Y Cromwell, sonriente, les había empezado a contar lahistoria que lo ha hechofamoso. La de las chicas. Decómo robar un banco durante cinco años sin quenadie sedé cuenta con el único móvil de inaugurar una nueva modalidadcriminal: robo por fantasía. Disparar billetes comoráfagas y así preparar orgíassuculentas. Un día eres un correcto empleado bancario y al día siguiente unasorpresaelectrónica de cinco cifras en la pantalla de la computadoracambia tuvida. Luego tienes dinero. Lo gastas, lo prestas, ayudas a la gente, eres bueno,te quieren. Te acuestas conellas, con todas las que imaginaste. Te diviertescomo un chancho. Luego te descubren, todo se va a la mierda y salesCromwell Gálvez descansa las manos para pensar un momento.No está seguro de la respuesta, pero me dice quetodo es cuestión de práctica.También dice que los dedosíndices se usan para verificar al vuelo que cadabillete seagenuino. Vuelve a hacer el movimiento otra vez y me indica la formacorrecta de conseguirlo. El ex funcionariodel banco lleva una camisa blanca.Luce flaco y, si el lectorlevanta la mirada —y deja que las manos sigan jugandoacontar billetes invisibles—, verá que en sus ojos se adivinacierta paz, la paznostálgica usual en los que empiezan denuevo tras una catástrofe. CromwellGálvez está libre.Cumplió su reclusión por hurto agravado y apropiación en la prensa. Enprimera plana. Una historia suficientemente poderosa como para tener de quéhablar de por vida, o, al menos, para hacer nuevos amigos en cualquier parte,incluso en la cárcel donde te encierran y donde un periodistafaltoso te busca enpleno domingo familiar. Cromwell ledio la mano al uniformado y subió a sucelda. Los oficialesme dejaron salir del centro penitenciario recién a lasnuevede la noche, dándome la cariñosa recomendación de no regresar por allí.Un fuerte ruido, el ruido universal del portón de hierro de una prisióncerrándose, fue la señal de queya estaba en la calle. Anoté en la libreta unafrase que entonces se me hizo urgente: “Mientras escribo esta historia,Cromwell Gálvez se acostumbra a la cárcel”. Pasarían años antes de volver averlo.Sobre la mesa, dos manos hacen la mímica de contar con los dedos un fajoimaginario de billetes. Los dedos anular y medio de cada mano se muevencomoacariciando el aire, tan rápido que parecen las alas de uncolibrí: la carneno es carne sino un holograma traslúcido. ¿Cuántos billetes por segundopuede contar un cajero? ilícita.Ahora lo visito en el estudio de su abogado defensor, el lugar donde le handado un trabajo temporal digitando escritos en una pantalla. Pasé todo el díapensandoen la posibilidad de que él tuviera algún resentimientocontra mí por violar su privacidad, hace tres años. Pero yano me recuerda. Al menos, no connitidez.—No sé de dónde te he visto antes, flaco —me dijo alentar en la sala, tratandode hacer memoria achicando sus intrigados ojos como quien enfoca algo. Salíal paso:—¿A mí?, lo dudo. Bueno, pero yo sí sé de donde te he visto.
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