ba hacer mucho dinero sino vivir intensamente. Enpocas palabras: había llegado al Rubicón, al momentode la decisión que enfrentan la mayoría de los jóvenescuando se inician en la vida. En consecuencia, tomé unadecisión, una decisión que cambió completamente mifuturo. Hizo mis últimos treinta y cinco años más felicesy compensadores que en mis aspiraciones más utópicas.Mi decisión fue ésta: abandonaría el trabajo que odia-ba y, como había pasado cuatro años en el Colegio Nor-mal del Estado de Warrensburg, Missouri, preparándomepara la enseñanza, me ganaría la vida enseñando en lasclases de adultos de las escuelas nocturnas. De este modotendría mis días libres para leer libros, preparar con-ferencias y escribir novelas y cuentos. Quería "vivir paraescribir y escribir para vivir".¿Qué tema enseñaría a los adultos por las noches? Alrecordar y evaluar mi preparación universitaria, vi que eladiestramiento y la experiencia que tenía como oradorme habían servido en los negocios —y en la vida— másque el conjunto de todas las demás cosas que había es-tudiado. ¿Por qué? Porque habían eliminado mi timidezy mi falta de confianza en mí mismo y me habíanprocurado valor y aplomo para tratar con la gente. Tam-bién me habían hecho ver que el mando correspondepor lo general a la gente que puede ponerse de pie y de-cir lo que piensa.Solicité un cargo de profesor de oratoria en loscursos nocturnos de ampliación de las Universidades deColumbia y Nueva York, pero las dos decidieron que po-dían arreglarse sin mi ayuda.Quedé entonces decepcionado, pero ahora doy graciasa Dios de que me rechazaran, porque comencé a enseñaren las escuelas nocturnas de la Asociación Cristiana deJóvenes, donde tenía que obtener resultados concre-tos y obtenerlos rápidamente. ¡Cómo me vi puesto aprueba! Estos adultos no venían a mis clases en busca de
títulos universitarios o de prestigio social. Venían poruna sola razón: querían resolver sus problemas. Querían sercapaces de ponerse de pie y decir unas cuantas palabras en unareunión de negocios sin desmayarse de miedo. Losvendedores querían poder visitar a un cliente difícil sin tenerque dar tres vueltas a la cuadra concentrando valor. Queríandesarrollar el aplomo y la confianza en sí mismos. Queríanprogresar en sus negocios. Querían disponer de mas dineropara sus familias. Y como pagaban su instrucción a plazos —dejaban de pagar si no obtenían resultados—, y a mí se mepagaba sólo un porcentaje de los beneficios, tenía que serpráctico si quería comer.En aquel tiempo me dije que estaba enseñando encondiciones desfavorables, pero ahora comprendo queobtenía un adiestramiento magnífico.
Tenía
que motivar amis alumnos.
Tenía
que ayudarles a
resolver sus problemas. Tenia que hacer cada sesión tan interesanteque provocara en ellos el deseo de continuar.
Era un trabajo que me entusiasmaba y que me gustaba.Quedé atónito al ver cuán rápidamente estos profesionalesdel comercio adquirían confianza en sí mismos y seaseguraban en muchos casos ascensos y aumentos deremuneración. Las clases iban constituyendo un triunfoque excedía de mis esperanzas más optimistas. Al cabo detres sesiones, la Asociación Cristiana de Jóvenes, que mehabía negado un salario de cinco dólares por noche, meestaba pagando treinta dólares por noche de acuerdo con elporcentaje. En un principio enseñé sólo oratoria, pero conel correr de los años vi que estos adultos tambiénnecesitaban la habilidad de ganar amigos e influir en laspersonas. Como no podía encontrar un texto adecuadosobre las relaciones humanas, lo escribí yo mismo. Fueescrito... Pero no, no fue escrito al modo habitual:
surgió
de las experiencias de los adultos en estas clases. Lo llamé
Cómo ganar amigos e influir sobre las personas.
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