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Lo confieso, si hasta ahora he mirado todas las ediciones deCantando por un Sueño no es para disfrutar del
bel canto
de estrellasde cuarta, sino para endulzar mi vista con algo de carne deexportación. Porque por suerte, todo productor televisivo que seprecie sabe que incluso para cantar por la pantalla chica, si no pelasel rating no acompaña.Es más, la mayoría de las veces he mirado las “galas” con elvolumen del televisor en cero, mientras escucho buena músicaclásica, como las cuatro estaciones de Vivaldi.¿Qué pueden hacer estas estrellas prefabricadas además de mostrarsus atributos (muchas veces igualmente prefabricados) y dar elejemplo de que no importa hacer el ridículo con tal de estar entre las“luminarias” del momento… y ganarse más plata de la que sin dudamerecen?El comienzo de una respuesta a dicha pregunta me sorprendió un finde semana, cuando luego de tanto tiempo decidí darme una vueltapor la carnicería para comprar algo de cuadril para hacer unasmilanesas a la napolitana. Hacía años que no degustaba ese, mi platopreferido de aquí a la China. La roticería que estaba a unos pasos demi antigua casa me tenía mal acostumbrado con esas napolitanas deensueño…Le pedí al carnicero cortes lo más finos posibles y mientras élprocedía, reparé en el casi imperceptible sonido que producía lacarne al ser separada por el filo del cuchillo… jamás había prestadoatención a eso, aunque corrijo, entre mis recuerdos guardo no muyescondida una escena de una película donde se puede oír claramenteel sonido de un vientre femenino desgarrado por una navaja en laoscuridad… suena (al menos en la película) como a subir el cierredel pantalón.
 
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¿Y qué con eso? ¿Qué tiene que ver con la televisión basura? Pues,se me ocurrió que si estos “cantantes” de cuarta no pueden producirsonidos harmoniosos y atractivos por su propia voluntad, talvez conun poco de ayuda, podrían ser los intérpretes de algo más sublime yoriginal, de una especie de sinfonía de la carne, o dicho en términosgenéricos, carnicería sinfónica.Ahora, en la vida real no suelo ser un asesino ni andar por la calleapuñalando con mi imaginación a cada Bambi que se me cruce, peroel poder de seducción de una idea original tiene la facilidad deliberarnos de todos nuestros límites y a la vez, de despertar todanuestra inteligencia y astucia para llevar dicha idea a la práctica.Pues, creo que eso fue lo que me pasó desde aquel día en lacarnicería, me dejé seducir por esa simple idea de ser el compository director de una música sublime, sin duda mucho más original yvaliosa que toda esa mierda de masa sónica abstracta que escupencelebridades infladas como Brian Eno. Lo mío tendría sentido,esencia, sustancia, sentimiento, y una vez publicado en Internetrápidamente se convertiría en uno de los mp3s esenciales para eliPod de toda dama perversa y el iPhone de todo caballero que sepadisfrutar de sus más primitivos y ocultos instintos.Como soy un hombre derecho (aunque seguramente no del todohecho) y no me interesa andar tocando a otros hombres ni con lapunta de un alfiler, la elección del intérprete para mi obra se hizomás fácil, ya que la gala final de cantando por un sueño de este añose la disputan (si vale verbo tan pertinente) un trolo cola de algodónllamado Gastón Trezeguet y la súper diosa discretamente siliconadaMiriam Ponella. ¡Hay dios, qué mejor! Aunque al principio mecagué un poco al comprobar que la señorita en persona me llevavarios hombros de altura y tiene casi mi misma masa muscular, queno es mucha. ¿Podría reducirla en tiempo y forma antes de que melastimara y contaminara la escena con evidencia incriminatoria que
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