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 Antología de relatos
 
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 La sombra de las cosas
Fernando León de Aranoa
Carmelo nació sin sombra. El médico se diocuenta al instante. Se lo dijo a su padre, pero supadre no lo comprendió. Todos en su familiahabían tenido sombra hasta entonces, era laprimera vez que sucedía algo semejante. Miró
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acusador a su mujer, que no supo qué decir. Aquién habrá salido, sin sombra, se preguntaba supadre desolado.Los mejores médicos de la ciudad estudiaronsu caso, pero poco pudieron hacer. Los padres de
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Carmelo reunieron el dinero para llevarle a otropaís, donde un doctor experto en la materia habíaresuelto casos similares. Ha habido experiencias,les explicó, de trasplantes de sombra que se hanrealizado con éxito. Habrá que encontrar una que
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se adapte al tamaño de su hijo, a su altura, a superfil… Pero Carmelo rechazó todas las sombras.El de su hijo es un caso particularmente agudo,les dijo el doctor mientras les cobraba la facturaCarmelo creció sin sombra. Sus compañeros
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de escuela pronto se dieron cuenta y se reían deél. ”¿Por qué yo no tengo sombra?” Lepreguntaba Carmelo llorando cada noche a sumamá. Porque tu corazón es tan grande y tu almatan sencilla, le decía ella, que se puede ver a
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través tuyo. Carmelo se convirtió en un jovenhuraño, huidizo. Sólo salía a la calle los díasnublados, cuando las nubes robaban las sombrasa todos y hacían de él uno más.Un maravilloso día sin sol, en un parque
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cercano, Carmelo conoció a Tulipán, tan llena deadolescencia, tan dulce, hermosa como una nube.Juntos hablaron y se rieron, buscaroncomplicidades y hallaron acuerdos, cambiaronmiradas, latidos, secretos, hicieron un pacto sin
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ellos saberlo. Quedaron en verse otro día, en laesquina de Alameda con Hidalgo, junto a unafarola y un puesto de flores, que atiende unaanciana encorvada.Carmelo aguardaba, sufría en silencio. Los
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días se sucedían soleados y en la radio decíanque lo seguirían siendo durante mucho tiempo. Lanoche anterior a la cita Carmelo no pudo dormir.Rezó para que amaneciera nublado, pero no fueasí. Aquel fue el día más radiante y despejado de
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cuantos se recuerdan en la ciudad. El cielo vistióesa mañana su mejor traje azul y Carmelo acudióa la cita, sin sombra y con miedo. A punto estuvode pintarla en el suelo, pero desistió. Las horas, asu paso, habrían hecho girar las otras sombras
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dejando la suya en postiza evidencia. Y el miedovenció al amor. Carmelo prefirió conservar intactoel recuerdo de su maravilloso y nubladoencuentro, la otra tarde en el parque. Antes deque llegara Tulipán, Carmelo, borracho de pena,
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se fue para siempre.Si hubiera estado allí cuando la chicaapareció en la esquina, atribulada, con retraso,Carmelo habría pensado que estaba aún máshermosa que la otra vez. Si hubiera estado allí,
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habría descubierto que Tulipán era, como él, unachica sin sombra, y que juntos, tal vez, podíanhaber vivido una vida maravillosa, de nubladoporvenir, en algún país del norte, donde el sol,respetuoso con su amor, se lo pensara seis veces
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antes de salir . 
 
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 El verano más feliz de mi vida
Luisa Castro
Tenía 13 años y acababa de romperme larodilla. Yo era alero-pivot en mi equipo debaloncesto y mi misión principal era salir alrebote. En una de esas refriegas debajo de lacesta pisé mal, metí el codo y seguí jugando con
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la rodilla rota hasta el final del partido. Ya en frío,me di cuenta de que no podía andar.La operación era sencilla porque se tratabasólo de un desgarro del cartílago que rodea larótula. Ese trozo desgarrado viajaba entre los
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huesos y las articulaciones y había que extraerlo.Me lo sacaron en Lugo, después de cuatro díasde tenerme internada a la espera de que micartílago desprendido tuviera a bien colocarse enel lugar adecuado para no abrirme la rodilla por 
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detrás. Cuando salí del hospital, escayoladahasta medio muslo, ya sabía que no iba a poder nadar ni bailar ni correr. Pero me compensaba detodo la importancia de llevar una muleta a los 13años. Por aquella época acababan de abrir el pub
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del Leyton, y el pincha era bastante bueno. NachaPop y Los Secretos eran mis favoritos. Yo, con lapierna inmóvil, me quedaba sentada cuando lamúsica empezaba a sonar. Todas las mujeresdeberían de tener una pierna escayolada, eso te
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hace ser mejor. A hacerme compañía sequedaban aquéllos precisamente a los que yonunca haría caso en circunstancias normales. Asíme fijé en Antonio, que me daba conversación yme venía a ver los primeros días a casa, cuando
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todavía no podía ni andar. Antonio era de Madridy tenía los ajos azul eléctrico, una delgadezextrema y aparato en los dientes. Era tímido, peroal mismo tiempo muy valiente. Cuandohablábamos, me miraba a los ojos, cosa que no
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hacía ningún chico de mi pueblo, y con losinfrarrojos de la discoteca su cara parecía la deun lince acosado que no teme a la muerte y temira de frente. Los primeros días de mi escayolaintenté evitarlo y le pedía a mi padre que viniera a
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buscarme al pub para no tener que caminar lentamente en su compañía por todo lo largo yancho de la carretera general. Antonio era elúnico que se ofrecía a acompañarme, y a mí medaba una vergüenza horrorosa aquel largo
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trayecto a su lado, un camino que se hacía infinitoporque yo avanzaba a saltitos de poco más deuna baldosa, y todo ese tiempo de sufrimiento ycostoso avance aún me daba para pensar que sino tuviera la pierna escayolada Antonio nunca se
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había atrevido a acercarse a mí. Eso me hacíadespreciarlo un poco, pero al tercer día no pudedecirle que no. Cuando doblábamos la primeraesquina, yo ya sudaba de desesperación, ycuando pasábamos por delante de la puerta de su
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casa, donde siempre estaba su madre o algunode sus hermanos colgado de las ventanas, unanube de bochorno me cubría entera.Yo ya sabía entonces que hacer aquelcamino con Antonio más de dos días era más
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comprometido que salir con cualquiera encircunstancias normales todo un invierno. Él meacompañó un día y otro prácticamente ensilencio, mirándome con sus ojos de un azulreflectante, y yo no encontré la frase adecuada
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para disuadirlo. El tercer y cuarto día empecé asentirme tranquila a su lado, era muy agradablesaber que al final de la disco, aunque a mí mediera por hablar con otro, Antonio me esperaríapara acompañarme. No parecía pedirme nada a
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cambio, sólo se ponía a mi lado a caminar. Nisiguiera parecía que hiciera el menor esfuerzopara ir despacio, y además yo creo que lo que amí me contrariaba tanto, esa lentitud exasperantede caminar sólo con una pierna y una muleta, a él
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era lo que más le gustaba.Empecé a sentirme cómoda el sexto y elséptimo día. Cuando cumplimos una semana, yoya andaba mucho mejor. El camino se hacía máscorto y, además, Antonio y yo hablábamos de
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otras cosas, y las cabezas de sus hermanos y sumadre colgadas de las ventanas se hicieronfamiliares. Nunca llegábamos hasta mi portal. Élme dejaba en el semáforo, unos metros antes. Laúltima semana antes de que me quitaran la
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escayola, Antonio parecía un poco más triste ynervioso, como se le pesara su misión. El díaantes de viajar a Lugo para desprenderme al finde aquella coraza que me hacía más lenta y másbuena, Antonio y yo rebasamos juntos la barrera
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