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Era una mañana fría de diciembre. Asomado en mi ventana, comosiempre, estaba mi gato Neko, quien en vez de ahorrarme disgustos losaumentaba. Tenía apenas un año y era de color negro, con una pequeñamancha blanca en el cuello.Cada vez que se sentía excitado por alguna cosa correteaba por la casa ytiraba de las estanterías cualquier objeto en su camino. No sería un graninconveniente si no fuese porque le podía excitar tanto un golpe brusco comouna simple pelusa en la alfombra. Pero así era él.Neko observaba, como si fuese un espía, lo que hacían mis vecinos. Nohacía mucho tiempo que vivía allí, apenas unas semanas. No conocía a losvecinos ni tampoco me gustaban esas visitas de cortesía en las que te traenuna tarta. Pretextos tan sólo para husmear en tu hogar. Yo reposaba en mi cama y dormía plácidamente sin suponer ni desearque nada asustase al joven Neko. Pero él apareció encima de la cama y sedispuso a correr varias veces por encima de mí. Del sobresalto me levanté yél se quedó enganchado en el dosel de mi cama, haciendo saltar los hilos porsus tirones que dio. Y yo más que enfadada estaba muerta de risa encima deun sillón que tenía junto a la ventana. Miré la habitación buscando lo que lepudo sorprender.— ¿Qué es lo que te da miedo ahora? ¿Será un fantasma que buscavengarse de ti para pagar su penitencia? —le pregunté entre carcajadas.Neko ignoró mis palabras y me maulló desalentado. Miré por la ventana,que es donde mi encantador compañero tenía la vista fijada. Y ahí estabaaquella sombra. Una etérea visión en la palidez de una cara amable aunqueno tan dulce como sus ojos. Bajó la cabeza y entró en el jardín trasero de lacasa vecina, a la derecha de la mía.Me quedé paralizada, muerta en vida y triste en mi alegría. No sabíaquién era. No conocía más que a un par de vecinos. ¿Quién era ese hombreque me miraba? Se había quedado como esperando a que le descubriese.Bajé a la cocina y me preparé un café. Intentando olvidar lo sucedido,pero deseando coincidir con aquel hombre en cualquier momento.Neko tardó casi media hora en decidirse a bajar las escaleras aunquefinalmente bajó tentado por su desayuno. Yo le observaba y le pedía unaexcusa por su comportamiento. Y en el fondo también le daba las gracias porhaberme hecho levantar de la cama.No tenía trabajo aún en la ciudad, estaba a la espera de que mellamasen. Ya había dedicado el tiempo que llevaba allí para entregar miscurrículos. Era jueves. Estaba aburrida y decidí salir al jardín para"comprobar" que todo estuviese en orden.No había nada fuera de lo común. Excepto una colilla apagada en el suelode mármol. Yo no fumaba, nadie había entrado y Neko, dudo que hubiese sidoél.De repente noté los ojos que había visto antes sobre mi tibio cuello. Mevolví hacia todas las direcciones y no había nadie allí. Estaba tan sola quehasta sentí miedo.Entré en la casa de nuevo y, ¡horror! Neko saltaba de un lado a otro muyasustado. Como si muriese de dolores. Nunca le había visto así. Intentécalmarle pero fue en vano. Me arañó el brazo y salió huyendo de la cocina.Llamaron a la puerta varias veces seguidas y corrí a abrir. Era la señora
 
BETRAYAL.OVERDOSEMI ÁNGEL GUARDÍAN
Ferguson. Una encantadora mujer de 67 años que venía a visitarme. Traíaconsigo unas bolsas de la compra enormes.— ¿Estabas ocupada cielo? —me preguntó en un tono cordial y atento.—No, estaba en el jardín.—Ah, es que he llamado hace un momento y no me abriste. Pero no pasanada. Vengo para ver cómo estás y para recoger la bandeja en la que te trajela tarta. ¿Te gustó la tarta?—Muy rica señora Ferguson —me quedé cavilando y musitando en vozalta— Neko debía haberse asustado cuando llamó a la puerta.— ¿Cómo dices cielo?—Estaba pensando. Euh... La bandeja está en una bolsa de plástico,recuerdo que la puse en la cocina. Acompáñeme señora Ferguson.—Por favor, llámame Rose. Y dime… ¿Pasas buenas noches? Es un barriomuy tranquilo. La mayoría de las personas que vivimos en él ya traspasamoslos 40 años.—Oh, sí, duermo de maravilla —mientras que hablaba buscaba la bandejay al encontrarla sonreí satisfecha y asimilé las palabras de Rose Ferguson.—Sí, mi bandeja, espero hacer un asado en ella. Te agradezco mucho queme la devuelvas tan pronto.— ¿Usted ha dicho que todos traspasan los 40 años…? ¿No se olvida denadie que no llegue a esa edad? —le hablaba en tono reservado y pícaro.—No. No me olvido de nadie.— ¿Y mi vecino? —pregunté sonriendo dulcemente.—El señor Stevenson tiene casi 90 años y más de lo mismo.—Pero me refiero a mi otro vecino, el de la derecha…—Cariño mío, ahí no vive nadie desde hace 10 años.— ¿Cómo dice? Yo he visto a un hombre ésta mañana cruzando por mi jardín.—Sería el hombre que recoge la basura.—Pero ellos van vestidos de verde, él vestía de negro.— ¿No sería un ladrón? Ten mucho cuidado.—Oh, no, no era un ladrón. Era un chico joven. De menos de 30 años.—Tú eres la vecina más joven, cariño. Sería alguien que no vive aquí.—Claro, sí…— ¿Te ha gustado ése hombre?—Era muy guapo, me intrigaba.—Pues en esa casa ya te digo que hace una década que no la habitan. Metengo que ir.—La ayudaré, usted sola no podrá con todo.—Gracias, eres encantadora.Salimos de allí, yo en pantalón de chándal y sudadera. Caminamos un parde minutos hasta la casa de la señora Ferguson. En dirección contraria a lacasa deshabitada.Cuando llegamos me condujo hasta la cocina y dejamos las bolsas en lamesa. Me ofreció un vaso de agua y se lo negué. Me arrepentiría minutosmás tarde.—Espérame en el salón, te daré algo.Fui hasta el salón y quedé encantada con la decoración. Era de ésossalones que están repletos de fotografías. Al parecer el vecindario había2
 
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participado en varios rastrillos anuales. Mirando aquellas fotografías veía lascaras felices de todos los vecinos, de los que aún en ésos años tenían pelo ylas que aún no tenían arrugas.No sé el por qué, pero me quedé embelesada con todo aquello, me sentíaparte de ellos. Al fin me sentía parte de algo.Hasta que algo se apoderó de mí cuerpo y lo zarandeó por dentro. Dentroo fuera. ¿Dentro o fuera? ¡¿Dentro o fuera?! Dentro... o... fuera.Fuera. Empecé a sentirme mal. Quería vomitar. La señora Ferguson entróen el salón con una sonrisa de tranquilidad hasta que me vio con los ojosinundados en lágrimas y las manos en el pecho.— ¿Qué te ocurre cariño? —preguntó ella mientras intentaba mantenermeen pie—. ¿Qué te duele? ¿Te sientes mal? Es un ataque —musitó—. ¡Es unataque!¿Qué te ocurre cariño? Es lo único que recuerdo haber oído. Cuandodesperté estaba sentada en una fría cama de hospital. Rígida. Inerte.No estaba muerta pero lo hubiera preferido. Recordé por qué estaba allí.El frío inundó mi cuerpo de nuevo. Dentro o fuera, murmuraban mis tripas.Ésta vez nada fuera... No me quedaba lo más mínimo en el estómago. Yno sabía qué hacer. No hay sensación peor que la de intentar vomitar y nopoder.Llamé a la enfermera, al doctor. Cualquier persona que me contase quéme había ocurrido. A los pocos segundos llegó un enfermero quien me pusouna inyección sin que pudiese darme cuenta de lo que ocurría. Y volvía a misprofundos delirios. Sueños en una cárcel desparasitada.Una respiración me despertó. La mía propia. Miré a mi alrededor porprimera vez. No quería hacer ruido.¿Qué clase de hospital era ése? Estaba desierto. Como lo estaba de igualforma mi cabeza. No comprendí por qué no había nadie allí. Esperaba atentae incorporándome en la cama oír algún ruido que me alertase pero no lohubo, y en el fondo quería que tan sólo uno me advirtiese de que habíaalguien más allí. El silencio puede asustar más que un ruido.Me levanté y salí de mi habitación. Asustada y descalza. Normalmente enlos hospitales te ponen ésa ridícula bata que se abre por detrás. Pero yo teníami ropa puesta. Sólo me faltaban los zapatos.Caminé unos metros hasta llegar a la luz. Pues donde yo estaba no habíani un ápice de claridad, lo cual me asustaba más de lo habitual. Y reconocíaque tenía miedo a pesar de que es una de las cosas que más daño puedehacerte en esas circunstancias.Llegué hasta lo que parecía ser el mostrador de aquella planta. Todos lospapeles estaban revueltos y no encontraba nada que me fuese de utilidad. Elnombre del hospital, la localización… Me resultaba muy extraño que nisiquiera tuvieran ordenador. Me daba la impresión de que no había nadie másallí. Las paredes tenían humedad y estaban cubiertas por moho. En el sueloreposaba una cantidad considerable de tierra y las losetas estaban rotas.Busqué por toda aquella sala y no encontré nada más que un par decertificados de defunción que tenían como fecha el 7 de Agosto de 1.993,sólo eso.3
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