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Creer después de Freud
Carlos Dominguez sjCAPITULO 6EL DIOS DEL NIÑO Y EL DIOS DE JESUS
El Dios con el que nos relacionamos en la oración es deudor también de una historia. Unahistoria que es justamente la nuestra, en la medida en que Dios, en cuanto objeto mental, se ha idoconformando a lo largo de nuestro proceso vital, íntimamente enlazado a los avatares de las relacionescon nosotros mismos y con el mundo. Dios nos ha ido viniendo a través y a partir de nuestrasnecesidades biopsíquicas más determinantes y ha ido tomando la forma y el colorido de nuestrasexperiencias vitales más profundas. No surge Dios en nosotros como fruto directo y espontáneo, tal como determinadas posiciones teológicas o psicológicas nos han querido hacer ver y como, tal vez, le apetecería tambiéna una fe ansiosa de evidencias.La fe que busca evidencias y seguridades desearía, efectivamente, un Dios que, casi comoinstinto natural, se fuera manifestando progresiva y espontáneamente en la vida del niño. De estemodo la religión se presentaría como una dimensión psíquica irrenunciable, sin la cual no sería posible hablar de persona psicológicamente sana o completa
1
. Semejante modo de concebir las cosas,
1 Así lo han querido ver determinados autores en lahistoria de la psicología de la religión como el conocido A.GEMELLI, en su
Psicología de la edad evolutiva
(Madrid 1952,256), el español J.M. ARAGO MITJANS en su
Psicología religiosadel niño
(Barcelona 1965, 42) o S. GALLO en
¿Es el niñoreligioso?
(Madrid 1954, 96 y 103). De modo semejante seexpresó tambn con frecuencia la conocida psicopedagogaitaliana M. Montessori. Sin embargo, como afirma A. Vergote,ninguna investigación ha podido demostrar la existencia de una
 
aparte de suscitar numerosos problemas teológicos, parece un camino más por el que el hombre sientela tentación de convertir a Dios en "natural". Pero los hechos, como veremos, al menos en Psicología,no hablan en este sentido; por lo que también aquí será necesario afirmar que
el hombre no nace sinoque se hace religioso
, del mismo modo en el que no nace sino que se hace ético, social o político.Al mismo tiempo, sin embargo, es necesario también sostener que la dimensión religiosacuenta con más oportunidades que ninguna otra en la vida del hombre para echar sus raíces en losniveles profundos de la personalidad. Su mundo afectivo se ofrece como un terreno especialmentefecundo para el nacimiento de los dioses, los demonios y los espíritus. La experiencia religiosacuenta, en este sentido, con más posibilidades que ninguna otra en el conjunto de las formacionesculturales. De ahí la fuerza poderosísima que ha supuesto en la historia de la humanidad. Para su bieny para su mal, como tendremos ocasión de analizar a un nivel individual y como la misma historia delas religiones ha tenido oportunidad de demostrarnos a nivel de lo colectivo. Por ello también, muchasde las otras formaciones culturales, la política particularmente, han sabido ver en la religión un poderoso aliado por sus propios fines y objetivos. También las otras instituciones han tenido queaprender, dramáticamente a veces, lo peligroso que puede resultar tener a la religión como enemigo:las funciones que cumple y las frustraciones que evita puede desencadenar, en efecto, la peor de lasviolencias. Ninguna otra dimensión de la vida humana es capaz, en efecto, de encajar de modo más preciso en la necesidad vital del otro para sentirse yo y en la aspiración de totalidad que marca a esa búsqueda.En esta necesidad del otro para ser yo y en esa aspiración de totalidad que la marca, lasfiguras de la madre y del padre, como tendremos ocasión de analizar, se constituyen en los dos polos primeros y fundamentales. Por ello, la experiencia religiosa, que no puede ser ajena al desarrollohumano en el que se inscribe, ha tendido siempre a articularse simbólicamente alrededor también deesos dos grandes referentes humanos. Lo materno y lo paterno se presentan de este modo como lasdos marcas, los dos referentes privilegiados en los que todas las grandes corrientes religiosas, judeo-cristianismo incluido, han expresado los contenidos fundamentales de sus creencias. Símbolos de profundas resonancias religiosas como son la tierra, la naturaleza, el centro, el agua, el mar, la casa, elhogar o la caverna remiten, como lo ha puesto de manifiesto la investigación psicoanalítica, al polomaterno de la experiencia humana. El cielo, la fuerza, el árbol o el trueno, por el contrario, presentanindiscutibles conexiones con la experiencia de lo paterno.Este irse fraguando Dios a partir de lo que constituyen las grandes experiencias del desarrollohumano supone, evidentemente, una gran posibilidad y un riesgo importante también. Posibilidad encuanto que sólo de ese modo la experiencia religiosa puede prender en los más hondo de nuestraafectividad y hacerse auténticamente carne de nuestra carne, colorido vital profundo, visión de la vidaenraizada en nuestras seguridades y confianzas más básicas.Pero es evidente también que supone un alto riesgo. Riesgo, por una parte, de que la imagende Dios sufra las distorsiones, los desenfoques, los traumatismos, y las perturbaciones que puedan
necesidad religiosa espefica: Cf A. VERGOTE,
Psicologíareligiosa
, 120-123 o J. MILANESI - M. ALETTI,
Psicología de la Religión
, 105-109.
 
sobrevenir en las complejas relaciones con lo materno y lo paterno y riesgo también de llegar areducir la experiencia religiosa a unas necesidades puramente psíquicas, sin que esa experienciareligiosa llegue nunca a situarse realmente a la escucha de un Dios que venga a decir unas palabrasdiferentes de las que han escuchado y se desean escuchar. Por eso, el Dios que nació en nosotros a partir de las experiencias más básicas de nuestra existencia, ha de estar dispuesto a perpetuidad paradejarse modificar por una Palabra que viene de otro lugar pero que no acaba nunca por reducir lamediacn de nuestra imagen. Una vez s nos estaprohibido confundir a Dios con surepresentación.
La totalidad materna como trasfondo de la divinidad.
El análisis de la interpretación freudiana de la religión nos ha puesto de evidencia el granolvido que comete Freud al marginar el elemento femenino y materno en la génesis de la religiosidad
2
.Esa llamativa y sorprendente laguna fue desde muy pronto atendida por toda la psicología profunda posterior a Freud comenzando por el mismo Jung, con un esquema diferente al utilizado por elfundador del psicoanálisis, y por otros psicoanalistas que, con las mismas referencias freudianas,atendieron desde muy pronto las dimensiones femeninas y maternas de las principales corrientesreligiosas
3
. 
2 Cf supra la sección
La ignorada protección materna
enel capítulo 3.3 Entre los textos de enfoque junguianos cabe destacar elde E. NEUMANN,
Die Grosse Mutter
, Zurich 1956. En una líneafreudiana los de E. JONES,
Essays in Applied Psychoanalysis
,Londres 1923 de la que tenemos una versn no completa encastellano:
Ensayos de psicoanálisis aplicado
, Buenos Aires1971. La obra del psicoanalista y antropólogo G. ROHEIM, dejasentir en sus análisis de la religión el impacto de MelanieKlein y, por tanto, de la influencia de la madre en los prime-ros estadios de la vida. Cf v.gr.
 Magia y esquizofrenia
,Buenos Aires 1959; o
La panique des Dieux 
, Paris 1962, quereúne sus mejores ensayos sobre la religión. Las obras de A.VERGOTE han prestado siempre especial atención a lo maternoen sus análisis del hecho religioso; de ellas, tendremos
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