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Corazón en el Subterráneo (Segunda Parte)

Corazón en el Subterráneo (Segunda Parte)

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Published by: Esther Ruiz Saldaña on Apr 22, 2013
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04/22/2013

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Antes que continúe, debo precisar una condición médica que seme detectó hace unos cuantos años. A mi corazón le falta un pedacitode la esquina superior derecha, nada grave ni tan doloroso comotenerlo partido en dos, pero pica en San Valentín y cuando veopelículas románticas y parejas besándose.Mucha gente tiene esta condición, pero la mayoría prefiereocultarla, porque resulta que sólo hay una manera de curarla, y esencontrar el corazón que embone a la perfección con la parte del tuyoque falte (al igual que dos piezas de rompecabezas); la odisea está enque por cada uno de estos corazones defectuosos hay sólo otro quese amolde.¿Entonces cuál es el problema? pensarás ¿no es sólo cuestiónde encontrar la otra mitad?Pues la situación es mucho más complicada que eso. Resultaque hay una leyenda urbana que dice que los corazones queembonan a la perfección pertenecen a almas gemelas, y que siencuentras al afortunado o afortunada cuyo órgano vital secomplemente con el tuyo te enamorarás de él o ellairremediablemente; como todo lo demás, hay una posible explicacióncientífica, y es que el cuerpo se aferra a aquella persona que le puedaayudar de cualquier manera. Y así tenemos algunos hombres y mujeres que dejan a susconsortes porque encontraron a la otra “mitad de su corazón” comogusta la gente de llamarlos; o bien, como sucede en la mayoría de loscasos, pasa que muchos prefieran ocultar su condición, y alejarse delcorazón que los complementaría, porque tienen miedo de arruinaruna relación ya establecida. Pero yo no tenía miedo a eso cuandoconocí a Alberto.Regresando al día que cambió mi vida, recuerdo perfectamenteque Alberto sacó la cabeza del umbral, luego el torso y finalmente elcuerpo entero. Puedo decir que me pareció hermoso, pero entoncesdirás que la belleza es relativa y el amor esconde cualquier defecto.Así que me limitaré a describirlo: era un poco más alto que yo, decabellos negros cortos, cuello fuerte, ojos nobles, labios delgados,dientes pequeños y un par de orejas tan grandes que podrían usarsede papalotes si se les ataba un cordel.No supe quién tomó la decisión (y cuando lo descubra piensoentregarle una queja escrita) pero me enamoré al instante. Nisiquiera tuvo que decir una palabra o hacer un gesto. Lo vi unsegundo y sabía que quería pasar toda mi vida con él, porque algomuy adentro me lo susurró al ver su rostro.
 
Sus ojos se abrieron de repente, y creí distinguir en ellos elmismo brillo que los míos producían al verlo.Ah, pero cómo no, las inseguridades del pasado hicieron de lasuyas y me dijeron al oído que un hombre jamás se enamoraría de mí a primera vista; cómo lo iba a ser, si mis movimientos desgarbadosdisuaden a cualquiera. Lo siento, pero no sé cómo jugar a conquistary obviamente no iba a aprender en un segundo, así que sin más le dila espalda y fingí no haberlo visto.Papá pidió hablar con su padre, y Alberto se metió a su casapara buscarlo. Seguido salió un tipo calvo de habla rápida y negociosaún más rápidos, y él y papá arreglaron pronto el asunto que noshabía traído hasta aquí.Pasaron los días, y yo enterré el fugaz encuentro con Albertoentre capas de rutina hasta que, al cabo de una semana, tocó a mipuerta con la excusa de querer ver el interior de mi casa ya que,según dijo, unos vecinos le habían comentado lo bonita que estaba.Obviamente las excusas creíbles no son su fuerte, pero algún defectotenía que tener.Le di un pequeño tour por la casa que juraba y perjuraba lehabían recomendado, hasta que por fin llegamos al patio y nossentamos sobre el pasto a ver el sol esparciendo el oro de sus rayossobre los techos antes de esconderse tras las montañas.Alberto y yo conversamos toda la tarde sobre nuestras vidas,nuestros deseos e incluso nuestros miedos, sin ningún tipo deinhibición, como amigos de toda la vida y no un par que recién sehabían conocido. Fue un tremendo regocijo darse cuenta que elmomento de fugaz atracción que habíamos vivido era sólo el preludioa una relación que florecía por sí sola, sin necesidad de nuestrasmanos torpes construyéndola.De ahí en adelante nos seguimos viendo unas cuantas vecesmás, siempre con la expectativa al tope. Podíamos charlar por horassin interrupción, pasando de un tema banal a otro serio con lanaturalidad de un pez en el agua; las palabras se aglomeraban traslos labios esperando salir, y nunca había un momento de silencioincómodo que truncara esta placentera rutina, nuestra rutina, dehablar y hablar y hablar y maravillarse de lo sintonizados queestábamos.¿Dónde habías estado todos estos años, Alberto? Era irónicopensar que la tuerca que ponía a funcionar mi corazón viviera acuadras de mi casa, separada sólo por unas calles, y no fuera algúnaventurero viajando en el África subsahariana o un esquimal viviendoen in iglú como yo había imaginado tantas veces.
 
No pasó mucho tiempo hasta que nos pusimos a hablar sobrenuestros respectivos corazones, su funcionamiento y sus defectoshasta que un día, los dos sentados en la barda de mi casa, acordamoscompararlos.Ambos nos dimos la media vuelta, desabotonamos el pecho ysacamos el corazón con ese sonido peculiar parecido a la jalea entrelos dedos; acto seguido el se volteó hacia mí sosteniendo su corazóncon una sola mano, sólo para volverse a dar la vuelta sonrojado porcasi haber visto mi pecho desnudo, adornado sólo por tres botoncitos.-Lo siento-dijo entre titubeos-. No vi nada.Puse mi corazón sobre la barda de cemento, metí los botonesen sus respectivas ranuras y me cerré la camisa.-Está bien-respondí con voz temblorosa.El viento arrastró las hojas hasta elevarlas al cielo.-Ya te puedes voltear-dije después de un largo minuto.Alberto se dio la vuelta con cuidado, sopesando la posibilidadde verme los zapatos con tal de no verme el rostro.Por mí parte, cualquier inhibición que pude haber sentido sedesvaneció cuando vi su corazón en su mano chata: el preciosotesoro rojo tenía un agujero en la parte superior izquierda ¡izquierda!Alcé mi corazón y lo coloqué al lado del suyo, y ambos casi noscaímos de narices por contemplar lo inexplicable: ¡el pedazo faltantede su corazón embonaba a la perfección con el mío!: ¡Armstrong pisóla luna! ¡Colón llegó a América! ¡Fleming descubrió la penicilina!¡¡¡Me importa un bledo todo eso, porque yo encontré el cachito decorazón que me faltaba, y todo lo demás es nada en comparación!!!Después de un minuto de euforia, la expresión de Alberto setornó mucho más sombría.-¿Qué te pasa?-pregunté-¿No estás contento?-Es que…-Alberto tragó más saliva que lo yo creí humanamenteposible.-¿Es que qué?-Yo…-Mira Alberto-acerqué mi corazón hasta pegarlo con el suyo-:¡Soniguales! ¡Deberías estar contento por ello!Alberto se dio la media vuelta y respondió con voz grave:-Métete el corazón el pecho y abotónalo bien. Necesitamos hablar dealgo.Hay veces en que recordamos las ocasiones por los rostros quevimos; otras, por los olores que percibimos; a veces por el saber delas comidas que ingerimos, o las palabras que escuchamos; pero deesa vez, lo que más recuerdo es un fuerte, violento y ruidoso ¡CRACK!dentro de mi pecho.

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