Mil edades ante tu miradason como una tarde que termina;breves como la vigilia que acaba la nocheantes de que el sol se eleve.
I - Resurrección y muerteEs posible que yo ya tuviera entonces cierto presentimiento de mi futuro.El portal cerrado y herrumbrado que se levantaba ante nosotros con hilos de nieblaribereña enhebrando las puntas de hierro como senderos de montaña, ha quedado ahoraen mi memoria como el símbolo de mi exilio. Ésa es la razón por la que he empezado aescribir esta crónica describiendo el portal, y cómo luego tuvimos que echarnos al agua, ycomo yo, Severian, aprendiz de torturador, estuve a punto de morir ahogado.—El guardián se ha ido. —Así le habló mi amigo Roche a Drotte, que ya se había dadocuenta.Dudando, el muchacho Eata sugirió que diéramos un rodeo. Levantó el delgado brazopecoso y señaló los mil pasos de muralla que se extendían entre las casas bajas yascendían por la loma hasta que finalmente se unían a los muros altos de la Ciudadela.Era un camino que yo tomaría, mucho más tarde.—¿E intentar atravesar la barbacana sin salvoconducto? Llamarían al maestro Gurloes.—Pero ¿por qué se iría el guardián?—No interesa. —Drotte sacudió el portal.— Eata, ve si puedes escurrirte entre lasbarras.Drotte era nuestro capitán, y Eata introdujo un brazo y una pierna entre las estacadasde hierro, pero pronto fue evidente que el cuerpo no podría seguirlos.—Alguien se acerca —susurró Roche. Drotte tiró bruscamente de Eata.Miré calle abajo. Una luz de linternas se mecía en la niebla entre un ruido de voces ypasos apagados. Yo habría querido esconderme, pero Roche me detuvo diciendo: —Espera, veo picas.—¿Crees que es el guardián que vuelve?—Son muchos —comentó sacudiendo la cabeza.—Una docena de hombres cuando menos —dijo Drotte.Todavía mojados por el Gyoll, aguardamos. En los recodos de mi mente aúnestábamos allí, temblando de pies a cabeza. Así como todo lo supuestamenteimperecedero tiende a su propia destrucción, los instantes que en un momento nosparecen más fugaces se recrean a sí mismos..., no sólo en mi memoria (que en últimainstancia no pierde nada) sino también en mi corazón palpitante y en mis cabelloserizados, que se renuevan una y otra vez, así como nuestra comunidad se reconstituyecada mañana con las agudas notas de sus propios clarines.Los hombres no tenían armadura, como no tardé en ver a la pálida luz amarilla de laslinternas; pero traían lanzas, como había dicho Drotte, y garrotes y machetes. El jefellevaba un largo cuchillo de doble filo sujeto a la cintura. Lo que más me interesó fue lallave maciza que le colgaba del cuello sujeta a una cuerda; parecía que pudiera encajar en la cerradura del portal.El pequeño Eata se movía nervioso y el jefe nos vio y alzó la linterna sobre su cabeza.—Estamos esperando para entrar, señor —exclamó Drotte. Era el más alto de los dos,pero tenía una expresión humilde y respetuosa en el rostro oscuro.—No hasta que amanezca —dijo el jefe con brusquedad—. Vosotros, los jóvenes, serámejor que os vayáis a casa.—Señor, se suponía que el guardián nos dejaría entrar, pero no está aquí.
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