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Nisa Arce
La mejor memoria es un lápiz
http://www.nisa-arce.net http://escritos-nisarce.blogspot.com
1
 La mejor memoria es un lápiz
Miguel sostuvo la hoja en la que había impreso el correo electrónico. Tras releerlo, dobló concuidado el papel y lo guardó en el bolsillo de la cazadora. Mientras cerraba la maleta fue repasandomentalmente la lista de todo lo necesario para el viaje que estaba a punto de emprender.—Papá, ¿estás seguro de querer ir? —le preguntó su hijo menor desde el sofá.—Déjale. Para una vez que se distrae… —replicó el mayor, sentado a pocos centímetros de suhermano.No podía decir que los chicos no tuvieran razón. Desde que recibió el mensaje se había cuestionadodecenas de veces si debía acudir o no a la cita. En el momento exacto en que lo abrió en la oficina, se quedópasmado ante la pantalla del ordenador sin acabar de creérselo. Aceptar la propuesta implicaba demasiadascosas; en concreto, resumir de un carpetazo casi cuarenta años y mostrarlos ante los demás como si fuera unálbum fotográfico.Todavía estaba a tiempo de inventarse alguna excusa. Por ejemplo, que no terminaba de gustarle laidea de dejar a los niños solos el fin de semana, aunque ambos se encontrasen rozando la edad adulta.—No le des más vueltas y vete ya —le animaron ellos tras captar la indecisión en sus ojos.Miguel sonrió. Sí, era lo mejor. Necesitaba un par de días lejos de la rutina, en un ambiente que lepermitiera rememorar el pasado, reflejo de una inocencia que poco a poco se había encargado de irperdiendo. Sostuvo con firmeza el asa de la maleta, comprobó que llevaba la cartera encima y anduvo haciala puerta, dedicando los últimos instantes a pedir que se mantuviera el orden en su ausencia.—¿Me llamaréis si necesitáis cualquier cosa?—Que sí, pesado.Se despidió, bajó a la calle y dejó el equipaje en la parte de atrás del coche. Fuera hacía un frío deperros. «¡Pues sí que vamos a tener buen tiempo en el pueblo!», pensó con ironía.
 
Nisa Arce
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2
Aunque no recordaba cuándo había sido la última vez que condujo en esa dirección, no habíaolvidado cómo llegar hasta allí. A medida que las autopistas se transformaban en carreteras secundarias, fuehaciendo memoria de lo que había dejado atrás cuando empezó una nueva vida en la ciudad.La gran mayoría de los que habían aceptado la convocatoria persistían en el lienzo de juventud queestaba colgado en un rincón de su cerebro. Cambió de emisora en la radio analógica del salpicadero; como sise hubiera escapado de aquellos años, sonó una de las canciones más pinchadas durante las fiestas, en lasque sólo se necesitaba un pequeño tocadiscos, algunos vinilos y una excusa con la que celebrar la alegría deestar reunidos. Ese espíritu sencillo era, precisamente, el motivo por el que había decidido conducirtrescientos kilómetros. Quería reencontrarse con sus raíces, invisibles al quedar enterradas bajo una capa deresponsabilidades.Cuántas caras púberes se agolpaban en sus recuerdos. De buenas a primeras, le invadió el miedoescénico. ¿Sería capaz de reconocer a sus amigos de la infancia? La pregunta le llevaba a formularse,irremediablemente, la cuestión principal: ¿serían capaces ellos de reconocerle a él?Se miró por medio de breves vistazos en el espejo retrovisor. El escaso cabello que seguía en su lugarhabía encanecido. Las cejas estaban más espesas, los lóbulos de las orejas, más largos. La mirada, algoopacaba, la piel se había curtido en arrugas. Pese a todo, albergó una ligera esperanza. La memoria eracaprichosa. Podían olvidarse datos a priori de vital importancia, pero los verdaderamente relevantespermanecían en letargo, esperando al momento oportuno para volver a la vida.Cuando llegó al pueblo, en el que había pasado la infancia y buena parte de la adolescencia, estacionóel vehículo justo delante del punto indicado, un caserón que, aunque en su día no había sido más que ungranero abandonado, sus actuales dueños habían transformarlo en un hotel rural. No se divisaba nadie porlos alrededores. Miró la hora en el reloj que había junto al cuentakilómetros y supuso que era demasiadopronto.Sin nada mejor que hacer que esperar dentro del coche, a salvo del penetrante frío de la montaña,buscó con lo que distraerse. Abrió la guantera y echó un vistazo a los trastos que contenía: alguna que otracinta de casete, un paquete de pañuelos a medio usar, un bloc de notas, un lápiz…
 
Nisa Arce
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3
Lo tomó por la base y lo giró, contemplándolo con detenimiento desde todos los ángulos. A simplevista no tenía nada especial. Sólo era un lápiz usado, de cuerpo mordido y mina dura. La punta no estabademasiado afilada, pues sus hijos lo habían utilizado en el último trayecto para echar unas partidas alahorcado en la modesta libreta.Cerró los ojos y, tras acercarse el lápiz a la nariz, aspiró su aroma. El acto sencillo de concentrarse enla esencia de la madera le sumió en una relajación profunda, el trance idóneo para experimentar una curiosaregresión al pasado. Aquel olor le recordaba a la escuela.Se vio a sí mismo en el pupitre, compartiendo aula con un batiburrillo de niños de edades distintas. Elmaestro, don Eulalio, se desplazaba cada mañana desde la comarca vecina para impartir lecciones delenguaje, matemáticas, historia… A veces, cuando las noches de invierno traían heladas y el acceso porcarretera quedaba cortado, las puertas del colegio permanecían cerradas y lo celebraban jugando con la nievecuando las ventiscas lo permitían.La casa de sus padres estaba cerca de la plaza. Era una vivienda sencilla, con una gran puerta demadera dividida en dos hojas. Las paredes estaban construidas con gruesos bloques de piedra y el techo, ados aguas, era de lajas que cada cierto tiempo había que cambiar, para evitar que por las grietas se filtrasenhumedades.Su niñez olía a eso, a lápiz, y al horno de leña que compartían en un patio interior con los vecinos,parientes lejanos por parte de padre. También olía al betún de las botas, al petróleo de las lámparas y amercromina, que teñía de rojo las rodillas de los chiquillos en un amplio abanico de heridas y rasguños.¿Con cuántos de aquellos niños había compartido las horas improvisando distracciones? Si seguíaescuchando el recuerdo, podía percibir con nitidez el sonido del viejo balón de fútbol golpeando contra latapia de la iglesia.Con el paso de los años, los juegos al aire libre dieron paso a los escarceos en interiores. Los nuevostiempos llegaron en forma de colores alegres en el vestir que escandalizaban a los mayores, de la mismamanera que las modas de sus hijos le escandalizaron a él mismo. La música, la nueva corriente de
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