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—Sí. El mismo que ahora arde en la colosal pila que ordenaste erigir. Alejandro, furioso, le sujetó con violencia de los hombros. —Vigila tu lengua. Mores o no en mi imaginación, no tolérate ni una insolencia más. —No pretendo importunar, Rey, tan solo darte consuelo. Alejandro sollozó y buscó la copa. La vació tras llevársela a los labios y la arrojó a pies dela ventana. —No busco consuelo, tan solo olvido. —Escucha, pues, mi relato. Aunque, si lo ordenas, desapareceré y no volveré a turbar tusoledad.Él, necesitado de un apoyo en el que sostenerse hasta el alba, le permitió permanecer a sulado. —Habla, y el que licor de tu voz calme la pena.El hombre asintió. Su discurso, de una sonoridad incatalogable, se apoderó de la amplitudde la alcoba, haciendo que los cinco sentidos de Alejandro se centrasen en el relato.
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Hace trescientos años, Nabucodonosor, Rey de Babilonia, quiso emular las montañasnatales de su esposa con los jardines más fastuosos que el hombre jamás hubiese creado.Para ello, mandó llamar a todos los arquitectos habidos a ambos lados del Éufrates, con elfin de encontrar al más dotado para llevar a cabo sus planes. La convocatoria corrió tan velozque pronto llegó a oídos de Jerzhé, el joven de revolucionarias ideas que se había ganado eldesprecio generalizado de sus compañeros de profesión. Los veteranos consideraban que suruptura con las bases de la arquitectura era una ofensa, por lo que no veían con buenos ojos que Jerzhé, asistido en todo momento por su ayudante Dardeas, mostrase interés en el reclamo real.Sin embargo, nada más quedar al tanto, Jerzhé se dedicó a soñar despierto. Desde el lechoque compartían, Dardeas le observaba. —Tus ojos brillan como las estrellas, maestro —afirmó. Jerzhé giró levemente el rostro. Su aprendiz, además de estar lleno de talento y tener unasaptitudes inauditas para imponer orden en sus procedimientos caóticos, era poseedor de unaextraordinaria belleza.
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