos a lasinclemencias del tiempo? ¿Sufrimos acaso ante esos miles de cesantes que setrasladan de punto a punto sin tener otra fortuna que un saquito al hombrodonde llevan toda su riqueza? ¿Nos parte el alma, nos enferma la enfermedadde esos millones de desnutridos, de tuberculosos, focos permanentes decontagio porque no hay ni siquiera un hospital que los reciba?¿No es, por el contrario, la cómoda palabra «exageración», «prudencia»,«paciencia», «resignación», la primera que viene a sus labios? Mientras loscatólicos no hallamos tomado profundamente en serio el dogma del CuerpoMístico de Cristo que nos hace ver al Salvador en cada uno de nuestroshermanos, aún en el más doliente, en el más embotado minero que mascacoca, en el trabajador que yace ebrio, tendido física y moralmente por suignorancia, mientras no veamos en ellos a Cristo nuestro problema no tienesolución.Es necesaria la cooperación inteligente de los técnicos que estudien elconjunto económico–social del momento que vive el país y proponga medidaseficaces. Ha llegado la hora en que nuestra acción económico–social debecesar de contentarse con repetir consignas generales sacadas de las encíclicasde los Pontífices y proponer soluciones bien estudiadas de aplicación inmediataen el campo económico–social. Tengo la íntima convicción de que si loscatólicos proponen un plan bien estudiado que mire al bien común, encontraráel apoyo de buenas voluntades que existen en todos los campos y seconvertirá este plan en realidad.Para terminar hagamos nuestro el pensamiento de o XII en sumensaje de Navidad de 1939 cuando dice que «las reglas, aun las mejores,que puedan establecerse jamás serán perfectas y estarán condenadas alfracaso si los que gobiernan los destinos de los pueblos y los mismos pueblos
 
no se impregnan con un espíritu de buena voluntad, de hambre y sed de justicia y de amor universal, que es el objetivo final del idealismo cristiano».Esta hambre y sed de justicia en ninguna otra realidad puede estimularse másque en la consideración del hecho básico de nuestra fe: por la Redención todossomos uno en Cristo; Él vive en nuestros hermanos. El amor que a Él ledebemos hagámoslo práctico en los que a él representan. «Lo que hicierais almenor mis pequeñuelos a mí lo hacéis» (Mt 25,40).E
l Cuerpo Místico: distribución y uso de la riqueza
 
Conferencia pronunciada en Bolivia, en enero de 1950, frente a los dirigentesdel Apostolado Económico-Social 
La espiritualidad cristiana en nuestro siglo se caracteriza por un deseoardiente de volver a las fuentes, de ser cada a s genuinamenteevangélica, más simple y más unificada en torno al severo mensaje de Jesús.La espiritualidad contemporánea se caracteriza también por la irradiación desus principios sobrenaturales a todos los aspectos de la vida, de modo que lafe repercute y eleva no sólo las actividades llamadas religiosas, sino tambiénlas llamadas profanas. Por haber redescubierto, o al menos por habeacentuado con fuerza extraordinaria el mensaje gozoso de nuestraincorporación a Cristo con la consiguiente divinización de nuestra vida y detodas sus acciones, nada es profano sino profundamente religioso en la vidadel cristiano.Así, al buscar a Cristo es necesario buscarlo completo. Basta sehombre para poder ser miembro del Cuerpo Místico de Cristo, esto es, parapoder ser Cristo (cf. 1Co 12,12-27). El que acepta la encarnación la debeaceptar con todas sus consecuencias, y extender su don no sólo a Jesucristosino también a su Cuerpo Místico. Y este es uno de los puntos más importantesde la vida espiritual: desamparar al menor de nuestros hermanos esdesamparar a Cristo mismo; aliviar a cualquiera de ellos es aliviar a Cristo enpersona. Tocar a uno de los hombres es tocar a Cristo. Por esto nos dijo Cristoque todo el bien o el mal que hiciéramos al más pequeño de sus hermanos a Éllo hacíamos (cf. Mt 25). El núcleo fundamental de la revelación de Jesús, «labuena nueva», es pues nuestra unión, la de todos los hombres, con Cristo.Luego, no amar a los que pertenecen a Cristo, es no aceptar y no amar alpropio Cristo.¿Qué otra cosa sino esto significa la pregunta de Jesús a Pablo cuandose dirige a Damasco persiguiendo a los cristianos: «Saulo, Saulo, ¿por qué mepersigues...?». ¿No dice la voz ¿por qué persigues a mis discípulos?, sino«¿por qué me persigues? Soy Jesús a quien tú persigues» (Hech 9,4-5).Cristo se ha hecho nuestro prójimo, o mejor, nuestro prójimo es Cristoque se presenta a nosotros bajo una u otra forma: preso en los encarcelados;herido en un hospital; mendigo en la calle; durmiendo, con la forma de unpobre, bajo los puentes de un río. Por la fe debemos ver en los pobres a Cristo,y si no lo vemos es porque nuestra fe es tibia y nuestro amor imperfecto. Por esto San Juan nos dice: Si no amamos al prójimo a quien vemos, ¿como
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