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Cromwell, el cajero generosoLa delirante historia de Cromwell Gálvez, el estafador más famoso de Perú,comenzó en 1998, cuando inventó un sofisticado método para robar el bancoen el que trabajaba. Durante cinco años, y sin que nadie se diera cuenta, elajero se llevó un millón de dólares. Pero no hizo fortuna: dilapidó cada centavoen llevarse a la cama a las vedettes más famosas de su país, con quienesorganizó fiestas inolvidables y orgías suculentas.Estuvo preso un tiempo y, desde que recuperó su libertad, parece haber renacido. Por Juan Manuel robles / fotos de Jaime Gianella E.El protagonista de esta historia me jodió la tarde. Él no lorecuerda, fue hacetiempo. La única vez que lo visité en lacéntrica prisión en la que lo encerraron,Cromwell lvezhuyó de y se apresua decir que no hablaba conlaprensa. Le habían quitado la libertad pero la fama insistía enquedársele, nopoa sarsela de encima ni dentro de loscuatro muros de una celda.Cromwell, el hombre que habíarobado un banco durante años sólo para poder acostarse conlas vedettes más deseables de Lima, estaba finalmente presoylas carátulas de los diarios populares seguían poniendo sufotografía junto aletras grandes multicolores. Yo había dadosu nombre en la entrada del penaldiciendo que era suamigo, arriesgándome a lo que a veces nos arriesgamoslosreporteros: a que la persona que buscas te reciba mal.Había guardado la esperanza de que adentro podría manejar la situaciónportándome cortés, pero Cromwell Gálvezse mostró nerviosamente hostil y medijo que sólo recibía afamiliares. No fue lo único que hizo. Se quejó ante losguardias del penal y ellos le hicieron caso: me detuvieron y mecastigarondejándome cuatro horas encerrado por gracioso.No hay nada que moleste más a un uniformado que un periodista que se hacepasar por otra cosa. Mientras un efectivo de traje plomo tomaba misdeclaraciones en la comisaría del penal, pude ver, a través de la abertura de lapuerta, la imagen del interno Cromwell lvez hablándole a otrooficial.Asomaban sus ademanes de queja, los ojos molestos, cierta indignación bajoel pelo grasiento. ¿Es que cualquierperiodista entra aquí como si nada? Eloficial hacía gesto demea culpa. Era fácil entender que el interno tenía ciertaclasede cercanía con él, cierta llegada o conexión que atenuabala fronteratípica que hay entre un preso y su celador.Añosmás tarde entendería que elmotivo de tanta amabilidad erainocente: esos oficiales eran los mismos que, undía, le habían pedido al nuevo y simpático recluso Cromwell Gálvezque lescontara eso. Eso de las vedettes.Un programa de televisn difundun video casero en el que Cromwellaparecía en la cama con Eva María Abad, una vedette de moda a quien élhabía beneficiado con 10 mil dólares en una cuenta bancaria. Un tercer sujeto,apodado Coyote, completaba el trío. Todos la pasaban bien.
 
Y Cromwell, sonriente, les había empezado a contar lahistoria que lo ha hechofamoso. La de las chicas. Decómo robar un banco durante cinco años sin quenadie sedé cuenta con el único móvil de inaugurar una nueva modalidadcriminal: robo por fantasía. Disparar billetes comoráfagas y así preparar orgíassuculentas. Un día eres un correcto empleado bancario y al día siguiente unasorpresaelectrónica de cinco cifras en la pantalla de la computadoracambia tuvida. Luego tienes dinero. Lo gastas, lo prestas, ayudas a la gente, eres bueno,te quieren. Te acuestas conellas, con todas las que imaginaste. Te diviertescomo un chancho. Luego te descubren, todo se va a la mierda y salesCromwell Gálvez descansa las manos para pensar un momento.No está seguro de la respuesta, pero me dice quetodo es cuestión de práctica.También dice que los dedosíndices se usan para verificar al vuelo que cadabillete seagenuino. Vuelve a hacer el movimiento otra vez y me indica la formacorrecta de conseguirlo. El ex funcionariodel banco lleva una camisa blanca.Luce flaco y, si el lectorlevanta la mirada —y deja que las manos sigan jugandoacontar billetes invisibles—, verá que en sus ojos se adivinacierta paz, la paznostálgica usual en los que empiezan denuevo tras una catástrofe. CromwellGálvez está libre.Cumplió su reclusn por hurto agravado y apropiacn en la prensa. Enprimera plana. Una historia suficientemente poderosa como para tener de quéhablar de por vida, o, al menos, para hacer nuevos amigos en cualquier parte,incluso en la cárcel donde te encierran y donde un periodistafaltoso te busca enpleno domingo familiar. Cromwell ledio la mano al uniformado y subió a sucelda. Los oficialesme dejaron salir del centro penitenciario recién a lasnuevede la noche, dándome la cariñosa recomendación de no regresar por allí.Un fuerte ruido, el ruido universal del portón de hierro de una prisncerrándose, fue la señal de queya estaba en la calle. Anoté en la libreta unafrase que entonces se me hizo urgente: “Mientras escribo esta historia,Cromwell Gálvez se acostumbra a la cárcel”. Pasarían años antes de volver averlo.Sobre la mesa, dos manos hacen la mímica de contar con los dedos un fajoimaginario de billetes. Los dedos anular y medio de cada mano se muevencomoacariciando el aire, tan rápido que parecen las alas de uncolibrí: la carneno es carne sino un holograma traslúcido. ¿Cuántos billetes por segundopuede contar un cajero? ilícita.Ahora lo visito en el estudio de su abogado defensor, el lugar donde le handado un trabajo temporal digitando escritos en una pantalla. Pasé todo el díapensandoen la posibilidad de que él tuviera algún resentimientocontra mí por violar su privacidad, hace tres años. Pero yano me recuerda. Al menos, no connitidez.—No sé de dónde te he visto antes, flaco —me dijo alentar en la sala, tratandode hacer memoria achicando sus intrigados ojos como quien enfoca algo. Salíal paso:—¿A mí?, lo dudo. Bueno, pero yo sí sé de donde te he visto.
 
Para él es difícil hacer memoria. Para mí no. He visto a este hombre desnudo yél lo sabe. El 29 de julio de 2003, un día después de las Fiestas Patriasperuanas, el ex funcionario bancario Cromwell lvez lleal clímax delapopularidad mediática. Esa noche, un programa de televisión difundió en vivoy en directo un video casero en elque Cromwell aparecía en la cama con EvaMaría Abad, una pulposa vedette de moda a quien él había beneficiadocon 10mil dólares en una cuenta bancaria. El hombre se había quitado la ropa y ahoradesnudaba a la mujer. Untercer sujeto, apodado Coyote, completaba el trío.Todos lapasaban bien. El material fílmico probaba lo que ya era unsecreto avoces: que las mujeres que habían recibidoabonos ilícitos en sus cuentasbancarias correspondieronla generosidad de Cromwell con sexo. Semanasmás tarde, el ex cajero se entregó finalmente a la policía y engrosó aúnmás lalarga lista de portadas que los tabloides habían publicado en su honor.Cromwell Gálvez no es un hombre guapo. Sus ojoscaídos evidencian ciertainseguridad antigua y el hechode que su labio superior sobresalga cuandocierra la boca Pero volvamos a la oficina donde ha decidido mostrarme laminuciosa artesanía de contar billetes. Cromwell confiesa tener mucho tiempolibre. La calle es dura cuandodejas la prisn, así que se ha propuestocapitalizar la experiencia vivida. Negocia con una productora los derechosdeuna serie de televisión sobre su vida. Está en conversaciones con un director de cine para llevar a la pantalla ese cúmulo de noches locas y excesos que hasido la fracciónde su existencia que nos compete. Evalúa propuestasdeeditores para la publicación su libro biográfico. Recién salido de prisión, unamigo suyo sacó un diario tabloide llamado El Mañanero de Cromwell.—como el personaje de Ungenio de Condorito— contribuye a darle un aspectocarente de audacia y seguridad, acentuado por esa raya al costado que usódesdetiempos inmemoriales. De ahí que la prensa haya vendido fácilmente laimagen del feo sin talento que desfalcó un banco para resolver con plata susproblemas deseducción. Pero la cosa es más compleja. Hay algo sinceramenteatractivo en la forma de ser de Cromwell: un tipo campechano, ameno,transparente, sin poses ni ínfulas, que ama a las mujeres como quien ama elmar, osea, de forma natural y embelesada, sin detenerse a pensar en losriesgos de los oleajes tormentosos. Se trata deun hombre que irradiavibraciones positivas, de esos conlos que te dan ganas de ir pronto a beber alcohol o a jugar un partido de futbol. No es broma. Bastan pocos díasparadarte cuenta de que Cromwell Gálvez se lleva biencon todo el mundo, quenunca dejó de ser el punto medioentre el nerd y el vivo de un salón de clases.El perfil delhombre generoso con la casi extinta cualidad de lograrque cadafavor parezca desinteresado y sincero, inofensivo.El amigo perfecto.Su fantasía era jugar con las chicas, hacer que bailaran y movieran los tacos alsudoroso ritmo de un buen fajo de billetes, ensayar con ellas muchasposiciones y grabarlas con una cámara de video, por si algún día, de viejo, enesa ciénaga temblorosa que —lo intuía— iba a ser el futuro, le daban ganas derecordarlas.
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