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PRÓLOGOReferida en pocas palabras, esta novela de ingenioso argumento corre el albur de parecer un ejemplo mas de esas ficciones policiales (
The murder of Roger Ackroyd, The second shot, Hombre de la esquina rosada
)
cuyo narrador, luego deenumerar las circunstancias de un misterioso crimen, declara o insinúa en la última página que el criminal es él. Esta novela excede los límites de ese uniformegénero; no ha sido elaborada por el autor para obtener una módica sorpresa final;su tema es la prehistoria de un crimen, las delicadas circunstancias graduales que paran en la muerte de un hombre. En las novelas policiales lo fundamental es elcrimen, lo secundario la motivación psicológica; en ésta, el carácter de Heredia eslo primordial; lo subalterno, lo formal, el envenenamiento de Julio. (Algo parecidoocurre en las obras de Henry James: los caracteres son complejos; los hechos,melodramáticos e increíbles; ello se debe a que los hechos, para el autor, sonhipérboles o énfasis cuyo fin es definir los caracteres. Así, en aquel relato que setitula
The death of the lion,
el fallecimiento del héroe y la pérdida insensata delmanuscrito no son más que metáforas que declaran el desdén y la soledad. Laacción resulta, en cierto modo, simbólica.) Dos admirables dificultades de Jamesdescubro en esta novela. Una, la estricta adecuación de la historia al carácter delnarrador; otra, la rica y voluntaria ambigüedad. La repetida negligencia de la primera es, verbigracia, el defecto más inexplicable y más grave de nuestro
DonSegundo Sombra;
básteme recordar, en las veneradas páginas iniciales, a ese chicode la provincia de Buenos Aires, que prefiere no repetir «las chuscadas de uso», aquien la pesca le parece «un gesto superfluo» y que reprueba, con indignación deurbanista, «las cuarenta manzanas del pueblo, sus casas chatas, divididasmonótonamente por calles trazadas a escuadra, siempre paralelas o perpendiculares entre sí...» En lo que se refiere a la ambigüedad, quiero explicar que no se trata de la mera vaguedad de los simbolistas, cuyas imprecisiones, afuerza de eludir un significado, pueden significar cualquier cosa. Se trata —enJames y en Bianco— de la premeditada omisión de una parte de la novela,omisión que permite que la interpretemos de una manera o de otra: ambascontempladas por el autor, ambas definidas.Todo, en
Las ratas,
ha sido trabajado en función del múltiple argumento. Es delos pocos libros argentinos que recuerdan que hay un lector: un hombre silenciosocuya atención conviene retener, cuyas previsiones hay que frustrar, delicadamente,cuyas reacciones hay que gobernar y que presentir, cuya amistad es necesaria,cuya complicidad es preciosa. «Necesito pensar en un lector, en un hipotéticolector, que se interese en los hechos que voy a referir» leo en el segundo capítulo.¿Cuántos escritores de nuestro tiempo sospechan esa necesidad? ¿Cuántos, en vezde interesar al lector, no se proponen abrumarlo e intimidarlo?
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muy buena