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EL MONASTERIO DE CLUNY;FINES DEL SIGLO XI Y COMIENZOSDEL SIGLO XII
La expresión más típica del periodo románico fue el monasterio. La vida de las ciudadesantiguas Atenas y Pérgamo había culminado en la pléyade perfecta de sus acrópolis, la de Roma sehabía materializado en sus foros y construcciones civiles, en tanto que Constantinopla y Rávenahabían perfeccionado la basílica y el palacio como expresiones eclesiástica y política de un ordenteocrático social. En el periodo gótico que siguió al románico, la expresión fundamental sería lacatedral. Al extenderse hacia el norte el cristianismo después de la caída del Imperio Romano deOccidente, las clásicas formas septentrionales habían entrado en contacto y se habían fundido conlas de los pueblos bárbaros del norte. Esta unión de la antigua y establecida civilización romana,con sus ideales de razón, moderación y tranquilidad, y el nuevo espíritu avivado del norte con suinacabable energía y exuberante imaginación, culminó en el románico, estilo que alcanzó sumadurez entre los afios de 1000 y 1150. Al carecer de la seguridad de gobiernos centralesvigorosos, sin las ventajas de ciudades y poblados florecientes, el hombre monástico buscó la pazde espíritu en la abadía como asilo del tormentoso mar de la sociedad que lo rodeaba. En esoscentros, alejados del mundanal ruido, construyó un mundo en miniatura que incluyó una síntesis dela vida románica. Además de ser un templo en que los peregrinos podían reunirse para venerarreliquias sagradas, el monasterio fue el centro artesanal y agrícola de la región, al igual que la sedede la cultura y los conocimientos, y albergaba las únicas bibliotecas, escuelas y hospitales de esaépoca.El mayor y más grandioso de todos los monasterios románicos fue la abadía de Cluny, y en lafigura 88 se muestra una reconstrucción que Kenneth J. Conant hizo, cuando ella estaba en elpináculo de su poder y fama. Dentro de sus muros convivían hombres contemplativos con hombresde acción; los impregnados en las preocupaciones mundanas vivían junto con los que sabían pocode la vida extramuros: los santos vivían codo con codo con criminales que buscaban refugio de lapersecución de las autoridades civiles. Los que eran atraídos por la vocación de monje eran firmescreyentes de la aparente paradoja que encerraban las palabras de Cristo: “Porque quien quisieresalvar su alma la perderá, pero quien perdiere su vida por amor a mí, la salvará” (San Lucas 9:24).Al hacer los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, el monje automáticamente renunciaba ametas mundanas como bienes materiales individuales, los placeres de los sentidos, satisfaccionespersonales de la vida familiar, e incluso el ejercicio de su libre albedrío. Según las reglas de SanBenito, el fundador del monasticismo europeo, un monje “no debe dejar absolutamente cosaalguna para sí, ni un libro ni una tablilla, ni una pluma: nada en absoluto”. Por medio de larenunciación de todas las aspiraciones mundanas, el monje buscaba una. vida más elevada en elreino del espíritu, lo que puede ser resumido por completo en las palabras de San Pablo:
“ 
Y
 
ya novivo yo: es Cristo quien vive en mí” (Epístola a los gálatas, 2:20). Para poner en práctica dichasmetas ultraterrenas había que alejarse del mundo y sus faustos y abrazar una forma especial devida.Para que floreciera la vida pura del espíritu, el monasterio tuvo que ser planeado de modo talque los monjes contaran con todo lo necesario para su subsistencia corporal y su sustentoespiritual. El objetivo que se buscaba era ser lo más independientes del César, para de este mododar todo a Dios. La regla benedictina no establecía la forma exacta que debía tener una construc-ción monástica y, al menos en teoría, cada abadía conté con la independencia necesaria pararesolver sus problemas con base en sus necesidades, las características del terreno y la extensión desus recursos. Pero la tradición a menudo tenía tanta rigidez como las mismas reglas, y convariaciones locales, la mayor parte de los monasterios siguió una pauta común. Si se toma enconsideración el tamaño y complejidad excepcionales por su condición como claustrometropolitano de una gran orden, la planta de Cluny puede ser aceptada como bastante típica.La vida de un monje cluniacense estaba hecha casi por completo de observancias religiosasinterrumpidas, que alternaban con periodos dedicados a la contemplación, por lo que el alma delmonasterio fue la abadía (ver fig. 88) y su corazón el claustro. La abadía sirvió principalmentecomo escenario de constantes actividades piadosas de los monjes, de día y de noche durante todoel año, y sólo de manera secundaria como templo para las peregrinaciones que se efectuaban paravenerar las reliquias de santos.Documento extractadodel libroArte Música e ideas deWilliam Fleming
 
fig. 88Después de todo lo necesario para los servicios .religiosos, seguía en importancia contar conmedios para la vida contemplativa, aspecto que se concentré en el claustro; el cual está, de modotípico, en el centro de la abadía y al sur de la nave central de la iglesia. Alrededor de él sedisponían otros edificios claustrales monásticos. El claustro corriente fue un solar cuadrangularabierto con jardín, rodeado en los cuatro lados por una arquería techada. La forma algo irregulardel claustro de Cluny en el siglo XII fue producto de un ambicioso programa de construcciónacorde a las exigencias de crecimiento rápido del monasterio. Por desgracia, desapareció estefamoso claustro de columnas de mármol, y como ejemplo nos servirá el de San Trófimo en Arlés(fig. 87).fig. 87Fig. 89Una abadía tan completa como Cluny necesitaba contar con medios para otras funciones. Lavida diaria de los monjes exigía un refectorio en donde pudieran tomar en común sus alimentos así como cocinas, panaderías y espacio para despensa; una sala capitular en donde pudieran arreglarsus asuntos comunales, y un dormitorio junto a la iglesia para servicio durante la noche y el día. Seincluyeron tres claustros menores, uno para la educación de novicios, otro para monjes visitantes ylegos con inclinaciones religiosas que buscasen refugio y aislamiento del mundo, y un tercerocerca de un cementerio para los hermanos enfermos o ancianos. El hospicio o casa de huéspedescontaba con habitaciones para los visitantes que afluían durante la temporada de peregrinación.También había talleres e instalaciones para artesanos como herreros, carpinteros y zapateros, aligual que establos para ganado vacuno y otros animales domésticos.El plan de Cluny, de este modo, fue un sistema coherente de cuadrángulos colindantes queincluían patios y claustros cuyo tamaño e importancia variaban con las diversas actividades paralas que estaban destinados. Fue también un plan bastante complejo y al mismo tiempo lógico, parauna comunidad completa, tomando en consideración ideales, aspiraciones, prácticas y actividades
 
dianas de un grupo que se había reunido para ejercitarse desde el punto de vista físico y espiritual,hacia una meta común
ARQUITECTURA
Hugo de Semur, el más grande de los abades de Cluny, sucedió a Odión en 1049. Bajo suadministración, Cluny legó a alcanzar un periodo de tanto esplendor, que un cronista entusiastadescribió que “brillaba en la tierra como un segundo sol”. Tomando como modelo la establecidaorganización feudal de la sociedad en que los terratenientes menores y más dependientes bajo juramento dependían de terratenientes más poderosos y con más tierras que los recompensaban conprotección, Hugo comenzó a atraer a muchos de los monasterios benedictinos tradicionalmenteindependientes, para incluirlos en la órbita cluniacense. Con la aprobación expresa de los Papas,Hugo poco a poco concentró el poder de toda la orden en sus manos y transformó Cluny en unvasto imperio monástico que gobernó con sabiduría y bondad durante más de sesenta años. En la jerarquía eclesiástica solamente el Papa estaba en plano superior a él y en el mundo seglar su rangoestaba a la par con los reyes. Figuró prominentemente en muchos de los hechos históricos de sutiempo, al grado de actuar como intermediario entre un Emperador y un Papa en la famosahumillación de Canossa, en que Enrique IV esperó descalzo en la nieve durante varios días paraarrodillarse ante Gregorio VII en solicitud del perdón. El momento culminante de la vida de Hugo,empero, llegó cuando el Papa Urbano II que había sido monje y prior en Cluny bajo su guíapersonal, estuvo presente en la dedicación del gran altar de la majestuosa nueva abadía.El monasterio acumuló honor tras honor bajo este Papa cluniacense, que también fue el predicadorde la primera cruzada.Hugo había comenzado su obra emprendiendo la construcción de nuevos edificios monásticos paraalbergar el número creciente de monjes cluniacenses. Por último, la antigua segunda iglesia fueinsuficiente como claustro metropolitano de la gran orden, especialmente cuando delegaciones demonjes de los prioratos esparcidos en el país se reunían para los grandes capítulos de laconfraternidad. (Las crónicas señalan que en una reunión del año 1132, más de 1200 monjesestaban en la procesión.) La importancia creciente de Cluny como centro de peregrinacionestambién creó la necesidad de contar con mayor espacio en la abadía. Por estas razones prácticas, aligual que por el deseo de Hugo de coronar sus muchos triunfos con un monumento que rivalizancon el legendario templo de Salomón, comenzó a construir la tercera abadía. A pesar de todo supoder e influencia, Hugo no intentó emprender la obra antes de consolidar por completo laposición dominante de Cluny en el orden vigente, y antes de tener la seguridad de apoyoeconómico generoso. Los muchísimos prioratos de la orden que en esa época llegaron a sumar másde 1000 y que se extendían desde Escocia en el norte, a Portugal en el occidente y Jerusalén en elOriente, sin problemas pudieron contribuir para la obra. Además, se recibían ofrendas de personasde todas las clases, desde obispos, hasta el más humilde de los miembros de la parroquia, y de losgrandes señores hasta los más pobres peregrinos que llegaban a la abadía, llenos de fe religiosa.Por ello, en 1088, cuando tenía más de 65 años y en su cuadragésimo año como abad, Hugo deSemur, junto con el arquitecto Hezelo, comenzaron la construcción de la monumental abadía queen su magnitud y gloria eclipsó a otros templos de la cristiandad en Occidente. Gilon uno de susprimeros biógrafos, dijo que San Hugo el Grande “erigió esa obra tan magna en un lapso de veinteaños y que si un emperador la hubiese construido en tan breve plazo, hubiese sido consideradamaravilla”.LA TERCERA CRAN ABADIA DE CLUNY.En el exterior de la gran iglesia construida por Hugo se alzaban sus imponentes torres, Laplanta incluía dobles naves transversales, cosa insólita, y muchas capillas absidales colocadas ensentido radiado al coro. Era costumbre que una gran abadía contara con una impresionante linternasobre el cruce de la nave y el transepto. En Cluny, al igual que en San Saturnino en Tolosa (fig.89), esa enorme fábrica dominaba sobre la silueta del exterior, pero las torres octagonales gemelasde Cluny, a horcajadas de las naves del transepto, eran más bien raras en esa época. El transeptomenor también tenía su torre central, lo que hacía llegar su número a cuatro en el extremooccidental, las que añadidas a las dos en uno y otro lados de la entrada del nártex, hacían un totalde seis torres. A diferencia de las catedrales góticas de épocas ulteriores, el exterior de la terceraabadía no fue adornado con esculturas y todos los ornatos se concentraron en el interior. Incluso lafachada occidental era desnuda y sencilla, pues estaba diseñada para una comunidad introspectivaenclaustrada y, en consecuencia, no necesitaba extender invitaciones esculpidas al mundo exterior,como en una iglesia para los seglares.
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