muy particularmente las iglesias de confesión reformada- debe enfrentarse a una corriente muypoderosa de crítica. Cuando la Iglesia cristiana invoca la infalibilidad de la Biblia, sabe que tieneque hacer frente a una oposición casi unánime; y no se trata simplemente de la oposición de loslibrepensadores declarados o la del modernismo tal como lo conocemos en Europa y en América.En el siglo xix, el célebre teólogo alemán Wilhelm Herrmann afirmó con energía que laantigua teoría de la inspiración que confiesa que la Escritura es divinamente inspirada ya noencuentra aceptación entre los teólogos. Actualmente, un poco en todas partes, tanto en la iglesiacomo entre ciertos teólogos, se tiene como evidente que es imposible conservar la antiguadoctrina de la inspiración y de la infalibilidad de la Biblia. Y la forma particular que reviste porlo general, hoy, esta actitud crítica en relación con la Escritura puede resumirse en la siguienteafirmación: No
existe identidad entre la Escritura g la Palabra de Dios.
Identificarlas -dicenciertos teólogos contemporáneos- es simplificar el problema.Esta crítica debe conmover no sólo la teología reformada, sino sobre todo a la Iglesia entera.En nuestros púlpitos, en nuestras cátedras, en nuestros cursos de instrucción religiosa, ennuestros hogares, la Biblia ocupa un lugar prominente: el que merece el Libro que nos ha sidodado para la vida y para la muerte. La Iglesia -y especialmente la Iglesia surgida, renovada, de laReforma-, ¿concedió acaso antaño una autoridad demasiado grande a las Escrituras? He ahí unade las cuestiones más importantes a la que todo miembro de iglesia debe responder en laactualidad. Tenemos que examinar, pues, esta problemática antes que nada.
Los argumentos de la "tradición crítica"
Los críticos contemporáneos desarrollan sin cesar dos argumentos en contra de laidentificación cristiana tradicional -y reformada, sobre todo- de la Biblia y la Palabra de Dios.En
primer lugar,
según algunos, nuestra doctrina de la inspiración de las Escrituras seencontraría en notorio conflicto con las conclusiones de la investigación histórica y critica de losúltimos siglos. El análisis de los textos se ofrece como prueba de la insuficiencia de la tesisreformada en cuanto a la inspiración de la Biblia.
En segundo lugar,
se afirma que la identificación de la Escritura Santa con la Palabra de Diosexcluye la posibilidad de una fe cristiana entendida como confianza viva y personal. Una fe quetuviera por objeto a la totalidad de la Biblia -pretenden nuestros críticos- no puede ser ya unaconvicción real y personal; la fe y la confianza no pueden entregarse sino a una Persona viva;poner la fe en la Biblia, en lugar de ponerla en Dios, sería contrario a la esencia de la fe cristiana.De estos dos argumentos, el uno pretende ser científico a inspirado en las investigacioneshistóricas; el otro es de carácter religioso. Ignoro cuál de los dos, históricamente, ha tenido másinfluencia; pero el efecto de ambos argumentos combinados ha sido considerable y lasrepercusiones se sienten todavía hoy. Forman parte de un conjunto que se ha convertido a su vezen una nueva tradición, la “tradición crítica>, y parecen tan evidentes a un número tanconsiderable de personas -teólogos y no teólogos que el punto de vista reformado es tenido poruna tentativa aislada para salvar un conservadurismo estéril y para mantener una tradiciónyuxtapuesta que en la actualidad es rigurosamente indefendible. Cualquiera que rechaza esta
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