Si las cosas son efectivamente así, tendríamos que plantearnos entonces una gravecuestión: ¿Ante quién nos estamos poniendo de rodillas cuando, nada más oír el saludo deDios, nos sentimos empujados a la confesión de nuestra indignidad y de nuestra culpa? Elpsicoanálisis, particularmente a partir de Freud y Melanie Klein, puede hacernos comprendermuchos de los elementos que juegan en esta seria y enigmática cuestión
Una buenasíntesis sobre la investigación psicoanalítica en torno a la culpa nos la ofrece J. CORDERO en
Psicoanálisis de la culpabilidad
, Estella 1976. Con una consideración más psiquiátrica se pue-de consultar W. SIEBENTHAL,
Schuldgefuhl and schuld bei psychiatrischen erkrankungen
,Zürich 1956..
Los tiempos olvidados de la culpa
Todo se inició allí adonde nadie recuerda. La culpa, en efecto, constituye una de lasexperiencias humanas más antiguas, arcaicas y primitivas de cuantas nos pueden acompa-ñar. Surge en nosotros como una hija de la ambivalencia afectiva; es decir, como un fruto dela pareja del amor y el odio, que presiden nuestra existencia desde sus mismos inicios. An-tes de que pueda existir en nosotros el más mínimo germen de moral o de religión.Antes de la Prohibición y la Ley, antes de todo conocimiento del bien o del mal, exis-tía ya el sentimiento de culpa. Una culpa que no es fruto, por tanto, de ninguna transgre-sión; una culpa que nace sin saber siquiera cuál es el bien que no ha seguido ni el mal quecometió. Una culpa que lleva el nombre de la autodestrucción y la muerte. Nos conoce desdeel día de nuestro nacimiento.Desde ese día el odio y la agresión nos amenazan, fantasmas de destrucción y ani-quilamiento nos rodean. El pecho de la madre, convertido en el todo bueno existente, seacerca y se aleja, nos protege y nos abandona y, así, desde una situación en la que no exis-te posibilidad de comprensión ni control sobre lo que sucede, ese pecho se convierte en bue-no y malo, es decir, en amigo o enemigo, en protector o perseguidor.Desde la indistinción entre el propio Yo y el mundo exterior, el amor lo considera pro-pio; pero el odio, en sus fantasías más primitivas, lo devorará, lo ensuciará, lo despedazaráporque es un objeto malo, perseguidor y dañino. La motivación para ello radica en la imposi-bilidad de comprender y aceptar que ese pecho bueno que es la madre no esté omnimoda-mente presente gratificando como nuestra omnipotencia infantil exigiría. Si no está, no espor ausencia sino por maldad.Desde este cruce de pulsiones de vida y de muerte, la culpa surge como protegiéndo-nos de tanta odio, evitando y reprimiendo tanta agresividad y tanta destrucción. El pechomalo, el objeto dañino y destructor quedará, sin embargo, como un objeto introyectado e in-ternalizado en lo más profundo de nosotros, posibilitando siempre de este modo una culpaautodestructiva y persecutoria.Cuando en los primeros meses de vida sea ya posible percibir que el pecho malo, ese
3 Efectivamente, la investigación sobre los sentimientos de culpabilidad, que actúan desde los primerosestadios de la vida, ha constituidop un especial centro de interés dentro de la obra de Melanie Klein yde su escuela (H. A Segal, W.R. Bion, etc...). Una buena recapitulación de sus ideas la tenemos en unarevisión de conjunto de 1948 titulada
Sobre la teoría de la ansiedad y la culpa
(O.C., Buenos Aires1974, vol. 3, 235-251). Junto con Joan RIVIERE publica también una estudio ya clasico al respecto:
Amor, odio y reparación
(O.C., vol. 6, 101-171).La obra de L. GRINBERG:
Culpa y depresión
, Buenos Aires 1976, supone un buen intento dearticulación entre las teorías freudianas y kleinianas sobre la culpabilidad.174
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