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Sur le chats
I
Estaba yo días pasados sentado en un banco fuera de la puerta de mi casa, en pleno sol,delante de un encañado de anémonas fondas, leyendo un libro publicado últimamente, unlibro honrado, cosa rara y también encantadora:
El tonelero,
de Jorge Duval. Un gran gatoblanco que tiene el jardinero saltó a mis rodillas y con su impulso cerró el libro, que yocoloqué a mi lado para acariciar al animal.Hacía calor; un aroma de flores nuevas, tímido aún, intermitente, ligero, cruzaba laatmósfera, que se estremecía también de cuando en cuando con escalofríos que llegaban de lasaltas cumbres nevadas que yo distinguía a lo lejos.Pero el sol quemaba, pinchaba como uno de esos días en que hurga en la tierra y la hacevivir, como cuando hiende el grano de semilla y estimula los gérmenes dormidos y las yemasde las plantas, para que se abran las hojas nuevas. El gato se retorcía encima de mis rodillas,tumbado de espaldas y con las patas en alto, abriendo y cerrando las zarpas, entreabriendo loslabios para enseñar sus puntiagudos colmillos y con la línea de su pupila apenas perceptibleen los ojos verdes. Yo acariciaba y manoseaba a aquel animal perezoso y nervioso, flexiblecomo tela de seda suave, tibio, encantador y peligroso. Ronroneaba de gusto, pero dispuesto amorder, porque es tan aficionado a arañar como a que le acaricien. Estiraba el cuello, seretorcía y si yo alzaba la mano él se levantaba y alargaba la cabeza hacia arriba hastatocármela.Yo excitaba sus nervios, y él también excitaba los míos, porque estos animalesencantadores y pérfidos me inspiran cariño y también repulsión. Me gusta tocarlos y sentircómo resbala debajo de mi mano su pelo sedoso que cruje, su piel caliente, delicada y fina.No hay cosa más suave ni que produzca en la epidermis una sensación más exquisita, másrefinada, más extraña que 1a envoltura tibia y vibrante del gato. Pero esa envoltura vivadespierta en mis dedos una comezón rara y feroz de estrangular al animal que estoyacariciando. Tengo la plena sensación de que él rabia por morderme y desgarrar mi carne, yese anhelo suyo que yo siento plenamente pasa a mí como un fluido que él me transfiere y quepenetra por la punta de mis dedos al contacto de su pelo cálido, y sube, sube a todo lo largo demis nervios y de mis miembros, hasta mi corazón, hasta mi cerebro y me impregna, y correpor toda mi piel dándome dentera. Constantemente, sin interrupción, siento en los pulpejos demis diez dedos el cosquilleo vivo y suave que me cala y me invade.Y si el animal empieza, si me muerde o me araña, lo agarro del cuello, lo hago girar en elaire y lo lanzo a lo lejos como piedra con una honda, con tal rapidez y brutalidad, que no ledejo tiempo para vengarse.Recuerdo que siendo niño me inspiraban ya los gatos este cariño, alternado con súbitosimpulsos de ahogarlos con mis manecitas. Estando cierto día en un extremo del jardín, a laentrada del bosque, distinguí de pronto una cosa gris que se retorcía entre las hierbas altas. Meacerqué a ver lo que era, y me encontré a un gato gris que había metido el cuello en un lazo, yque se ahogaba, que estaba en los últimos estertores, que se moría. Se retorcía, arañaba elsuelo, saltaba, caía inerte, repetía la maniobra y su respiración ronca, apresurada, semejaba elruido que hace una bomba aspirante; me parece estar oyendo todavía aquel ruido horrible. Nohubiera tenido ninguna dificultad en coger un azadón y cortar el lazo; hubiera podido tambiénllamar a un criado o a mi padre. No, señor; permanecí inmóvil, con el corazón palpitante, y levi morir con un regocijo tembloroso y cruel. ¡Era un gato! Si se hubiese tratado de un perro,habría sido yo capaz de cortar con mis dientes el alambre de cobre, antes que permitir quepadeciese un solo momento más. Y cuando estuvo muerto, completamente muerto, calientetodavía, le palpé el cuerpo con mis dedos y le tiré de la cola.
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