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Monseñor Lefebvre - autoridad

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08/18/2013

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LA AUTORIDAD EN LA FAMILIA Y EN LA SOCIEDAD CIVILMarcel Lefebvre
En una reciente alocución pública del mes de octubre último, nuestro Santo Padre el PapaPaulo VI nos ponía en guardiasobre la interpretación errónea de ciertas afirmaciones delConcilio concernientes a la dignidad de la persona humana, interpretaciones queconducirían a rechazar la autoridad y a despreciar la obediencia.Los hechos que manifiestan las consecuencias de esas falsas interpretaciones son tannumerosos en esta época postconciliar que justifican ampliamente los temores de nuestroSanto Padre el Papa. ¿No estamos violentamente agitados por esas revueltas abiertas deciertos grupos de Acción Católica contra susobispos, de seminaristas contra susSuperiores, de sacerdotes, de religiosos, de religiosas que manifiestan una actividad dedesprecio para con la autoridad y que hacen imposible su ejercicio?La dignidad humana, la exaltación de la conciencia personal convertida en regla supremade la moralidad, los carismas personales son los pretextos para reducir la autoridad a unprincipio de unidad sin poder alguno. ¿Cómo no comparar esta fermentación, preludio derebelión, con el libre examen que ha sido la fuente de las grandes calamidades de estosúltimos siglos?Nos parece de la mayor oportunidad restablecer la verdadera noción de autoridad, y aeste efecto mostrar los beneficios que la Providencia quiere que la autoridad produzca enlas dos sociedades naturalesde derecho divino que en el mundo tienen sobre cadaindividuo una influencia primordial: la familia y la Sociedad Civil.
Naturaleza de la autoridad.
Es conveniente recordar que la autoridad es la causa formal de la Sociedad. Corresponde asu naturaleza dirigir y orientar todo lo que ocurre al fin de la sociedad, o sea el biencomún de todos los miembros. Siendo seres inteligentes los miembros de una sociedad, laautoridad les conducirá hasta su fin común por normas o leyes, velará a su aplicación ysancionará a quienes se opongan.El sujeto de la autoridad podrá ser designado de diversas maneras, pero el poder quetenga ese sujeto, es decir, la facultad de dirigir a otros seres humanos, no puede ser másque una participación en la autoridad de Dios. Siendomúltiples las sociedades, lasregulaciones concernientes al ejercicio de la autoridad podrán ser muy diversas pero jamás podrán impedir que la autoridad sea de origen divino: "No hay autoridad sino por
 
Dios" (San Pablo, a los Romanos, 13, 1). "No tendríasningún poder sobre mí si no tehubiera sido dado de lo alto", dijo Nuestro Señor a Pilato (San Juan, 19, 11).En su tratado de filosofía (tomo IV, 384), Jolivet nos describe así la primera fuente de laautoridad: " Sólo Dios tiene el derecho absoluto demandar, porque un tal derecho, queconsiste en obligar las voluntades, no puede pertenecer más que a aquél que da el ser y lavida. Así decimos que Dios es el "Derecho Vivo" porque es el primer principio de todo loque es. De ello se deduce que toda autoridad, en cualquier sociedad, no puede ejercersemás que a título de una delegación de Dios.Todo jefe investido de un poder legítimo es el “representante de Dios."Teniendo por objeto la autoridad el bien común de los miembros y deseando los mismosmiembros la obtención de ese bien de su propia determinación, jamás debería haberchoques entre la autoridad y los miembros que persiguen el mismo objetivo. No deberíahaber en sí oposición entre el jefe y el súbdito, entre la autoridad y la libertad. Si haychoque y desacuerdo es porque la autoridad ya no busca el verdadero bien común oporque el súbdito hace prevalecer su bien personal al verdadero bien común. Salvoevidencia en contrario, la autoridad legítima y prudente es juez del bien común, y losmiembrosdeben someterse a priori a su juicio. Hacer prevalecer el juicio personal sobre elde la autoridad legítima es destruir la sociedad. Someterse a las normas de la autoridadlegítima es ejercitar la virtud de obediencia, de la que Nuestro Señor nos dio un emotivoejemplo sacrificando hasta su vida por obediencia. "Obediens usque ad mortem."San Pío X, en su carta "Notre charge apostholique" del 25 de agosto de 1910, escribe; "¿Esque acaso esta sociedad de seres independientes y desiguales por naturaleza notienenecesidad de una autoridad que dirija su actividad hacia el bien común y que imponga suley?... ¿Se puede afirmar con alguna sombra de razón que hay incompatibilidad entre laautoridad y la libertad, a menos que uno se engañe groseramente sobre el concepto delibertad ? ¿Se puede enseñar que la obediencia es contraria a la dignidad humana y qué elideal sería sustituir la obediencia por la "autoridad consentida"? ¿Es que acaso el apóstolSan Pablo no tuvo a la vista la sociedad humana en todas sus utopías posibles, cuandoordenaba a los fieles estar sometidos a toda autoridad?... ¿Es que el estado religioso,fundado sobre la obediencia, sería contrario al ideal de la naturaleza humana? ¿Es que lossantos, que han sido los más obedientes de los hombres,eran esclavos o degenerados?..."Resulta, pues, evidente que la autoridad es la piedra angular de toda sociedad.
 
Beneficio de la autoridad en la sociedad familiar
Si hay un período de la vida humana en el curso del cual la autoridad juega un papelimportante es, desde luego, el que va desde el nacimiento a la mayoría de edad. Es, desdeluego, una maravillosa institución divina la de la familia en el seno de la cual el hombrerecibe la existencia, pero una existencia altamente limitada que le será precisoun largoperíodo de educación, dispensada, en primer lugar, por los padres y después por aquellosque colaboran con los padres.El niño recibe todo de su padre y de su madre: alimento corporal, intelectual, religioso,educación moral y social. Los padresse hacen ayudar por maestros, que, en el espíritu delos niños, comparten la autoridad de los padres. Ya sea por el intermedio de los maestroso ya por la de los padres, la ciencia que adquiere el niño será mucho más una cienciaaprendida, recibida, aceptada, que una ciencia adquirida por la inteligencia, por laevidencia de los juicios y de los razonamientos.El joven estudiante cree en sus padres, en sus maestros, en sus libros, y de este modo susconocimientos se extienden, se multiplican con una certeza perfectamente legítima. Suciencia propiamente dicha, la que puede dar cuenta de su saber, es muy limitada. Si sepiensa en el conjunto de los niños, de la juventud, en la humanidad de hoy y de ayer, secomprueba que la transmisión de los conocimientosse debe mucho más a la autoridadque la transmite que a la evidencia personal de la ciencia adquirida.Ciertamente, si se trata de estudios superiores, la juventud adquiere conocimientos máspersonales y se esfuerza por conocer las disciplinas estudiadasde la misma manera quesus mismos maestros las conocen. Pero la abundancia de los conocimientos hoynecesarios no permite al estudiante llegar hasta las últimas pruebas y experiencias. Porotra parte, ciencias como la historia, la geografía, la arqueología, las artes, no pueden enverdad reposar más que sobre la fe en los maestros y en los libros. Cuando se trata deconocimientos religiosos, de la práctica de la religión, del ejercicio de la moral conforme ala religión, a las tradiciones, a las costumbres,todavía eso es más cierto que para otrasciencias. Los hombres generalmente viven conforme a la religión que han recibido de suspadres, sobre todo si se trata de una religión revelada, fundada sobre la autoridad. Laconversión a una religión distinta encuentra un enorme obstáculo en la ruptura con lareligión ancestral. Un ser humano permanece siempre sensible al recuerdo de la religiónmaterna.Gran influencia conserva durante toda la vida del hombre la educación recibida en lafamilia y del conjunto demaestros, que completan la educación familiar. Nada persevera

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