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ARÍA ELENA RODRÍGUE
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Profesora universitaria e investigadora en el campo de las cienciasdel lenguaje. Consultora de la Asociación Internacional de Lectura Directora de LECTURAY VIDA.
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ABLAR
EN
 
LAESCUELA
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PARAQUÉ
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CÓMO
 
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Introducción
“Mejorar la expresión oral de los alumnos y la comprensión e interpreta-ción de distintos tipos de mensajes orales” ha sido, desde siempre, uno delos objetivos primordiales de la enseñanza de la lengua en la escuela; sinembargo, raramente los usos y formas de la comunicación oral se constitu-yeron en objeto de una enseñanza sistematizada, que tuviera en cuenta lasdiferencias entre lengua hablada y lengua escrita, como
dos modos distin-tos de comunicación a partirde un mismo sistema lingüístico
.Las actividades específicas en torno de la lengua oral tenían, por lo ge-neral –y siguen teniendo en muchas de nuestras aulas–, un carácter subsi-diario la escritura, marginal y esporádicos
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.Tampoco se ha prestado una atención adecuada a los estudios de losusos lingüísticos orales y a su didáctica en la formación y actualización delos docentes.Esta falencia obedece, sin dudas, a diversas causas; pero, aquí, nos in-teresa subrayar solamente una que, aunque no se la mencione explícita-mente, surge como la justificación oculta de por qué no se trabaja de mane-ra sistemática la oralidad en las aulas: el lenguaje oral, a diferencia de laescritura, constituye un aprendizaje indudablemente extraescolar. La escue-la concentra su atención sobre el aprendizaje formal de la lengua escrita,porque es
su
responsabilidad ineludible (y, con frecuencia, pone tanto celoen el cumplimiento de este compromiso que deja en el olvido, durante elproceso de enseñanza de la lecto-escritura, los conocimientos que los niñoshan adquirido, antes y fuera de ella, acerca del sistema de escritura y de lalengua escrita).
 
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¿Para qué “enseñar”a hablaren la escuela?
El niño, cuando ingresa a la escuela, ya sabe ha-blar (como miembro de la especie humana po-see una competencia lingüística que le permite,salvo en el caso de graves patologías, entendery producir distintos enunciados); puede interac-tuar con relativo éxito en distintos contextos decomunicación y ha aprendido, en forma espon-tánea, algunas de las normas que rigen los usosde la lengua oral habituales en su entorno fami-liar y social.“Sabe” que el lenguaje
significa
y sirve pa-ra diversos propósitos. Ha interiorizado el he-cho de que hablando puede satisfacer sus nece-sidades materiales; in-fluir en el comporta-miento de quienes lorodean; identificarse,manifestar su propioyo; relacionarse conotros; crear mundosimaginarios, fantásti-cos; comunicar sus ex-periencias y sus cono-cimientos. “Advierte”que se usan distintasexpresiones para orde-nar, explicar, alabar, agradecer, etc. No sólo“conoce” fórmulas de cortesía (¡por favor!, gra-cias, ¿cómo estás? y tantas otras) sino que tam-bién comprende la importancia de su uso(Brown y Levinson, 1978). “Reconoce y cons-truye” distintos tipos de textos orales: cuentos,adivinanzas, rimas, canciones. “Sabe” que losrelatos cotidianos deben contener, al menos, untema que interese al interlocutor para atrapar suatención (van Dijk, 1983: 154). “Percibe” por laentonación cuándo alguien le está ordenando opidiendo algo (Rosetti y Mac, 1992: 23), etcéte-ra.Los chicos adquieren, de modo espontáneo,estos “saberes lingüísticos, textuales y pragmá-ticos”, fragmentados y rudimentarios, en los in-tercambios lingüísticos con el medio. Gracias aellos se pueden desempeñar oralmente, concierta eficacia, antes de concurrir a la escuela,en la escuela, fuera y a pesar de la escuela.Entonces, ¿qué pasa en la escuela? ¿Cuál esel rol que debe cumplir en relación con el desa-rrollo de la lengua oral? ¿Qué sentido tiene pla-nificar, sistemáticamente, actividades para ha-blar y escuchar en las salas de clase?Es obvio que existen grandes diferenciasentre los niños provenientes de distintos entor-nos socioculturales en lo que atañe a los saberesque hemos mencionado. Las diferencias entresus repertorios comunicativos se manifiestan enla interacción lingüística que tiene lugar en laescuela, influyendo en la socialización de losalumnos y en los logros que éstos habrán de al-canzar en los aprendizajes escolares.No todos los niños han tenido las mismasoportunidades de tomar contacto con los dife-rentes formatos del habla; no todos (pese al“poder aparentemente igualador” de los mediosmasivos de comunicación), han estado en con-tacto con los mismosmodelos de verbaliza-ción: recordemos sola-mente la gran capacidadde verbalizar que exhi-ben las culturas urbanasde las clases media y al-ta frente a las “pocaspalabras” de las culturasrurales, las “culturas delsilencio”. No todos losniños han podido en-contrar los recursos lin-güísticos adecuados para expresar sus intencio-nes fuera del entorno más cercano (familia, ve-cindario).Constatar estas diferencias sirve, en mu-chos casos, para afianzar los prejuicios lingüís-ticos de la escuela, prejuicios de comprobadaincidencia en los fracasos escolares de los chi-cos, en especial, de las clases marginadas.Desde el punto de vista estrictamente socio-lingüístico y comunicativo no hay lenguas, nidialectos, ni registros, ni estilos malos o bue-nos, inferiores o superiores: todos son útiles endistintas situaciones comunicativas. Modos dehablar desprestigiados según los parámetrosque rigen el habla escolar (dialectos de paísesvecinos, de otras provincias, jergas, etc.), le hanasegurado al niño poder integrarse a su grupode pares y satisfacer ampliamente sus necesida-des de comunicación.Ciertos prejuicios sociales confunden lasmetas de aprendizaje. Ypor el lenguaje. La-mentablemente, pasan la mayoría de los prejui-
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