–No sé. Unas pocas horas. A las cuatro vendrá a buscarme mi chofer. Todoestá arreglado en el aeropuerto. A las cinco estaré volando fuera del país.No tienes de qué preocuparte, Tamara.–¿Qué te hace pensar que me preocupa lo que pueda ocurrirte? –replicabaairada–. Hace muchos años que estás fuera de mi vida.–No, no lo estoy. No te engañes –aseguraba con burlona convicción–. ¿Teacuerdas de los boleros que escuchábamos en las rocolas en los meseslocos que vivimos? Pues bien. El destino ha unido nuestras vidas, muñeca.Para nunca jamás.–No has cambiado, Arancibia –sonreía despectiva–. Sigues siendo elfanfarrón de siempre.–Paz. Tregua, camarada –proponía fingiendo docilidad–. Tenemos muchotiempo para reñir –hacía una pausa; de un bolsillo interior de su chaquetasacaba una petaca de whisky, quitaba la tapa, bebía un trago–. ¿Tienes algode comer? No he probado bocado en todo el día.Estaba a punto de estallar. Pensaba: «¿Quién diablos se cree este maldito?».En cambio, le decía:–Veré si Malenita puede prepararte algo.Así había empezado el diálogo; así me lo imaginaba yo, mientras escuchabaa Tamara Fiol. Sin embargo, me dijo: “No fui del todo sincera, Morgan,cuando le respondí que no me sorprendía su visita. En realidad, yo siemprehabía esperado este encuentro”.(…) –Dejemos la farsa a un lado –decía ella, muy seria y decidida; y había vueltoa tomar asiento en su sillón, frente a él–. ¿A qué has venido? ¿Qué quieres
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