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90 desierto tartaros

90 desierto tartaros

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EL DESIERTO DE LOS TÁRTAROS EL DESIERTO DE LOS TÁRTAROS EL DESIERTO DE LOS TÁRTAROS Dino Buzzati Dino Buzzati Dino Buzzati  
Boletín del Club de LecturaBoletín del Club de LecturaBoletín del Club de LecturaBoletín del Club de LecturaBoletín del Club de LecturaBoletín del Club de LecturaBoletín del Club de LecturaBoletín del Club de LecturaBoletín del Club de LecturaBoletín del Club de LecturaBoletín del Club de LecturaBoletín del Club de LecturaEL GRITOEL GRITOEL GRITOEL GRITOEL GRITOEL GRITOEL GRITOEL GRITOEL GRITOEL GRITOEL GRITOEL GRITO 
Temporada 6 / nov. 2008. Número 90
http://clubelgrito.blogspot.com http://www.clubelgrito.com
Dino Buzzati: 'El desiertode los tártaros'
 
17/Enero · 23:17 · Carlos Manuel Lopez Ramoshttp://www.andaluciainformacion.es/portada/?a=22217&i=5&f=0&b=1005
El desierto de los tártaros 
 
(1940), del italiano DinoBuzzati (1906-1972), es una fábula sobre el destino delhombre en clave de tragedia moral. Buzzati construyeuna narración acerca del fatídico ilusionismo que presi-de la existencia humana y del despropósito que implicatoda búsqueda de explicación de una realidad caótica eindescifrable. Los influjos de Poe, del surrealismo y,sobre todo, de Kafka, son verídicos; pero Buzzati aportaunos innegables elementos de originalidad estilística yun específico método argumental con los que logra pro-digiosos efectos de atmósfera y sugestión. El contingen-te militar de la quimérica Fortaleza Bastiani espera elataque de un enemigo que nunca llega: “En el sueño haysiempre algo absurdo y confuso, uno no se libera nuncade la vaga sensación de que todo es falso, de que de unmomento a otro tendrá que despertarse. En el sueño lascosas jamás son límpidas y materiales, como aquelladesolada llanura por la que avanzaban escuadrones dehombres desconocidos” (capítulo XIV).Lo del enemigo que nunca llega es una fantástica trucu-lencia. El enemigo llega pero no sabemos lo que estodesencadena en una dimensión fáctica. Ese inverosímilejército del Estado del Norte, cuyo anhelado ataque hasido una obsesión para la Fortaleza a lo largo de toda laobra, es un ejército demasiado prudente que tal vez pre-fiere ser una amenaza infinita antes que exponerse a laincógnita de una batalla que podría derivar en un espec-táculo
hardcore 
. En el mencionado
capítulo XIV, laaparición de los adversarios se disuelve en una falsaalarma. En el capítulo XXVII, cuando Drogo tiene cin-cuenta y cuatro años y es ya comandante, el ejército del Norte por fin se hace presente. Ahora va en serio: “losenemigos se agolpaban bajo el último escalón ante laFortaleza; por la carretera de la llanura seguían descen-diendo tropas y bagajes”. Entonces, los integrantes de laguarnición de la Fortaleza experimentan “una suspen-sión en los ánimos, entre alternos soplos de miedo y degozo”. Pero Buzzati no refiere nada sobre el presumibleenfrentamiento, el cual queda en el aire. Puede que lohubiera; puede que no. Pudo tratarse de un amago, deuna maniobra exhibicionista, de un alarde de poderío.Desde luego, a la Bastiani son enviados, como refuer-zos, dos regimientos: el 17º de Infantería y otro queincluye un grupo de artillería ligera; aparte de un bata-llón de mosqueteros.La visión del asalto enemigo pudo ser un espejismo o el producto de una impresionante operación de hipnosiscolectiva, como la que Cocteau describe en
Thomas el impostor 
 
(1923):‹‹El doctor Verne [director de una casa de reposo enParís] era espiritista. Descuidaba la numerosa clientelaen manos de los especialistas de primer orden agregadosal establecimiento.Verne, de quien se sospechaba que bebía, se encerrabauna parte del día en su despacho, antigua conserjeríaque daba al patio, y, desde allí, hipnotizaba al personal. —“Cojee” —ordenaba a uno—. “Tosa” —ordenaba alotro. Nada le divertía más que esos ridículos fenóme-nos. Astutamente había adormecido a casi toda la casa,y los pacientes, desde entonces bajo su influencia, seconvertían en sus víctimas››.Treinta años ha pasado Drogo en la Fortaleza esperandola guerra y la gloria. Cuando se materializa la oportuni-dad para culminar brillantemente su carrera de soldado,Drogo es un hombre viejo y enfermo, por lo que es obli-gado, aunque se resiste, a dejar la Fortaleza y volver auna ciudad cercana donde tiene su casa (capítulo
 
Página 2
XXVIII). Pero Giovanni Drogo morirá en la habitaciónde una posada sin consumar el regreso. En esa posadase le caen de golpe los palos del sombrajo (capítuloXXX): emerge entonces el exacto sentimiento de haber fracasado en su vida; el abismo de la soledad; el defini-tivo adiós a todos los sueños y deseos: “estaba solo enel mundo y, salvo él mismo, nadie más le amaba”. Ima-ginen todo el repertorio de frustraciones característicode la mentalidad burguesa.Lo que sucede en
El desierto de los tártaros 
 
conciernea la estricta realidad; es decir, a la angustia cotidianaque llena el tiempo anterior a la muerte. Giovanni Dro-go, protagonista de la novela, ambiciona la realizaciónde un acto que otorgue un significado a su vida. Sinembargo, y a pesar de la indiscutible deuda con Kafka,el oficial Drogo no es un mero calco del enigmáticoagrimensor K., esa sombra que, víctima de una tubercu-losis psíquica, se debate en medio de una irracionalidadconfigurada por una causa de raíz esencialmente políti-ca. El desesperante K. y el desconcertado Drogo son,sin lugar a dudas, parientes; pero no es fácil determinar en qué grado. Las escrituras que los representan sonmuy disímiles. Kafka necesita una morosa densidad para narrar 
El castillo 
 
(1926), lo que constituye, en estecaso concreto, un acierto literario, ya que dicha técnica proporciona un estratégico ingrediente de coherencia enrelación con el contenido novelesco. Buzzati, por elcontrario, necesita una gran agilidad y una extraordina-ria fluidez para contar el fraude castrense de la Fortale-za Bastiani, sin que ello entrañe merma alguna de laconsistencia narrativa. Lo más importante es destacar que tanto K. como Drogo son seres absolutamente co-rrientes que afrontan situaciones más o menos compli-cadas pero frecuentes en la vida diaria, a pesar del con-siderable revestimiento metafórico de ambos relatos.Hay que resaltar que El desierto de los tártaros es unahistoria concluida y con un cierre perfecto.K. y Drogo cohabitan en el círculo más infernal de laescolástica burguesa: allí donde la conmoción axiológi-ca promueve el confusionismo en un ambiente anorgás-mico.
El castillo 
 
y
El desierto de los tártaros 
 
son tex-tos que revelan críticamente la mortal frigidez propia deun modelo de conciencia basado en el mito de la pro- piedad y en la supremacía del dinero. Son libros que poseen un alto grado de pedagogía y eficacia catártica.Así expone Kafka, en el capítulo 20 de
El castillo 
, elengañoso
perfil del impertinente señor K.: “Era agri-mensor, lo cual acaso fuese algo; había aprendido, pues,alguna cosa; mas si uno no sabe para qué ha de servirle,tampoco esta cosa de nada le vale”. Pero K. es un hom- bre con pretensiones; y esas pretensiones le llevan aactuar como alguien que se enerva y contraataca, aun-que de manera bastante tosca y desatinada. Es un tipoconflictivo: “Uno que siempre lo trastrueca todo, la leytanto como la más común de las consideraciones huma-nas”. Su rebeldía es real, pero tan descompuesta queestá condenada al fracaso. Si esa condena tiene algo quever, o no, con la predestinación, es asunto insoluble. La producción literaria de Kafka se centra mucho más enel sentido común que en esas presuntas motivacionesque han propiciado tantos malabarismos teosóficos y psicoanalíticos. Puestos a divagar, una mayor garantíahermenéutica hubiera suministrado la Patafísca de Ja-rry, es decir, la “ciencia de las soluciones imaginarias”.El temperamento de Giovanni Drogo es de otra índole.Dubitativo, inseguro y vacilante, Drogo se aferra a suvoluntad pero con mucha menos energía que el agri-mensor. Su disputa con Simeoni (quien le ordena dejar la Fortaleza) es patética: inmediatamente adivinamosque aceptará salir de la fortificación justo en el instanteansiado a lo largo de tres décadas. Pero antes incluso deesta escena Drogo es un hombre no sólo fracasado sinoque, además, ha asumido con plena conciencia su irre-versible fracaso. A pesar de ello, la imposición de Si-meoni le provoca un residual arrebato de cólera: “Unaira tremenda se arremolinó en el pecho de Drogo. Él,que había tirado las cosas mejores de la vida para espe-rar a los enemigos, que desde hacía más de treinta añosse había alimentado con aquella única fe, ¿y le echaban precisamente ahora, cuando por fin llegaba la guerra?”.En los capítulos XVIII, XIX y XX, Drogo había bajadoa la ciudad con las intención de solicitar otra plaza ydesengancharse, tras un cuatrienio de permanencia, dela Bastiani. Un absurdo problema burocrático se lo im- pedirá. Su reencuentro con Maria Vescovi, hermana desu amigo Francesco, a la que conoce desde la infancia yde la que teóricamente está enamorado, acaba en unmutuo desengaño. En el plano afectivo, Drogo ya nisabe ni contesta. Se hunde en la lasitud, en la apatía.Después de sus fallidas gestiones para ser trasladado aotro destacamento, renace en él su insuperable adiccióna la Fortaleza, a la que se reintegra igual que un opió-mano opta por continuar con su vicio: “En el fondo desu alma hay incluso una tímida complacencia por haber evitado bruscos cambios de vida, por poder volver talcual a sus viejos hábitos”. Drogo es una encarnacióndel cogito agustiniano: si fallor, sum (si me equivoco,existo).El último capítulo es el XXX: la cifra de los años inúti-les. Drogo, expulsado de la Bastiani, se ha detenido enuna posada para descansar. Sabe que no llegará a laciudad y que no traspasará el umbral de su casa. Lanovela de Buzzati, que otorga un amplio campo a lasubjetividad, concluye, no obstante, en un
happy end 
.
 O casi. En la posada, y una vez desvanecidas todas lasesperanzas, surge, ante un Giovanni Drogo anímica-
 
Página 3
mente deshecho, la última expectativa de justificaciónexistencial: “osaba imaginar que no todo estaba termi-nado; porque quizá había llegado realmente su granoportunidad, la definitiva batalla que podía compensar toda una vida”. Una vida que “se había reducido a unaespecie de broma”. El comandante Drogo hallará refu-gio en el erotismo tanático y en el arte de la prestidigita-ción; y, a través de un sucinto ejercicio de autoconven-cimiento, encuentra el consuelo definitivo en un gestotan extravagante como es el acatamiento de una muertesimple y rutinaria desde un punto de vista heroico:“súbitamente los viejos temores se desvanecieron, las pesadillas se debilitaron, la muerte perdió su rostrohelador, mudándose en cosa sencilla y conforme a natu-ra”. Lo desafortunado de este subterfugio (a la postre,un suicidio pasivo) estriba en la ingenua reivindicacióndel heroísmo que Drogo asocia a dicho gesto, lo cual nodeja de ser una salida en falso sustentada en un concep-to seudometafísico de la muerte y a su vez inmerso,emocional e ideológicamente, en una paradigmáticavisión burguesa (competitiva) del mundo. La mismavisión que, desde una enfoque más radical, AntoninArtaud expresará en un texto, titulado
 Kabhar Enis, Kat-har Esti
, incluido en una
carta a Jean Paulhan, desdeel Asilo de Rodez, con fecha 7 de octubre de 1943: “Medestruyo hasta que tenga la prueba de que soy realmenteyo quien soy lo que soy, y no todos ellos”. Está claroque Drogo no llega tan lejos como el autor de El teatroy su doble. Pero en ambos talantes prevalece el deliriovolitivo de trasmutar,
in extremis
, la ineluctable de-rrota biológica en una
espectral conquista identita-ria. ————-
Biografía
http://es.wikipedia.org/wiki/Dino_Buzzati  Nació en el seno de una familia acomodada: su padre,Giulio Cesare, era profesor de Derecho internacional enla Universidad de Pavía y su madre, Alba Mantovani,de origen veneciano, era hermana del escritor DinoMantovani. Su nombre verdadero era Dino Buzzati Tra-verso, y era el segundo de cuatro hijos.Desde muy joven manifestó las que iban a ser las aficio-nes de toda su vida: escribía, dibujaba, estudiaba violíny piano, además de la pasión por la montaña a la quededicó su primera novela, "Bárnabo de las monta-ñas" (Bàrnabo delle montagne) (1933).A instancias de su familia -especialmente su padre- em- prendió los estudios de Derecho, pero en 1928, antes delicenciarse, empezó a trabajar de aprendiz en el"Corriere della Sera", el periódico en el que colaboródurante toda su vida.El éxito obtenido con su primera novela, la ya citada"Bárnabo de las montañas"(Bàrnabo delle montagne),no se repitió con la siguiente "El secreto del BosqueViejo" (Il segreto del Bosco Vecchio) (1935), que fueacogida con indiferencia.Enviado especial del "Corriere" a Addis Abeba en 1939y reportero de guerra en 1940 en el crucero Río, esemismo año publicó el libro con el que alcanzó famainternacional y que es unánimemente considerado comosu obra maestra, "El desierto de los tártaros" (Il desertodei Tartari): en vísperas del conflicto, imaginó la alego-ría existencial del teniente Giovanni Drogo, destinado aque su existencia transcurra en una fortaleza perdida, enuna época sin precisar, en la inútil espera de un enemigoque no llega (en 1976 Valerio Zurlini la adaptó y realizóuna película muy sugestiva).Desde 1936 escribió numerosos relatos para el"Corriere" y otros periódicos, posteriormente recopila-dos en "Los siete mensajeros y otros relatos" (I settemessaggeri) (1942), "Paura alla Scala"(1949), "Il crollodella Baliverna" (1954), "Sessanta raccontis" (1958, premio Strega), "Esperimento di magia" (1958), "Il co-lombre" (1966), "Las noches difíciles y otros rela-tos" (Le notti difficili) (1971).En 1960 salió "El gran retrato" (Il grande ritratto)", casiun experimento de novela de ciencia ficción, dondeentra en escena el universo femenino, que hasta enton-ces había explorado muy poco. Tres años después, en"Un amor" (Un amore) relató la historia de AntonioDorigo, un hombre que encuentra el amor a los cincuen-ta años: presenta probables rasgos autobiográficos, puesto que a los sesenta Buzzati se casó con AlmerinaAntoniazzi.

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