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Teódulo López Meléndez
EN AGONÍA
 A Eva Feld 
 
 Nadie ha escrito, inventado, pintado oesculpido nada, como no sea, de hecho, para salir del infierno
Antonin Artaud
 ¡Tiene que haber una salida! Y en efecto la hay, pero en otro plano, el de lo irreal 
 
Mircea Eliade
 Jacob Karpovic estaba vivo; para él los
 
acontecimientosno
 
existían
 
Boris Pilniak 
PRIMERA PARTE
HELO AQUÍ“Mirad, se inicia un nuevo siglo, un siglo llamado de hierro por razón de su durezanefasta, de plomo, por razón de la maldad difusa y tenebroso por la falta de autores...”
Está en la pared del estudio lo dicho por el Cardenal Boronius en
Annales Ecclesiastici.
Además están aquí “Desnudo con frutas y flores”, de Reverón; “Después del baño”, deRenoir; y “Desnudo gris”, de Matisse
.
Eso evidenció, y se dejó caer sobre el sofá como sihubiese concluido la verificación del mundo. El cuello le molestaba. Desde hacía tresmeses le molestaba, pero no tenía la voluntad para llamar al instructor que en otrasocasiones le había atendido su maltrecha columna. De manera instintiva realizó el ejerciciode llevar la barbilla alternativamente sobre los hombros. La molestia le enervaba ydeprimía, pero la atesoraba quizás como una muestra del irremediable desgaste. El siglocomenzaba y él no avanzaría demasiado en su precurso. ¿Comenzaba? ¿Qué comenzaba?En realidad la mediocridad se hacía cada vez más asfixiante. Frente a sus ojos estaba lasentencia. ¿Comenzaba? La palabra escrita era suficiente, como de costumbre, como desdelos lejanos tiempos en que se descubrió escribiendo un artículo de prensa para el pequeño periódico local de su pueblo. Se imaginó como signo y sonrió ante las posibilidades.Definitivamente no le gustaba uno de interrogación, no él, que ya no tenía nada que preguntarse. Vio una página en blanco dejada sobre el sofá, una de donde había escapadotoda impresión y una alba leche se extendía como en los poemas que había escrito semanasatrás. ¿Comenzaba? El marcaje del tiempo era un solaz humano. Aún en sus oídos losruidos disparatados de las celebraciones. n en sus ojos las manipulaciones2
 
massmediáticas. “Mierda, –dijo en voz alta- a mí qué me importa el número atribuible aéste mi momento”. La interjección para nadie, pues Tiago no estaba en los alrededores, letranquilizó. Se encaminó al refrigerador. Se sirvió un vodka, exprimió medio limón viendocomo los gajos se extendían sobre el hielo y se dijo que había escrito una palabra cítrica.¿Comenzaba? A mí me consta que Leonardo no comenzaba ni nada a su alrededor comenzaba. Puedo asegurar que su memoria estaba colmada y, en consecuencia, se habíadetenido. Jugaba con la servilleta empapada que rodeaba su vaso de vodka, mientras lasgotas de la condensación caían parsimoniosas sobre sus piernas velludas. Se rascó la barbacon saña, como si pretendiese desprender la caspa y las bolillas de comida y podríaaventurarme a asegurar que debajo del pelambre su piel estaba inusitadamente roja, como sise hubiese empeñado en trazar pequeñas veredas sobre el mapa de la piel.Puedo estar de acuerdo con usted en que la decisión sobre los cuadros fue arbitraria, sóloque yo entiendo tal arbitrariedad como un derecho natural. Es más, en su momento discutíla lista con él, lo confieso. Incluso acepto que lo influencié. Él y yo nos parecemos, quéquiere que le haga. No tuvimos, por ejemplo, ninguna discusión sobre Picasso y Matisse. Siél se decidió por el “Desnudo gris” es porque ambos tenemos preferencia por la manera enque el último manejó el desnudo femenino y ese cuadro en particular se lo señalé y élestuvo de acuerdo, decisión en la que tuvo ingerencia la ciudad y el museo donde el cuadroreposa. Leonardo y yo nos parecemos. ¿Comenzaba? No sé cuanto tiempo permaneció en elsofá, sólo que aquella pertenencia a sí mismo es importante en esta historia. Allí estuvo unrato largo, levantándose sólo para servirse de la botella de vodka. Durante aquel lapso sólo pronunció improperios. “Este país está hecho una mierda”, para muestra, manifestando asísu desarraigo total, su desvinculación afectiva indiscutible con un país donde ni siquierahabía ya autores, como bien lo sentenció, para otro tiempo, el Cardenal Boronius. Leonardoy yo nos parecemos. No, no comenzaba nada, ni siglo ni milenio. El mundo habíaterminado en algún punto indefinido. Precisarlo era una absoluta sandez, especialmente para Leonardo, conocedor como el que más de las necedades humanas. En alguna ocasiónme había dicho de la estupidez científica de atribuirle al big bang el inicio, cuando enrealidad había sido el fin. No necesité interrogarlo, pues de inmediato me explicó que talhipótesis, reducida a lo onopatopéyico, era el fin, pues había terminado la concentración delo único. Si bien era un científico notable nadie puede negar que filosofaba por igual enaquellos estoraques que dejaba filtrar en su computadora con precisión lingüísticaenvidiable. Había desarrollado una tesis sobre la relatividad y la cuántica y se obstinaba enguardarla. Sentía un gran desprecio por la prensa y por las revistas. Por las científicas y lasliterarias, sin distingo. Que ya no había periodistas, argumentaba, que los editores sólo sededicaban a publicar autorcillos detestables que escribían con un siglo de retardo, repetía.Yo me parezco mucho a Leonardo. ¿Comenzaba? La mediocridad, la oscuridad y lainclinación a esperpentizar no eran agobio exclusivo para este hombre en este momento.Mucho otros habían experimentado tales sentimientos, si la palabra es correcta, ante lasdebacles de la inteligencia, sólo que luego se habían producido auténticos renacimientos.Ahora no, ahora la ciencia nos llevaba hacia la dejadez de lo humano. La evolución habíaterminado y el cambio hacia el defecto era patético. ¿Comenzaba? No le hacía gracia ser recordado por máquinas con brazos y mucho menos con hígados mecánicos. Para él losgados se destruían a fuerza de vodka y bajo decisión soberana. Jas estuve endesacuerdo. Creo que estaba cansado de dar aportes, de descubrir, de inventar. No obstante,su amor por la palabra se mantenía, no para el propósito de comunicar, sino para el deinternarse. “Los terceros son muy desagradables”, decía con frecuencia y nunca me di por 3

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