ritmo pausado del entierro se adaptaba fielmente a su caminar de en-fermos. Así, paso a paso, arrastrando los pies, encorvando los hombrosbajo la presión de un peso inexistente, se les veía transitar a diario por las calles del pueblo, por los campos medio sembrados, por los corre-dores de las casas.Carmen Rosa estaba presente. Ya casi no lloraba. La muerte de Sebas-tián era sabida por todos -ella misma no la ignoraba, Sebastián mismono la ignoraba- desde hacía cuatro días. Entonces comenzó el llanto para ella. Al principio luchó por impedir que llegara hasta sus ojos esalluvia que le estremecía la garganta. Sabía que Sebastián, como confir-mación inapelable de su sentencia a muerte, sólo esperaba ver brotar sus lágrimas. Observaba los angustiados ojos febriles espiándole el llanto y ponía toda su voluntad en contenerlo. Y lo lograba, merced aun esfuerzo violento y sostenido para deshacer el nudo que le enturbia-ba la voz, mientras se hallaba en la larga sala encalada donde Sebas-tián se moría. Pero luego, al asomarse a los corredores en busca deuna medicina o de un vaso de agua, el llanto le desbordaba los ojos y lecorría libremente por el rostro. Más tarde, en la noche, cuando camina-ba hacia su casa por las calles penumbrosas y, más aún, cuando setendía en espera del sueño, Carmen Rosa lloraba inacabablemente y el tanto llorar le serenaba los nervios, le convertía la desesperación en undolor intenso pero llevadero, casi dolor tierno después, cuando el ama-necer comenzaba a enredarse en la ramazón del cotoperí y ella conti-nuaba tendida, con los ojos abiertos y anegados, aguardando un sueñoque nunca llegaba. Ahora marchaba sin lágrimas, confundida entre la gente que asistía al entierro. Habían dejado a la espalda las dos últimas casas y remonta-ban la leve cuesta que conducía a la entrada del cementerio. Ella cami-naba arrastrando los pies como todos, en la misma cadencia de todos, pero se sentía tan lejana, tan ausente de aquel desfile cuyo sentido senegaba a aceptar, que a ratos parecíale que ella y la que caminaba consu cuerpo eran dos personas distintas y que bien podía la una seguir con pasos de autómata hasta el cementerio, en tanto que la otra regre-saba a la casa en busca del llanto.Dos mujeres la acompañaban. A un lado su madre, doña Carmelita, conel mohín de niño asustado que la vejez no había logrado borrar, lloran-do no tanto por Sebastián muerto, como por el dolor que sobre CarmenRosa pesaba, sintiéndose infinitamente pequeña y miserable por no ha-ber podido evitarle a la hija aquel infortunio. A la izquierda iba Marta, lahermana, preñada como el año pasado, heroicamente fatigada por aquella lenta marcha bajo el sol. Carmen Rosa advertía en la atmósfera
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