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Casi todas las palabras que se han escrito mas arriba ahora están sometidas a juicio. Escucho decir que la discusión es improductiva, ha equivocado sus términos,o esconde sus verdaderos motivos. Que ya no se puede plantear una preguntasobre lo que es el arte. Para un indiferentismo llamado “posmoderno”, la preguntacarece de interés. Por su lado, la sociología de la cultura la responde desde unaperspectiva institucional: el arte es aquello que un grupo especializado de personasacuerdan que sea. ¿Es posible incorporar esta respuesta a una discusión estética?¿Hay escapatoria a una definición solo institucional del arte?Nos aseguran que ya no puede decirse lo que el arte es sino a través de una lista delas funciones que el arte cumple en la vida social, por una parte, o por la otra, uninventario de las creencias sobre el arte tal como aparecen en los artistas, loscríticos, los editores, incluso los suplementos de los diarios (a los que no se lesadjudicaría tamaña responsabilidad en otras áreas). Se nos dice: el arte es lo quees, y lo que es, es lo que las convenciones acuerdan que sea. Frente al fervoresencialista que busco los fundamentos del arte, se contrapone una perspectivatomada en préstamo de la sociología de la cultura. Esta, la sociología de la cultura,ha operado como un ácido frente al esencialismo, el elitismo y las místicas de ladiferenciación (que serian las enfermedades de la soberbia estética) disponiendo laspiezas de una construcción institucional que parece convincente si se la juzga por sucapacidad descriptiva del funcionamiento del arte en la sociedad.En un punto, considerar al arte como institución implica colocarla en un
más acá profano
donde se disuelven las veleidades de excepcionalidad porque losmovimientos, los impulsos y las regulaciones sociales también actúan en la esferadel arte. La perspectiva institucional desnuda las fantasías que los artistas han tejidosobre su práctica y revela que las determinaciones económicas y sociales se ejercensobre ellos, tanto como sobre quienes se ocupan de la producción de mercancías ode competir con el poder. Con una particularidad: todo esto sucede solo por laintermediación de las fuerzas y las formas propias del campo específica donde losartistas se mueven.En las modernidad, las relaciones entre artistas y publico, entre escritores y editores,entre pintores y marchands, entre los mismos productores culturales, ocurren en un
espacio articulado como campo de fuerzas
que no reflejan directamente lastendencias enfrentadas en otras dimensiones sociales, sino que configuran unaestructura especializada. En ella los artistas se colocan según el patrimonio culturalque han acumulado o que han recibido como herencia. Las tomas de posición en elcampo intelectual quedan presas de los verdaderos impulsos que las rigen: labúsqueda de consagración y legitimidad para las propias obras, la competenciaentre artistas, sus estrategias de lucha y de alianza. No es campo sagrado del arte,
sino un espacio profano de conflicto
. El sociólogo atento (Pierre Bourdieu es suparadigma) escucha los discursos para descubrir en ellos lo que niegan u ocultan: eldesinterés artístico revela su verdad solo si se lo piensa como una inversióneconómica a largo plazo. Los artistas
se colocan para colocar su obra
y, al hacerlo,permanecen ciegos ante la verdad de sus prácticas. Cuando hablan de arte, tambiénestán hablando de competencia: cuando parecen más obsesionados por labúsqueda de una forma, con un ojo miran al mercado y al público.Esta sociología de la cultura reconduce (y reduce) las posiciones estéticas arelaciones de fuerza dentro del campo intelectual, y propone una lectura poco
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