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ESTACIÓN NINGUNA
P.J. RUIZ
 
Soledad. Una gran, blanca y sempiterna soledad en cualquiera de las mil direcciones en torno a sucuerpo. Kilómetros de nieve por un lado, millas de hielo por el otro… la nada absoluta y fría en laexpresión más colosal que el ser humano pueda soportar. Eso era cuanto Sara había conseguido tras suconstante marcha hacia el norte, despreciando cualquier clase de peligro y muy lejos de la seguridad delrefugio. Ahora, en algún lugar donde la brújula, machacada y congelada, ya no obedecía, estabaestancada, fatigada, deshidratada y hambrienta, demasiado débil como para enfrentarse a los elementos.Por no sentir, ya no sentía ni angustia.Entregada, con la espalda en una gran roca quemada primero y helada después, se dejó caer estirando las piernas y permitiendo que el sopor la raptase. Sabía que la hipotermia la raptaría poco a poco, con mimo, llevándose cada ápice de energía suavemente, sin dolor alguno, en una desconexión paulatina no carente de angustia. Allí, azotada por un viento que aullaba inmisericorde a lo largo de la planicie y que batía las montañas levantando nubes de polvo helado que dificultaban respirar, pasó por su mente lo ocurrido como una sucesión de fotogramas que caminan regulares a veinticuatro imágenes por segundo, del mismo modo como había sucedido cada día, cada noche desde que los buenos tiemposacabaron por el puñetazo de algún dios iracundo sobre la mesa del juicio final. No hacía mucho de eso.Recordó el momento exacto en que todo empezó, y no derramó ni una lágrima porque ya todas segastaron hacía mucho, y a fin de cuentas ¿para qué otra gotita de hielo en la mejilla? La vida es muydura a veces, pero la ausencia de todo te obliga a replantearte el modo de seguir viviéndola.Adaptación.Había ocurrido en medio de un sábado tan apacible como cualquier otro, y la atmósfera estabatranquila, luminosa ese día, sólo empañada n poco por la fuerza del Sol, inusualmente activo enaquellas fechas. En la sierra de Huelva hacía una jornada preciosa, tan cargada de azules y verdes que
 
nada hacía presagiar cuanto venía en camino. La luz picaba y extraía hermosos colores de las arboledasmientras los amantes del senderismo cubrían etapas entre montañas y risas, unos en bici y otros a pie.Éstos últimos gustaban de acompañarse de bastones puntiagudos que siempre habían hecho sonreír alos habitantes de los pequeños pueblos, que lo interpretaban como un signo de modernidad fuera delugar, un emblema mal disimulado de cierto tipo de catetismo propio de los habitantes de la urbe, tanequivocados la mayoría de las veces sobre quién es quién en la naturaleza.Estaba en su casa de la calle Sueños, una vieja restauración en piedra hecha años atrás conexquisito gusto y poco dinero, a la que solía ir para pasar los fines de semana nada más terminar su jornada laboral del viernes. Con ella se encontraban Marina, su hija de once años, y Nicolás, el pequeñajo de ocho ¡Qué lindos eran! Siempre se sentían tranquilos en aquel sitio donde no había peligros y el tiempo pasaba de manera agradable para todos, aportando una paz a la vida rutinaria quedespejaba totalmente los horizontes. Aquellos muros constituían sin duda la mejor inversión de su vida.A medio día, Marina, muy diligente en su aprendizaje de las tareas hogareñas, la había estadoayudando a cocinar un exquisito arroz con marisco, pero no hubo demasiada suerte y se pasó un poquito al final, lo cual no fue óbice para que sentase al trío de maravilla. El peque se tomó su Coca-Cola a pesar de que ello no era muy del gusto de mamá Sara, pero se la conchababa con eso de un díaes un día y regalándole un par de muecas lindas que ella no podía resistir, pese a la hermanita, siempre pinchándolo para hacerlo rabiar. Cosas de críos.A eso de las cuatro de la tarde, mientras Nicolás estaba viendo la televisión bien estirado en elsofá, como era su costumbre, ella intentaba dormir algo en la planta de arriba, donde la niña repasabarevistas con aire de mayor. La emisión se cortó bruscamente para dar paso a un informativo especial deúltima hora. Esas cosas nunca obedecían a buenas noticias, y ello alertó a Sara, que sin bajar levantó un poco la cabeza para tener mejor audición.
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