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El verano más feliz de mi vida
Luisa Castro
Tenía 13 años y acababa de romperme larodilla. Yo era alero-pivot en mi equipo debaloncesto y mi misión principal era salir alrebote. En una de esas refriegas debajo de lacesta pisé mal, metí el codo y seguí jugando con
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la rodilla rota hasta el final del partido. Ya en frío,me di cuenta de que no podía andar.La operación era sencilla porque se tratabasólo de un desgarro del cartílago que rodea larótula. Ese trozo desgarrado viajaba entre los
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huesos y las articulaciones y había que extraerlo.Me lo sacaron en Lugo, después de cuatro díasde tenerme internada a la espera de que micartílago desprendido tuviera a bien colocarse enel lugar adecuado para no abrirme la rodilla por
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detrás. Cuando salí del hospital, escayoladahasta medio muslo, ya sabía que no iba a poder nadar ni bailar ni correr. Pero me compensaba detodo la importancia de llevar una muleta a los 13años. Por aquella época acababan de abrir el pub
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del Leyton, y el pincha era bastante bueno. NachaPop y Los Secretos eran mis favoritos. Yo, con lapierna inmóvil, me quedaba sentada cuando lamúsica empezaba a sonar. Todas las mujeresdeberían de tener una pierna escayolada, eso te
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hace ser mejor. A hacerme compañía sequedaban aquéllos precisamente a los que yonunca haría caso en circunstancias normales. Asíme fijé en Antonio, que me daba conversación yme venía a ver los primeros días a casa, cuando
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todavía no podía ni andar. Antonio era de Madridy tenía los ajos azul eléctrico, una delgadezextrema y aparato en los dientes. Era tímido, peroal mismo tiempo muy valiente. Cuandohablábamos, me miraba a los ojos, cosa que no
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hacía ningún chico de mi pueblo, y con losinfrarrojos de la discoteca su cara parecía la deun lince acosado que no teme a la muerte y temira de frente. Los primeros días de mi escayolaintenté evitarlo y le pedía a mi padre que viniera a
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buscarme al pub para no tener que caminar lentamente en su compañía por todo lo largo yancho de la carretera general. Antonio era elúnico que se ofrecía a acompañarme, y a mí medaba una vergüenza horrorosa aquel largo
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trayecto a su lado, un camino que se hacía infinitoporque yo avanzaba a saltitos de poco más deuna baldosa, y todo ese tiempo de sufrimiento ycostoso avance aún me daba para pensar que sino tuviera la pierna escayolada Antonio nunca se
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había atrevido a acercarse a mí. Eso me hacíadespreciarlo un poco, pero al tercer día no pudedecirle que no. Cuando doblábamos la primeraesquina, yo ya sudaba de desesperación, ycuando pasábamos por delante de la puerta de su
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casa, donde siempre estaba su madre o algunode sus hermanos colgado de las ventanas, unanube de bochorno me cubría entera.Yo ya sabía entonces que hacer aquelcamino con Antonio más de dos días era más
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comprometido que salir con cualquiera encircunstancias normales todo un invierno. Él meacompañó un día y otro prácticamente ensilencio, mirándome con sus ojos de un azulreflectante, y yo no encontré la frase adecuada
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para disuadirlo. El tercer y cuarto día empecé asentirme tranquila a su lado, era muy agradablesaber que al final de la disco, aunque a mí mediera por hablar con otro, Antonio me esperaríapara acompañarme. No parecía pedirme nada a
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cambio, sólo se ponía a mi lado a caminar. Nisiguiera parecía que hiciera el menor esfuerzopara ir despacio, y además yo creo que lo que amí me contrariaba tanto, esa lentitud exasperantede caminar sólo con una pierna y una muleta, a él
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era lo que más le gustaba.Empecé a sentirme cómoda el sexto y elséptimo día. Cuando cumplimos una semana, yoya andaba mucho mejor. El camino se hacía máscorto y, además, Antonio y yo hablábamos de
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otras cosas, y las cabezas de sus hermanos y sumadre colgadas de las ventanas se hicieronfamiliares. Nunca llegábamos hasta mi portal. Élme dejaba en el semáforo, unos metros antes. Laúltima semana antes de que me quitaran la
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escayola, Antonio parecía un poco más triste ynervioso, como se le pesara su misión. El díaantes de viajar a Lugo para desprenderme al finde aquella coraza que me hacía más lenta y másbuena, Antonio y yo rebasamos juntos la barrera
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