moradores de San Fernando. Para mí, sobre todo, fue y es la patria chica:donde me crié, donde estudié, donde me casé, donde tuve hijos y dondevivo. Por suerte nunca he olvidado las raíces de mis padres, es más, lasadoro. Tanto me gusta el pueblo maragato de Castrillo de los Polvazaresque, siempre que puedo, voy con mi familia, durante las vacaciones, adisfrutar unos días de su encanto.He de recordar también algunos de los otros buques en los cualesmi padre estuvo enrolado por temporadas. Después del destructor“Escaño” embarcó en el remolcador de altura “Ferrol”. Navegó despuéscon el “RA4”, llamado posteriormente “Cádiz”. Y por último estuvodestinado en la Corbeta “Villa de Bilbao”. En plena pubertad, era yo porentonces una jovencita, llena de inquietudes y de curiosidad, que hacía amis padres mil preguntas cuando nos llevaban a mi hermana y a mí avisitarlo.En el año 1971 la familia se completó con la llegada al mundo demi hermana María Elena. Ella nació aquí, en la querida isla de SanFernando y, por ley, se siente andaluza por los cuatro costados. Todos, enparte, nos sentimos un poco mucho andaluces. En esta tierra alegre, quetan bien nos acogió, enseguida adquirimos amistades entrañables queson y siguen siendo como nuestra segunda familia.Años más tarde, en el 89 y 93, nacieron sus nietos, mis hijos: Daniely Pablo, con los que disfrutó en su infancia, y ahora en su adolescencia,no ocultando nunca su alegría de ser abuelo.Retrocediendo en el tiempo, me cuenta mi padre la vida dura deaquellos lejanos veranos cuando aún se encontraba soltero. Al ir devacaciones al pueblo, el descanso que le tocaba junto con sus padresCecilio y Socorro y sus hermanos Araceli y Fernando era el de tener queir a recolectar las mieses. Si su permiso coincidía en el mes de Julio,había que empuñar la hoz, en medio de un sol aplanador, y segar lastierras, engavillar, hacer los manojos, amorenarlos, acarrearlos para laera y hacer la meda. Si coincidía a últimos de Julio, primeros de Agosto,la faena que tenía por delante el maragato marino era la trilla, limpiarel grano de la paja con el bieldo, (que siempre venía el viento losdomingos para no poder salir de paseo), meter el grano en los sacos yllevarlos a casa. Las quilmas de 80/100 kilos había que subirlas ahombros para la panera, que no sé por qué razón casi en todas las casasse encontraba en la parte superior. Recuerda cómo se le llenaban lasmanos de ampollas, burras como dicen en su pueblo. Los dedos estabanagarrotados cuando tocaban a diana a las seis de la mañana, lasmuñecas abiertas y las piernas duras como un palo por el penoso trabajodel día anterior. No obstante, entre los jóvenes, nunca faltaba alanochecer la alegría, las chanzas, el humor y algún que otro beso furtivo.
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