Pasión y Muerte de Jesús601Introducción.
Dice Jesús:-Y ahora ven
(a María Valtorta)
. Aunque estés esta noche como uno próximo a expirar, ven, que quiero guiarte hacíamis sufrimientos. Largo será el camino que tendremos que recorrer juntos, porque no se me eximió de ningún dolor. De ningúndolor de la carne, de ninguno de la mente, de ninguno del corazón, de ninguno del espíritu. Todos los experimenté, con todosme alimenté, todos fueron bebida para mi sed, hasta morir por causa de ellos.Si apoyaras en mi labio tu boca, sentirías en él todavía la amargura de tanto dolor. Si pudieras ver mi Humanidad en suaspecto fúlgido de ahora, verías que ese fulgor emana de las innumerables heridas que cubrieron con una túnica de púrpura vivamis miembros lacerados, desangrados, maltratados, traspasados por amor a vosotros.Ahora es fúlgida mí Humanidad. Pero hubo un día en que, de tanto como la maltrataron y humillaron, asemejó a la deun leproso. El Hombre-Díos, que tenía en sí la perfección de la belleza física porque era Hijo de Dios y de la Mujer sin mancha,apareció entonces, ante los ojos de quien lo miraba con amor, con curiosidad o mirada despreciadora, feo: un "gusano" comodice David, el oprobio de los hombres, el desecho de la plebe.
(Salmo 22, 7. Siguen citas de: Isaías 53, 4-5; Cantar de los Cantares2, 10-12)
El amor al Padre y a las criaturas de mi Padre me llevó a abandonar mi cuerpo a los que me golpeaban, a ofrecer mirostro a los que me abofeteaban y escupían, a los que creían hacer una obra meritoria arrancándome los mechones de cabello yla barba, hincando en mi cabeza espinas, haciendo cómplices incluso a la tierra y a sus frutos de los tormentos que ellos infligíana su propio Salvador, dislocándome los miembros, descubriendo mis huesos, arrancándome las vestiduras y dando así a mipureza la mayor de las torturas, clavándome en un madero y levantándome como el matarife cuelga de los ganchos a uncordero degollado, y ladrando alrededor de mí agonía como una manada de lobos famélicos, cuya ferocidad aumenta con el olorde la sangre.Acusado, condenado, matado. Traicionado, negado, vendido. Abandonado incluso por Dios, al estar sobre mí los delitoscon que Yo me había cargado. En un estado de pobreza mayor que el de un mendigo asaltado por bandoleros, porque no medejaron ni siquiera el vestido para cubrir mi lívida desnudez de mártir. No eximido, ni siquiera después de la muerte, de laagresión de una herida ni de las calumnias de los enemigos. Sumergido en el fango de todos vuestros pecados, hundido hasta elfondo de las tinieblas del dolor, sin luz del Cielo que respondiera a mi mirada agonizante, ni voz divina que respondiera a miextrema invocación.Isaías expresa la razón de tanto dolor: "Verdaderamente Él ha tomado sobre sí nuestros males y ha llevado nuestrosdolores".
¡Nuestros dolores! ¡Sí,
por vosotros los he llevado! Para aliviar los vuestros, para mitigarlos, para anularlos,
si mehubierais sido fieles. Pero no habéis querido serlo.
¿Y
qué he recibido a cambio? Me habéis "mirado como a un leproso, como auno castigado por Dios". Sí, sobre mí estaba la lepra de vuestros pecados infinitos; sobre mí estaba, como un vestido depenitencia, como un cilicio. ¿Y cómo no habéis visto transparentarse a Dios con su infinita caridad a través de esa vestidura queechó sobre su santidad por vosotros!"Llagado por nuestras iniquidades, traspasado por nuestros desmanes" dice Isaías, que con sus ojos proféticos veía alHijo del hombre transformado todo en una equimosis para sanar las de los hombres. ¡Ah, si sólo hubieran sido heridas infligidasen mi carne! No.Lo que más heristeis fue mi sentimiento y mi espíritu. De uno y de otro habéis hecho objeto de burla y blanco deagresión. Me heristeis, a través de Judas, en la amistad que había depositado en vosotros; a través de Pedro, que niega, en lafidelidad que de vosotros esperaba; a través de los que -después de haberlos curado de tantas enfermedades- me gritaban"¡Muere!", me heristeis en lo relativo a la gratitud por mis beneficios; me heristeis en el amor, por la congoja infligida a miMadre; en orden a la religión, declarándome blasfemo contra Dios (a mí que por el celo de la causa de Dios me había puesto enlas manos del hombre encarnándome y padeciendo durante toda la vida y abandonándome a la crueldad humana sin emitir nipalabra ni quejido).
Habría bastado que Yo hubiera vuelto la mirada, para que mis acusadores, jueces y verdugos hubiesen quedadoreducidos a cenizas.
Pero había venido voluntariamente para cumplir el sacrificio; y, como un cordero, porque era el Cordero deDios y lo soy eternamente, me dejé llevar para ser despojado y matado y para hacer de mi Carne vuestra Vida.Cuando fui elevado ya estaba consumido por padecimientos sin nombre,
con todos los nombres.
Empecé a morir enBelén, al ver la luz de la Tierra, tan angustiosamente distinta para mí, que era el Viviente del Cielo. Seguí muriendo en lapobreza, en el destierro, en la huida, en el trabajo, en la incomprensión, en la fatiga, en la traición, en los sentimientosarrancados, en las torturas, en las mentiras, en las blasfemias. ¡Esto es lo que dio el hombre a Aquel que venía a unirlo de nuevocon Dios!María, mira a tu Salvador. No lleva una vestidura blanca ni sus cabellos son rubios, no tiene esa mirada de zafiro que tú conoces:su túnica está roja de sangre, lacerada y cubierta de porquerías y esputos; su cara, tumefacta y desencajada; su mirada, veladapor la sangre y el llanto, y te mira a través de la costra de sangre y llanto y polvo que cargan sus párpados. ¿Mis manos? Ya ves,son ya una entera llaga y esperan la llaga última.
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