aparte de suscitar numerosos problemas teológicos, parece un camino más por el que el hombre sientela tentación de convertir a Dios en "natural". Pero los hechos, como veremos, al menos en Psicología,no hablan en este sentido; por lo que también aquí será necesario afirmar que
el hombre no nace sinoque se hace religioso
, del mismo modo en el que no nace sino que se hace ético, social o político.Al mismo tiempo, sin embargo, es necesario también sostener que la dimensión religiosacuenta con más oportunidades que ninguna otra en la vida del hombre para echar sus raíces en losniveles profundos de la personalidad. Su mundo afectivo se ofrece como un terreno especialmentefecundo para el nacimiento de los dioses, los demonios y los espíritus. La experiencia religiosacuenta, en este sentido, con más posibilidades que ninguna otra en el conjunto de las formacionesculturales. De ahí la fuerza poderosísima que ha supuesto en la historia de la humanidad. Para su bieny para su mal, como tendremos ocasión de analizar a un nivel individual y como la misma historia delas religiones ha tenido oportunidad de demostrarnos a nivel de lo colectivo. Por ello también, muchasde las otras formaciones culturales, la política particularmente, han sabido ver en la religión un poderoso aliado por sus propios fines y objetivos. También las otras instituciones han tenido queaprender, dramáticamente a veces, lo peligroso que puede resultar tener a la religión como enemigo:las funciones que cumple y las frustraciones que evita puede desencadenar, en efecto, la peor de lasviolencias. Ninguna otra dimensión de la vida humana es capaz, en efecto, de encajar de modo más preciso en la necesidad vital del otro para sentirse yo y en la aspiración de totalidad que marca a esa búsqueda.En esta necesidad del otro para ser yo y en esa aspiración de totalidad que la marca, lasfiguras de la madre y del padre, como tendremos ocasión de analizar, se constituyen en los dos polos primeros y fundamentales. Por ello, la experiencia religiosa, que no puede ser ajena al desarrollohumano en el que se inscribe, ha tendido siempre a articularse simbólicamente alrededor también deesos dos grandes referentes humanos. Lo materno y lo paterno se presentan de este modo como lasdos marcas, los dos referentes privilegiados en los que todas las grandes corrientes religiosas, judeo-cristianismo incluido, han expresado los contenidos fundamentales de sus creencias. Símbolos de profundas resonancias religiosas como son la tierra, la naturaleza, el centro, el agua, el mar, la casa, elhogar o la caverna remiten, como lo ha puesto de manifiesto la investigación psicoanalítica, al polomaterno de la experiencia humana. El cielo, la fuerza, el árbol o el trueno, por el contrario, presentanindiscutibles conexiones con la experiencia de lo paterno.Este irse fraguando Dios a partir de lo que constituyen las grandes experiencias del desarrollohumano supone, evidentemente, una gran posibilidad y un riesgo importante también. Posibilidad encuanto que sólo de ese modo la experiencia religiosa puede prender en los más hondo de nuestraafectividad y hacerse auténticamente carne de nuestra carne, colorido vital profundo, visión de la vidaenraizada en nuestras seguridades y confianzas más básicas.Pero es evidente también que supone un alto riesgo. Riesgo, por una parte, de que la imagende Dios sufra las distorsiones, los desenfoques, los traumatismos, y las perturbaciones que puedan
necesidad religiosa específica: Cf A. VERGOTE,
Psicologíareligiosa
, 120-123 o J. MILANESI - M. ALETTI,
Psicología de la Religión
, 105-109.
Leave a Comment