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CAPITULO 7CULPA Y SALVACIÓNLa culpa en el primer plano
Con demasiada frecuencia parece como si para situarse en la presencia de Dios, sehiciese necesario, a modo de primera instancia, confesar la propia culpa. Como si Dios, alhacerse presente en nuestras vidas, exigiese, a modo de requisito previo, la confesión denuestra pequeñez y de nuestra indignidad. Sólo cumplida esta condición, que vendría comoa situar las cosas "en su sitio", se haría ya posible el establecimiento de la comunicación.Todo ello ocurre, por lo demás, sin necesidad de que seamos del todo conscientes deello. Es posible que no se instale en nuestras palabras una petición explícita de perdón o unaclara confesión de nuestra pequeñez. Pero, a veces, una actitud profunda de autodeprecia-ción y descontento se instala como premisa previa en nuestro interior a la hora de situarnosen la presencia de Dios. Todo ello tiene lugar, además, no en razón de una justificada con-ciencia de nuestra pequeñez y de nuestra limitación frente a la grandeza y la santidad deDios, sino más bien en razón de un movimiento de tipo compulsivo que, desde dentro, nosempuja al abajamiento y a la confesión de nuestra culpabilidad. Podremos tomar asientodespués o permanecer de pie, pero parece que el primer paso obligado será postrarse de ro-dillas. Simbólica, internamente. Ese es el problema.Por lo demás, podemos estar tan habituados a este modo de proceder, que quizásnos pasen por ello desapercibidas las implicaciones poco maduras y también poco cristianasque se esconden bajo ese modo de concebir la relación con Dios. Como en tantas otras oca-siones, quizás tan solo comparando esta actitud ante Dios con la que podemos guardar ennuestras relaciones con los otros, entendamos en profundidad la extraña dinámica que pone-mos en juego con ese modo de comportarnos.Imaginemos así el encuentro de dos enamorados, de dos amigos o el que puede te-ner lugar entre un hijo y su padre. Modelos todos, por lo demás, que frecuentemente hansido elegidos por Dios mismo para ayudarnos a captar el modo en el que él se sitúa en rela-ción a nosotros. Pues bien, ¿qué podríamos pensar, si de modo obligado, esas dos personas,enamorado, amigo o hijo, iniciasen cotidianamente su encuentro con una confesión de culpay una petición de perdón, antes mismo de apenas haberse saludado? Algo extraño, sin duda,pensaríamos que tiene lugar bajo ese modo de proceder.Parece evidente que en cualquier relación interpersonal profunda, será necesario con-fesar la culpa y socilitar perdón en determinados momentos de la vida. Asumir el daño queinfringimos al otro y demostrar la capacidad para reconocerlo explícitamente ante él consti-tuye, efectivamente, un rasgo de madurez en la relación interpersonal. Pero parece más evi-dente todavía que situar la confesión de la culpa como apertura de todo encuentro, estaríaponiendo de manifiesto una auténtica perversión de sentido en la relación que así se esta-blece.A veces nos comportamos con Dios de ese modo. Nuestra respuesta al saludo se con-vierte en una petición de perdón. El mismo ritual litúrgico nos invita diariamente en la Euca-ristía, apenas oída la salutación de parte de Dios, a confesar que somos pecadores. Una yotra vez sin remedio. Muchas de las oraciones que nos acompañan durante los tiempos deCuaresma o Adviento parecen poner de manifiesto igualmente una imagen de Dios que seencuentra en permanente espera de la confesión de nuestra culpabilidad.
 
La cuestión surge entonces con gravedad: ¿Es realmente Dios el interesado en quereconozcamos permanentemente nuestros desvíos personales como primer requisito paraencontrarnos con El o es nuestra conciencia, sería mejor decir, nuestra inconsciencia de cul-pa?
El primer plano para Jesús
A través de una lectura elemental de los Evangelios, parece claro que la pedagogíaque siguió Jesús no fue, precisamente, la de forzar la confesión de la culpa como paso inau-gural para instaurar la relación con él. Los relatos evangélicos nos obligan a pensar justa-mente lo contrario: Jesús pretendió positivamente cambiar los términos en los que, general-mente, el hombre religioso tiende a situar su encuentro con Dios.En efecto, parece como si Jesús se hubiese esforzado en derribar ese muro que sepa-ra al pecador de los otros y que, internalizado, se sitúa también como una barrera con la queél mismo se separa de Dios; es decir, parece que el empeño de Jesús fue el de deshacer elnudo con el que el pecador, tantas veces, intenta ahogarse a sí mismo en la soga de su cul-pabilidad. No es el perdón de los pecados lo primero que Jesús nos invita a pedir en la ora-ción modelo del Padre nuestro, sino la venida de su Reino (Mt 6, 9-13; Lc 11, 1-4). No es laconfesión de la culpa lo primero que exigió el padre al hijo pródigo como primera condiciónpara poder iniciar la fiesta con la que celebrar su regreso (Lc 15, 11-32). No es el reconoci-miento de su proceder injusto lo primero que forzó Jesús en su encuentro con Zaqueo (Lc19, 1-10). Es la relación gozosa y solidaria, es la posibilidad de entrar en el mundo del otro,recibir su hospedaje, en definitiva, la posibilidad de establecer un encuentro. Sólo a partir deese encuentro, que no pide ni solicita perdón en primera instancia, pudo surgir la concienciadel propio pecado: "Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres...". Los otros,los profesionales de la religión se escandalizan de que Jesús se hospede en la casa del peca-dor. Para ellos la culpa está situada en el primer plano. Por eso, lo primero es la acusación,el juicio y la condena; pero para Zaqueo, el modo de proceder de Jesús, que pide encuentroantes que confesión, trae consigo el cambio. Este es el resultado de un encuentro gozoso yno de haber padecido previamente una humillación
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.Todo lo dicho, además, no debe inducirnos a pensar que ese modo de proceder de Je-sús pudiera suponer una actitud más o menos condescendiente o una mal entendida "tole-rancia" frente al pecado: sabemos muy bien que sus exigencias éticas y religiosas superaroncon mucho a la de los escribas y fariseos. Tenemos clara constancia de la radicalidad de susplanteamientos y de las enormes exigencias que se proponen para quienes desean caminarcon él. Hay que estar dispuesto a dejar muchas cosas y sentirse capaz todavía de más: detomar la cruz en un descentramiento radical de sí mismo y de situarse así exclusivamente enfunción del Reino (Mc 8, 35-38).Pero todo ello se lleva a cabo desde el convencimiento profundo de que se está yaperdonado y de que la energía que antes se derrochaba en un intento desesperado por labúsqueda de la propia salvación, tiene ahora que ser empleada en una lucha por la transfor-mación de esta sociedad perversa e injusta en Reino de Dios. No adoptó Jesús en modo al-guno una actitud complaciente frente el pecado ni mínimamente cómplice con el pecador.Pero, al no situar la culpa en el primer plano de la relación del hombre con Dios, llevó a cabouna auténtica revolución teológica que parece que todavía no hemos llegado a asimilar
2
.
1 Cf F. CONTRERAS MOLINA,
Zaqueo, una historia del evangelio
en "Proyección" 34 (1987) 3-16.
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Sobre todos estos temas de la culpabilidad situada en el primer plano de la relación con Dios y de lapedagogía de Jesús frente al pecado y el pecador insistió siempre J. POHIER, en su enseñanza y en susescritos. Cf particularmente,
Dieu fractures
, Paris 1985.
 
Si las cosas son efectivamente así, tendríamos que plantearnos entonces una gravecuestión: ¿Ante quién nos estamos poniendo de rodillas cuando, nada más oír el saludo deDios, nos sentimos empujados a la confesión de nuestra indignidad y de nuestra culpa? Elpsicoanálisis, particularmente a partir de Freud y Melanie Klein, puede hacernos comprendermuchos de los elementos que juegan en esta seria y enigmática cuestión
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Una buenasíntesis sobre la investigación psicoanalítica en torno a la culpa nos la ofrece J. CORDERO en
Psicoanálisis de la culpabilidad 
, Estella 1976. Con una consideración más psiquiátrica se pue-de consultar W. SIEBENTHAL,
Schuldgefuhl and schuld bei psychiatrischen erkrankungen
,Zürich 1956..
Los tiempos olvidados de la culpa
Todo se inició allí adonde nadie recuerda. La culpa, en efecto, constituye una de lasexperiencias humanas más antiguas, arcaicas y primitivas de cuantas nos pueden acompa-ñar. Surge en nosotros como una hija de la ambivalencia afectiva; es decir, como un fruto dela pareja del amor y el odio, que presiden nuestra existencia desde sus mismos inicios. An-tes de que pueda existir en nosotros el más mínimo germen de moral o de religión.Antes de la Prohibición y la Ley, antes de todo conocimiento del bien o del mal, exis-tía ya el sentimiento de culpa. Una culpa que no es fruto, por tanto, de ninguna transgre-sión; una culpa que nace sin saber siquiera cuál es el bien que no ha seguido ni el mal quecometió. Una culpa que lleva el nombre de la autodestrucción y la muerte. Nos conoce desdeel día de nuestro nacimiento.Desde ese día el odio y la agresión nos amenazan, fantasmas de destrucción y ani-quilamiento nos rodean. El pecho de la madre, convertido en el todo bueno existente, seacerca y se aleja, nos protege y nos abandona y, así, desde una situación en la que no exis-te posibilidad de comprensión ni control sobre lo que sucede, ese pecho se convierte en bue-no y malo, es decir, en amigo o enemigo, en protector o perseguidor.Desde la indistinción entre el propio Yo y el mundo exterior, el amor lo considera pro-pio; pero el odio, en sus fantasías más primitivas, lo devorará, lo ensuciará, lo despedazaráporque es un objeto malo, perseguidor y dañino. La motivación para ello radica en la imposi-bilidad de comprender y aceptar que ese pecho bueno que es la madre no esté omnimoda-mente presente gratificando como nuestra omnipotencia infantil exigiría. Si no está, no espor ausencia sino por maldad.Desde este cruce de pulsiones de vida y de muerte, la culpa surge como protegiéndo-nos de tanta odio, evitando y reprimiendo tanta agresividad y tanta destrucción. El pechomalo, el objeto dañino y destructor quedará, sin embargo, como un objeto introyectado e in-ternalizado en lo más profundo de nosotros, posibilitando siempre de este modo una culpaautodestructiva y persecutoria.Cuando en los primeros meses de vida sea ya posible percibir que el pecho malo, ese
3 Efectivamente, la investigación sobre los sentimientos de culpabilidad, que actúan desde los primerosestadios de la vida, ha constituidop un especial centro de interés dentro de la obra de Melanie Klein yde su escuela (H. A Segal, W.R. Bion, etc...). Una buena recapitulación de sus ideas la tenemos en unarevisión de conjunto de 1948 titulada
Sobre la teoría de la ansiedad y la culpa
(O.C., Buenos Aires1974, vol. 3, 235-251). Junto con Joan RIVIERE publica también una estudio ya clasico al respecto:
 Amor, odio y reparación
(O.C., vol. 6, 101-171).La obra de L. GRINBERG:
Culpa y depresión
, Buenos Aires 1976, supone un buen intento dearticulación entre las teorías freudianas y kleinianas sobre la culpabilidad.174
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