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44GermanRey

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REVISTA ACADÉMICA DE LA FEDERACIÓNLATINOAMERICANA DE FACULTADES DE COMUNICACIÓN SOCIAL
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Ese inmenso salón de espejosTelenovela, Cultura y Dinámicas Sociales en Colombia
Germán Rey
“Los detractores de las telenovelas son gente que vive atada a viejos esquemas culturales.Gente que no disfruta bailar pegados, que no canta El Rey cuando se pasa de tragos, que no se pone sentimental cuando oye “Adiós muchachos compañeros de mi vida”, que no se emocionaescuchando un buen bolero de la Guillot.Estos aristócratas de la cultura sólo quisieran obras para el disfrute de las minorías.No entienden que las especies populares, a veces desapreciadas y escarnecidas, forman parte también de nuestra cultura. No se han dado cuenta que ya resulta anticuado encerrar el concepto decultura dentro de cánones rígidos y pensar que cultura es sólo aquello que pertenece a las artestradicionales como la pintura, la escultura, la música clásica y la alta literatura.Cultura es más bien el producto intelectual, material y espiritual que generan los grupos sociales.” 
Delia FialloCuando en 1936 el General Rojas Pinilla pudo observar con sorpresa, no de militar sino de niño, lastransmisiones en circuito cerrado de los juegos Olímpicos de Berlín, pensó que algún día este inventomaravilloso debía ser llevado a Colombia.Casi veinte años después habiendo pasado de ser un general de sorpresas a un general con poder diola orden de hacer realidad el invento que había conocido en Alemania. Se unieron entonces factores muydisímiles: la tenacidad de un joven melómano, las exigencias de una topografía imposible que ha hecho queen Colombia se levante la red de transmisión más grande del mundo y el cambio furtivo y azaroso de unascajas de equipos de la Siemens que originalmente iban hacia el Líbano y tomaron el rumbo de Bogotá.Tal como había sucedido en los propios orígenes de la televisión, cuando un inventor afiebrado yobsesivo transmitió una cruz de Malta de una habitación a otra a los incrédulos miembros de la RealSociedad de Ciencias de Londres en una buhardilla del Soho, en mayo de 1954 se llevó a cabo la primeraprueba de transmisión entre Bogotá y Manizales. Una figura en movimiento y la primera página delperiódico El Tiempo fueron las imágenes, bastante premonitorias de la innovación.A las nueve de la noche del 13 de junio de 1954, una fecha emblemática por muchas razones, sobretodo por las del poder, se realizó la primera transmisión de televisión en Colombia. Junto al Himno Nacionaly las palabras del Teniente General se oyeron las notas de un recital de violín de Frank Preuss, las risas deuna comedia, un reportaje con colombianos desde Nueva York y «El niño en el pantano» una obra breveadaptada para televisión de un cuento de Bernardo Romero Lozano.Las primeras décadas de la televisión estuvieron marcadas por el auge del teleteatro que presentó demanera heroica obras de Sófocles o Víctor Hugo, de Ibsen, Wilde o G. Bernard Shaw a una audiencia queapenas se embarcaba en acelerados y traumáticos procesos de modernización e ingresaba de formadesordenada a las crecientes demandas de la vida urbana. Un teleteatro que era consecuente con unavisión de la televisión unida a las definiciones del Estado y orientada por unos objetivos culturales que sedebatían entre la tradición española -bastante solemne y retórica- de años anteriores y los primerosescarceos de la comercialización. Sin que aún se tuviesen en el horizonte los requerimientos que losmercados han alcanzado en nuestros días ya se insinuaba una larga réplica entre Estado y mercado, omejor, una compleja tensión que buscaba demostrar una realidad totalmente blasfema e impensable paraesos momentos: los vínculos entre industria y cultura, comercialización y espíritu, iniciativas privadas yomnipresencia estatal.Sería muy interesante comprobar cómo el teleteatro de los primeros años de la televisión tuvo tambiénsu papel en la renovación de una tradición demasiado conservadora y clerical de la cultura y en general dela vida, introdujo fisuras en el pensamiento tradicional, rompió los cercos de un teatro cerrado para acercarloa grandes audiencias y evidenció otras formas de vivir marcadas posiblemente por unos ideales de libertadmás profanos y racionales y por tanto más modernos. De otro modo no es explicable que se hayan montado
 
 
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para la televisión de los años cincuenta obras como «Padre» de Strindberg, «El enemigo del pueblo» deHenrik Ibsen o «El matrimonio» de Gogol. Quizá de entonces provengan las censuras morales de latelevisión como instrumento desvergonzado y peligroso que se vinieron a juntar con las de otras formasexpresivas que al expandir sus campos de presencia popular disminuían las adhesiones de las feligresías(religiosas, políticas y de clase).En marzo de 1963 se produce la primera telenovela colombiana «En nombre del amor». Reuníaelementos más propios del melodrama: amores furtivos y prohibidos, jardineros que hacían las veces deCelestina, muros infranqueables con hiedras evocadoras y por supuesto una mujer bella que rehuía contanta vehemencia el encierro del convento como añoraba los abrazos del amor. Se trataba de la adaptaciónde un radiolibreto cubano adaptado y dirigido para televisión por Eduardo Gutiérrez que tuvo para eseentonces la impensable duración de 24 capítulos transmitidos tres veces a la semana al comienzo de lanoche.La telenovela fundadora tenía todos los visos de la premonición por sus relaciones con el radioteatro ysobre todo por los contenidos de su dramaturgia, su formato, los manejos de tiempo y su ubicación horaria.Si el teatro y el teleteatro tuvieron una importancia en el desarrollo de la televisión y específicamente enla orientación del melodrama nacional no fue menor la incidencia del radioteatro.Con más años la radio tuvo un desarrollo importante en Colombia por varios motivos: acogió desdemuy temprano un esquema privado que le ofreció posibilidades de expansión, sintonizó efectivamente conlas audiencias, superó las barreras de la geografía, popularizó mucho más que la prensa su recepción y seinscribió rápidamente en las rutinas cotidianas de los escuchas acompañando una soledad y unos ritualeslaborales que ya eran resultados de una época también muy diferente.El radioteatro empezó a movilizar audiencias importantes de una manera persistente, a generar unasceremonias de su recepción que sólo tendría equivalente -por la fortaleza de sus adhesiones y elseguimiento de sus ensoñasiones- con los movimientos de las audiencias del melodrama que se expresanen fenómenos como la resemantización del melodrama reubicándolo de otro modo en la cotidianeidad, lasemociones puestas en las fortunas o desventuras de los personajes o la fractura apasionada de lasregulaciones del tiempo para seguir los avatares del drama. Pero no fueron solamente esas las razonespara la conexión entre radioteatro y telenovela. Fueron sin duda las proximidades de los relatos, lasconexiones vitales que expresaban sus dramaturgias: desde el amor a la aventura, desde la trasgresión delas normas hasta las afirmaciones de lo institucional.Existían por supuesto otros motivos que afianzaron las conexiones: una buena parte de los actores dela televisión habían tenido experiencia en los radioteatros y los fervores que suscitaban estos últimos fueronpoco a poco desplazándose a los melodramas televisados.Un hecho importante vendría a corroborar cómo con el inicio de la telenovela se produciría un cambiotrascendental en las lógicas de los géneros, de la inversión económica y publicitaria, de la produccióntelevisiva y, por supuesto, también de los gustos. Transformaciones que estuvieron antes de la telenovela yse desarrollarían aún más después.Hasta 1961 el 70% del presupuesto de la televisora nacional estaba destinado fundamentalmente alpago de actores y a la producción de teleteatros en vivo. A comienzos de 1963 el director de la televisoracierra transmisiones y recorta dos millones de pesos del presupuesto destinado al pago de artistas,guionistas y extras de los programas de planta. Lo más interesante es que el acontecimiento revela unaserie de problemas más agudos: la necesidad de disminuir los subsidios estatales y promover lacomercialización de la programación, la tendencia a aumentar la participación de las agencias de publicidady empezar a pensar en la libertad de canales, los requerimientos para asumir el papel de unos objetivosmás culturales para la televisión estatal y enfatizar en la recreación accesible a las audiencias. Pero tambiénempezaron a surgir otros debates que aún no cesan con el paso del tiempo ni en la televisión colombiana nien la industria audiovisual internacional. Por ejemplo los debates referidos a la relación entre calidad yaudiencia, al carácter educativo de la televisión y los alcances de la acción de las televisiones públicas, alos sistemas reglamentarios y el orden de las libertades. En el fondo se empieza a producir una profundarenovación de los géneros consecuente con las renovaciones de las lógicas económicas y de los gustos. No
 
 
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es curioso entonces que este episodio suceda precisamente en el mismo momento en que empieza lahistoria de la telenovela en el país.La producción televisiva también se modifica. Es la década que verá aparecer otras compañías deproducción, una de las cuales, RTI, tendrá un papel central en el acercamiento de la televisión a la literatura(ya no tanto al teatro como al cuento y la novela especialmente colombiana y latinoamericana), en larealización de miniseries y especiales como «Tiempo de morir» de Gabriel García Márquez o «Mi alma se ladejo al diablo» de Germán Castro Caycedo. Producciones que se caracterizaron por el trabajo en exteriores,el cuidado de la puesta en escena y la calidad técnica.La irrupción de la telenovela va creando no sólo un género que progresivamente se fortalece, sino undispositivo particular de producción televisiva e inversión económica y un objeto cultural que amplíaintensivamente su consumo.Se empieza a producir un relato que con los precedentes ya mencionados del teleteatro y laradionovela se desprende paulatinamente de ellos para encontrar los territorios de una nueva narrativaaudiovisual y su especificidad como producto cultural de resonancias populares y masivas. Estasmodificaciones del relato obviamente van acompañadas de otras transiciones necesarias y totalmentepróximas. Es más, se trata de transiciones que ayudan a configurar el género. De la realización en vivo sepasa poco a poco a la grabación. Se produce una variación sustancial de los tiempos y los ritmos. Seaminoran los tiempos de ensayo, las emisiones se hacen más seguidas hasta lograr su continuidad diaria,se va prolongando la duración de la obra (hasta alcanzar unos parámetros internacionales que facilitan sucomercialización décadas más adelante como también la racionalización de sus costos, el ingreso suficientede dinero por pauta publicitaria) e inclusive la telenovela empieza a generar sus propias condiciones derealización. Unos rituales que acompañan desde la construcción dramatúrgica de los melodramas hasta lacotidianeidad (exigencias corporales, de dedicación, de interrelación de oficios) de los diversos participantesen la realización. Ya en la década de los sesenta aparecen una serie de exigencias de los productores encuanto a los impactos de la salud en la necesaria continuidad de la historia que años antes habían sidocorrientes en la producción cinematográfica hollywoodense, que inclusive compaginaba las fases de lafilmación con los ciclos menstruales de sus actrices. Los cuerpos representados por la ficción, cuerposdeseados, cuerpos exaltados, sujetos del amor o de las perversiones casi siempre ingenuas son tanreglamentados por la imaginación como ordenados por la economía. Un recorrido por los parágrafos de loscontratos nos podría indicar, con clarividencia y sorpresas, las demandas del nuevo producto audiovisual.
DE SEPARACIONES Y ENCUENTROS
La década de los sesenta encuentra una telenovela que aún trabaja sobre los libretos del radioteatro yobedece a sus existencias narrativas en un medio que empieza a desbordarla desde muchos flancos.Desde la orilla de las exigencias audiovisuales hasta las rutinas de su producción televisiva. Eldesbordamiento definitivo se dará cuando se encuentren las lógicas económicas con los veredictosentusiasmados del gusto.Se puede sin embargo afirmar que desde los propios inicios la telenovela colombiana estuvo muy unidaa la obra literaria, quizá como una herencia recibida de los tiempos del teleteatro, de la formación de susiniciadores y de las comprensiones culturales predominantes a mitad de siglo en las élites nacionales. En1965 RTI realiza “Mil francos de recompensa” de Victor Hugo adaptada por un hombre de teatro comoSantiago García e “Impaciencia del corazón” de Stefan Zweig dirigida por el pionero Eduardo Gutiérrez. En1968 se produce –nuevamente por RTI- “El buen salvaje” la novela con la que Eduardo Caballero Calderónganara el Premio Nadal de novela con Jorge Aí Triana como actor.En este encuentro de la televisión con la literatura o mejor en esta otra visibilidad de la literaturaganada para las estéticas audiovisuales a pesar de las críticas de traición de unos y el alborozo de otros seproducen una serie de fenómenos destacados. Un grupo de creadores y actores de formación más serie yexperimental se involucran en la televisión, lo que dará forma a unos vínculos complejos: la televisiónimpone un lenguaje y unas reglas diferentes a las del teatro. El peso de esta relación y de sus dificultades,de sus aciertos e incomprensiones tendrá un papel importante en la historia de la televisión colombiana ysobre todo en la crónica de su manera de narrar y le exige otras reglas de existencia a la literaturaencerrada hasta el momento en el libro o en la ejemplificación pedagógica de la escuela. Las interacciones

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