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CASAS MUERTAS – MIGUEL OTERO SILVA
Editorial Seix BarralNueva Narrativa HispanaEnero de 1975
Es la crónica de un pueblo tropical, Ortiz, condenado a desaparecer por la descrepitud de sus propias estructuras y el desánimo de sus antiguos pobladores. Magistralmente escrita, con serenidad y concisión, perotambién con melancolía y momentos de concentrado lirismo, sus perso-najes cautivan por su intensidad sin estridencias ni detalles superfluos,desde la primera escena funeraria hasta que Carmen Rosa abandona el  pueblo para iniciar la nueva etapa de la moderna Venezuela.
Capítulo I. Un entierro
Esa mañana enterraron a Sebastián. El padre Pernía, que tanto afectole profesó, se había puesto la sotana menos zurcida, la de visitar al Obispo, y el manteo y el bonete de las grandes ocasiones. Un entierrono era un acontecimiento inusitado en Ortiz. Por el contrario, ya el tan-to arrastrarse de las alpargatas había extinguido definitivamente lahierba del camino que conducía al cementerio y los perros seguían conrutinaria mansedumbre a quienes cargaban la urna o les precedían se-ñalando la ruta mil veces transitada. Pero había muerto Sebastián,cuya presencia fue un brioso pregón de vida en aquella aldea de muer-tos, y todos comprendían que su caída significaba la rendición plenariadel pueblo entero. Si no logró escapar de la muerte Sebastián, jovencomo la madrugada, fuerte como el río en invierno, voluntarioso comoel toro sin castrar, no quedaba a los otros habitantes de Ortiz sino laresignada espera del acabamiento. Al frente del cortejo marchaba Nicanor, el monaguillo, sosteniendo el crucifijo en alto, entre dos muchachos más pequeños y armados de ele-vados candelabros. Luego el padre Pernía, sudando bajo las telas del hábito y el sol del Llano. En seguida los cuatro hombres que cargabanla urna y, finalmente, treinta o cuarenta vecinos de rostros terrosos. El 
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ritmo pausado del entierro se adaptaba fielmente a su caminar de en-fermos. Así, paso a paso, arrastrando los pies, encorvando los hombrosbajo la presión de un peso inexistente, se les veía transitar a diario por las calles del pueblo, por los campos medio sembrados, por los corre-dores de las casas.Carmen Rosa estaba presente. Ya casi no lloraba. La muerte de Sebas-tián era sabida por todos -ella misma no la ignoraba, Sebastián mismono la ignoraba- desde hacía cuatro días. Entonces comenzó el llanto para ella. Al principio luchó por impedir que llegara hasta sus ojos esalluvia que le estremecía la garganta. Sabía que Sebastián, como confir-mación inapelable de su sentencia a muerte, sólo esperaba ver brotar sus lágrimas. Observaba los angustiados ojos febriles espiándole el llanto y ponía toda su voluntad en contenerlo. Y lo lograba, merced aun esfuerzo violento y sostenido para deshacer el nudo que le enturbia-ba la voz, mientras se hallaba en la larga sala encalada donde Sebas-tián se moría. Pero luego, al asomarse a los corredores en busca deuna medicina o de un vaso de agua, el llanto le desbordaba los ojos y lecorría libremente por el rostro. Más tarde, en la noche, cuando camina-ba hacia su casa por las calles penumbrosas y, más aún, cuando setendía en espera del sueño, Carmen Rosa lloraba inacabablemente y el tanto llorar le serenaba los nervios, le convertía la desesperación en undolor intenso pero llevadero, casi dolor tierno después, cuando el ama-necer comenzaba a enredarse en la ramazón del cotoperí y ella conti-nuaba tendida, con los ojos abiertos y anegados, aguardando un sueñoque nunca llegaba. Ahora marchaba sin lágrimas, confundida entre la gente que asistía al entierro. Habían dejado a la espalda las dos últimas casas y remonta-ban la leve cuesta que conducía a la entrada del cementerio. Ella cami-naba arrastrando los pies como todos, en la misma cadencia de todos, pero se sentía tan lejana, tan ausente de aquel desfile cuyo sentido senegaba a aceptar, que a ratos parecíale que ella y la que caminaba consu cuerpo eran dos personas distintas y que bien podía la una seguir con pasos de autómata hasta el cementerio, en tanto que la otra regre-saba a la casa en busca del llanto.Dos mujeres la acompañaban. A un lado su madre, doña Carmelita, conel mohín de niño asustado que la vejez no había logrado borrar, lloran-do no tanto por Sebastián muerto, como por el dolor que sobre CarmenRosa pesaba, sintiéndose infinitamente pequeña y miserable por no ha-ber podido evitarle a la hija aquel infortunio. A la izquierda iba Marta, lahermana, preñada como el o pasado, heroicamente fatigada poaquella lenta marcha bajo el sol. Carmen Rosa advertía en la atmósfera
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