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de la irracionalidad de los valores. Más bien intenta, a través de la reflexión sobre lagénesis del nihilismo, rescatar el fundamento que posibilite de nuevo una visiónorientadora del obrar: «¿Por qué, pues, es necesario el surgimiento del nihilismo?Porque son los valores que hasta ahora hemos tenido los que llegan con él a su últimaconsecuencia; porque el nihilismo es la lógica, pensada hasta el fin, de nuestrosgrandes valores e ideales -porque hemos de vivir primero el nihilismo para llegar asítras lo que propiamente sea el valor de esos «valores»... Tenemos necesidad, cuantoantes, de nuevos valores...»[viii]. Los nuevos valores reclaman un proyectofilosóficamente fundado de orientaciones del obrar futuro, no proyecciones arbitrariaspara una praxis ciega.Nietzsche ha ensayado darnos esta fundamentación filosófica de la transmutación detodos los valores con una teoría de la voluntad de poder y con la hipótesis del eternoretorno de lo mismo. La conexión de cada uno de estos dos fragmentos de doctrinacon un nihilismo «pensado hasta el fin» como resultado de una crítica de la moral quese extiende a toda la tradición occidental, es iluminadora: el fin del pensamientoteleológico, el fin de un objetivismo, ante el cual las creaciones subjetivas habíancobrado el carácter de estructuras subsistentes en sí mismas, es igualmente ratificadopor la libre productividad de una voluntad de poder consciente de sí, como,asimismo, por el resignado reconocimiento del curso cíclico de la naturaleza,indiferente para con los sujetos. Menos iluminadora es, sin embargo, la relacióndialéctica que guardan entre sí estas dos tesis, al parecer inconciliables. En la discusiónfilosófica que he mencionado se delinean, en principio, cuatro propuestas de solución.Las dos primeras son simples, pero, evidentemente, se quedan cortas: o bien una delas dos tesis, la doctrina del eterno retorno, es postergada en favor de la otra, o bienson las dos desdibujadas hasta el extremo de que su conciliación deja de ser problema.Los otros intentos se dirigen a establecer entre ambas tesis un orden serial, tantológico como histórico-psicológico. Por una parte, está el intento de concebir lahipótesis del eterno retorno como la doctrina propiamente afirmativa de Nietzsche: latesis de la voluntad de poder no representa más que el estadio de reflexión en el quela conciencia moderna se hace cargo de sus, hasta entonces velados, presupuestosnihilistas, y se supera a sí misma en favor de un retroceso a la concepción antigua delmundo. A este intento se opone frontalmente el otro, que consiste en interpretar comomero tránsito la tesis del eterno retorno de lo mismo: esta doctrina tiene el valor deinstalarse como ejercicio que nos libera del anatema del pensamiento teleológico y nosdeja por ello inicialmente en situación de remontarnos más allá de las tradicionesmorales, en las cuales ha quedado eventualmente dogmatizado un complejoparticular de las condiciones de vida, y reconocer la voluntad de poder como lacondición general de la razón práctica.Yo no quisiera entrar en esta discusión, porque no estoy convencido de que aún tengapleno sentido una confrontación directa con la filosofía de Nietzsche sobre laconsumación del nihilismo. El supuesto filosófico de la discusión, a saber, la hipótesisde que sea factible interpretar los aforismos en su conjunto como un sistema, fuesiempre cuestionable. El fragmento es, y no casualmente, la forma literaria de unpensamiento que busca sustraerse a la coerción del sistema. Mas hoy es totalmente
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