-Es un hombre de Israel. Nada más. Nada menos.-¡No querrás decirme que es...!Ya está para acalorarse y levantar la voz.Pero Jesús lo calma interrumpiéndole y poniéndole una mano en un hombro mientras le dice:-Es como lo hacen las ideas imperantes y los que entran en contacto con él. Porque, por ejemplo, si
aquí (y
recalcamucho las palabras) hubiera encontrado
solamente corazones justos y mentes inteligentes,
no habría sentido interés en pecar.Pero no los ha encontrado. Por el contrario, ha encontrado un elemento totalmente humano, y en él ha asentado sin ningunadificultad su yo muy humano, que me sueña, me ve, trabaja por mí, como rey de Israel, en el sentido
humano
del término; de lamisma forma que me sueñas y me quisieras ver tú, y estarías dispuesto a trabajar tú, y contigo José, tu hermano, y, con vosotrosdos, Leví, arquisinagogo de Nazaret, y Matatías y Simeón y Matías y Benjamín, y Jacob, y, menos tres o cuatro, todos vosotros deNazaret. Y no sólo los de Nazaret... Encuentra dificultades para formarse porque todos vosotros contribuís a deformarlo. Cadavez más. Es el más débil de mis apóstoles. Pero, por ahora, no es sino un débil. Tiene impulsos buenos, deseos rectos, amor pormí (desviado en cuanto a la forma, pero amor en todo caso). Vosotros no le ayudáis a separar estas partes buenas de las partesno buenas que forman suyo; antes al contrario, agraváis éstas cada vez más añadiendo vuestras incredulidades y limitacioneshumanas. Pero vamos a casa. Los demás han entrado ya...Simón lo sigue un poco apesadumbrado. Están ya casi en la puerta, cuando para a Jesús y dice:-Hermano mío, ¿estás airado conmigo?-No. Es que intento formarte también a ti, como formo a todos los demás discípulos. ¿No has dicho que quieres serdiscípulo?-Sí, Jesús. Pero las otras veces no hablabas así, ni siquiera cuando corregías. Eras más dulce...-¿Y para qué ha servido? Antes lo era. Hace dos años que lo soy... Unos, a costa de mi paciencia y bondad, os habéisemperezado, otros habéis afilado colmillos y garras. El amor os ha servido para dañarme. ¿No es así?...-Es así. Es verdad. Pero, ¿vas a seguir siendo bueno?-Seré justo. Y aun así seré como no merecéis, vosotros de Israel que no queréis reconocer en mí al Mesías prometido.Entran en la pequeña habitación, tan abarrotada de personas, que muchos han terminado en la cocina o en el taller deJosé. Y éstos son los apóstoles, menos los dos hijos de Alfeo, que se han quedado con su madre y su cuñada. A ellas ahora seañade María, que entra llevando de la mano al pequeño Alfeo. El rostro de María presenta claros signos de haber llorado.Pero, mientras María está para responder a Simón, que le asegura que irá a su casa todos los días, por la callejuelaserena avanza un carrito, con tanto sonido de cascabeles, que llama la atención de los hijos de Zebedeo por la bulla que hace,y... mientras afuera llaman, -contemporáneamente, dentro abren. Aparece el rostro alegre de Simón Pedro, que ha llamado cone1 mango de la tralla y está todavía
sentado en el carro... A su lado, tímida pero sonriente, Porfiria, sentada encima de cajas detamaño decreciente como si fuera un trono.Margziam sale corriendo y trepa al carro para saludar a su madre adoptiva. Salen también los demás, entre los cualesJesús.-Maestro, aquí estoy. He traído a mi mujer; con este vehículo, porque es una mujer que resiste poco caminando. María,el Señor esté contigo. También contigo, María de Alfeo. Mira a todos, mientras baja de su vehículo y ayuda a bajar a su mujer, ysaluda conjuntamente al grupo.Quisieran ayudarle a descargar el carrito, pero él se opone enérgicamente. «Después, después» dice. Y, ni corto niperezoso, se acerca a la ancha puerta del taller de José y la abre de par en par, tratando de hacer entrar el carrito como está. Nopasa, naturalmente. Pero la maniobra sirve para atraer la atención de los que han venido de visita y hacer comprender quesobra gente... Efectivamente, Simón de Alfeo se despide con toda su familia...-Oh, ahora que estamos solos, vamos a preocuparnos de nosotros...-dice Simón de Jonás haciendo retroceder al burrito,que, cubierto como está de cascabeles, hace bulla por diez; tanto que Santiago de Zebedeo no puede contenerse de preguntar,riendo: «¿Y dónde lo has encontrado tan enjaezado?».Pero Pedro está concentrado en coger las cajas que había en el carro y pasárselas a Juan y Andrés, que se quedanasombrados, pues creían que iban a sentir peso y, sin embargo, las cajas son ligeras; y lo comentan...-¡Venga, id para el huerto y no os quedéis ahí como chorlitos! - ordena Pedro, mientras, a su vez, baja con una cajitaque sí que pesa, para colocarla en un rincón de la habitación.-Y ahora el burro y el carro. ¿El burro y el carro? ¿El burro y el carro!... ¡Esto es lo difícil!... Y tiene que entrar todo encasa...-Por el huerto, Simón - dice en voz baja María - Hay una valla en el seto del fondo. No lo parece, porque está cubierta deramajes... Pero está. Sigue el sendero que va bordeando la casa, entre esta casa y el huerto vecino. Yo voy a mostrarte dóndeestá la valla... ¿Quién viene a apartar las matas que la cubren?-Yo. Yo.Todos se dirigen presurosos hacia el fondo del huerto. Entretanto, Pedro se marcha con su rumoroso cargamento yMaría de Alfeo cierra la puerta... Trabajando con un hocino, queda libre el rústico vallado y abren un paso por el que entranburro y carro.-¡Bueno, bien! Y ahora quitamos todo esto. Me han roto los oídos - y Pedro se apresura a cortar los lazos quemantienen sujetos los cascabeles a los jaeces.-¿Y por qué los has tenido, entonces? - pregunta Andrés.-Para que toda Nazaret me oyera llegar. Y lo he conseguido... Ahora los quito para que nadie de Nazaret nos oiga partir.Lo mismo, he metido vacías las cajas... Nos marcharemos con las cajas llenas, y nadie, si es que alguien nos ve, se sorprenderá de
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