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LA RAZÓN 3 PREVIO

LA RAZÓN 3 PREVIO

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05/24/2014

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El Café Iguanano ha muerto
ALMA VIGIL
El sastre de losBeatles
AURA ESTRADA
 ANDRES CLARIOND RANGELIVÁN TREJORMAQUIAVELLY 
14/15 _Opinión4 _Historia local8 _Historia Internacional
/ELBARRIOANTIGUO@ELBARRIOELBARRIOANTIGUO.COM
DOS CAMIONEROSUN CAMINO
POR DANIELA REA
¿Cómo es la soledad de un hombre que se pasa la vidaviajando miles de kilómetros sentado detrás del volante
de un mamut de erro?
A
l camionero
Siete Mares
le gustaríamorir salvando a una hermosa mujerperdida en la carretera, o estrellándosea toda velocidad contra su propio ros-tro en el espejo retrovisor. Eso dice. Pero lo más pro-bable es que
Siete Mares
muera del mal del riñóndespués de pasar la mitad de su vida sentado frenteal volante de un tráiler que transporta plátanos.
Del 19 al 25 de mayo de 2013
Monterrey, N.L.
Número 10801 Año 35
» 
Continúa
en la página 2
 
E
l ocio más nómada resulta así el
más sedentario: le ha dejado unabarriga que casi roza con el volante, elvientre más común entre los camionerosde México, y aunque no es alto ni fornido,visto sentado en la cabina de su tráiler
SieteMares
luce poderoso pero no es sólo eso loque más atrae de él, sino el porte con queconduce su camión, como el de un rejonea-dor dirigiendo a su caballo. No parece unhombre rudo, ni grosero, lo que se puedeesperar de un camionero. Menos cuandopresume con la fotografía de sus hijos, unniño y una niña, y entonces su cara se ilu-mina con una sonrisa tenue e íntima, quecontrasta con el amarillo de sus dientesdescubiertos cuando bromea con otros ca-mioneros o las meseras de un paradero.Hace unos años, recuerda, mientrassurcaba la carretera a bordo de su tráiler
Freightliner 
y la estela del sol lo guiaba aTijuana,
Siete Mares
tenía dos días sin dor-mir, y su brazo temblaba sin control sobrela palanca de velocidades, una esfera deplástico en forma de nalgas de mujer que seencendían cuando él las tocaba. Había par-tido de un pueblo en México en la fronteracon Guatemala, y a pesar de la penumbrade la autopista, alcanzó a ver a una mu-chacha pidiendo un aventón, y abrió lapuerta. No por nada
Siete Mares
tenía ese
apodo, que para los camioneros signica
“el que anda de cuerpo en cuerpo”, en una
alusión más anbia a los marineros que
andan “de puerto en puerto”. Aún recuerdaque se llamaba Rosa y que era maestra deescuela.
Siete Mares
la saboreó nomás demirarla y por un momento se olvidó delcansancio. Así llegaron al paradero de lamujer, un poblado a veinte kilómetros alsur de la Ciudad de México. Antes de azo-tar la puerta tras de sí,
Siete Mares
recuerdaque ella le dejó la invitación abierta a sucasa cuando volviera. Le quedaban aúntres días y medio más de ruta por delante.
Siete Mares
evoca esta historia mien-tras conduce al puerto de Veracruz, dondevolverá a cargar más plátanos. El hombrese llama José Luis Chico y nació en Chia-pas, uno de los estados más empobrecidos,donde también parió la guerrilla del Ejér-cito Zapatista de Liberación Nacional. Susmanos brincan del timón a su teléfono ce-lular para mandarle un mensaje a su espo-sa.
Siete Mares
dice que la extraña y que esla única forma para compartirle su camino,desde que ella decidió no acompañarlo ensus viajes prolongados o por rutas peligro-sas. Meses atrás, un trailero había muertocon su mujer e hijos en un accidente decarretera, y la familia quedó sepultada enla cabina del camión, en un barranco en lasierra de Oaxaca. Si no se comunicaran porteléfono, dice
Siete Mares
, los reencuentrosse irían en hacer el inventario de que cadauno vivió durante la ausencia. Ahora va abordo del
 Abuelo
, ese camión que, a pesar
de tener 12 años aún presume un aman
-te color sangre. Lo llama así en honor a suabuelo paterno, ya muerto, el primero de la
dinastía Chico que decidió tomar este ocio
por la carretera. Por adentro, su cubil es sen-cillo, y no lo ha saturado con recuerdos desus travesías:
Siete Mares
solo necesita su
Coca-Cola
y sus
Marlboro
para calmar alcansancio; el retrato de sus hijos, que son subrújula para no perder el rumbo y una cajade discos compactos que incluye desdecumbias y música norteña hasta un con-cierto de los
Creedence
, esa banda de rock estadounidense que se hizo famosa con lacanción
¿Alguna vez has visto llover? 
, eldisco favorito de este camionero para atra-vesar los desiertos en las madrugadas.Ahora, en las tres semanas que ya lle-va de viaje sin volver a su casa en Guadala- jara,
Siete Mares
ha juntado diez mil pesos,unos mil dólares transportando mercancíay haciendo uno que otro negocio ilícitoen su ruta. Es decir, esquivando casetas depeaje y comprando tickets falsos, o dándolede beber combustible diesel de contraban-do a su camión, un negocio muy comúnentre los traileros del sureste de México.“No hay de otra, la vida en el camino estácabrona y uno debe aprender a domarla”,dice
Siete Mares
con una voz tan caverno-sa como el rugido del motor de su
Freight-liner 
. Así justica la corrupción de la que es,
al mismo tiempo, juez y parte.Días después de llevar a aquella maes-tra de escuela,
Siete Mares
recuerda haberregresado de Tijuana y buscado la casa dela muchacha. Dice que le abrió la puertael padre de aquella mujer. “Hay algo quedebo decirle – se acuerda que le anunció-:Rosa se murió hace un año. Y usted no esel primer camionero que viene a buscarla”.Al parecer todos la describían de la mismamanera. Había muerto en la carretera.
SieteMares
recuerda que aquel señor le dijo queella venía en un tráiler en marcha, y queel camionero abrió la puerta y la empujo.Desde entonces, todos los hombres a quie-nes ella había conocido en aventón llegana buscarla hasta su casa. Cuando acaba decontar esta historia,
Siete Mares
suelta unacarcajada. Dice que ese tipo de historias sonmoneda corriente entre traileros.Los camioneros son personajes de pe-
lícula, y lmes como
El diablo sobre ruedas
de Steven Spielberg han alado esa repu
-tación suya de sospechosos y temibles. Enla película basada en un relato de RichardMatherson, un enorme y oxidado camiónsin conductor a la vista persigue y acosa a
David Mann, un pacíco vendedor que
conduce su automóvil por las solitariascarreteras del sur de California. Pero loscamioneros también fueron dignos per-sonajes de historietas y de telenovelas deTelevisa, y no pueden escapar a su estatusde ordinarios y mujeriegos en la bolsa devalores social. Al doblar la esquina del si-glo XX, los tráilers dejaron atrás a los trenesen el transporte de mercancías. Para JoséChimal, un escritor de argumentos de his-torietas sobre camioneros, son una mezclade grasientos mecánicos de autos con
cow-boys
al estilo Clint Eastwood.Por un tiempo los traileros se convir-tieron en un ejemplo del progreso. Méxicoentraba en ese entonces al Tratado de LibreComercio con Estados Unidos y Canadá, ygran parte de la ropa, alimentos y electro-domésticos llegaban a los hogares gracias aellos. Los camioneros se volvieron un mito.Televisa descubrió un nicho de cultura po-pular no explotado y lanzó su telenovela
 Dos mujeres un camino
, con Erik Estradaen el papel de Juan Daniel
 Johnny 
Villegas.La telenovela puso de moda a los camio-neros entre el público de América Latina yreivindicó la imagen de rufianes que la so-ciedad tenía de ellos. “Hasta deteníamos lamarcha para ver la telenovela en los para-deros”, dice
Siete Mares
mientras avanza ensu ruta rumbo a Veracruz, en un tramo deselva encajado entre las montañas, una ciu-dad que suele bailar al ritmo de la cumbia,como la que ahora retumba en la cabina desu tráiler.
Siete Mares
siempre maneja su tráilerencomendándose a la divinidad: “Voy conDios. Si no regreso, estoy con él”, reza un le-trero en su parabrisas. Empezó a creer en loscamiones cuando era niño y acompañaba asu padre en sus viajes por el norte de México.Lo que más le impresionaba, recuerda, eraese movimiento en el que su padre trenza-ba sus brazos y desde ahí, controlando tododesde el espejo retrovisor, domaba al mas-todonte para estacionarlo. Ése es el movi-miento que resume el poder del camionero.Como él, la mayoría de ellos toma este oficiopor herencia. Su propio hijo que ahora tienesiete años, lo hará también cuando crezca.Siempre y cuando, advierte el camionero,termine antes una carrera técnica, la mismacondición que
Siete Mares
debió obedecerde su padre. A diferencia de él la mayoría delos camioneros no terminó la secundaria.Otros, dice, escogen el oficio por irse con lafinta de volverse rudos, encontrar mujeres ytener dinero fácil.Pero dentro del gremio del gran ti-món hay clases. A primera vista, dice
SieteMares
, los traileros parecen denirse por
el camión que conducen: los de la marcanacional
Dina
y los destartalados modelosde más de veinte años versus los tráilersnuevos e importados como el
Kenworth
Los camionerosson personajes depelícula, y flmescomo
El diablo sobre ruedas 
deSteven Spielberghan aflado esareputación suyade sospechososy temibles. Perolos camionerostambién uerondignos personajesde historietas yde telenovelasde Televisa, y nopueden escapara su estatusde ordinarios ymujeriegos en labolsa de valoressocial.
_HistoriaNacional
Del 19 al 25 de Mayo de 2013
Monterrey
, N.L.
»
Viene
de la portada
 
cuyo último modelo es computarizado yequipado con clima, frigobar, televisión yDVD.
Siete Mares
ana su primera clasi
-cación: explica que la diferencia de estatusestá en cómo se ve el chofer y cómo lucesu tráiler. Dice que hay parias del volanteque reprochan a los que, como si fuera unatraición de clase y como si se tratase de cal-zados lustrados, se preocupan por lucir susvehículos y cuerpos limpios.
Siete Mares
esuno de esos traidores que en su cuerpo no
tiene rastros de su ocio. Tampoco su trái
-ler burgués, en cuyo pulido el camionerose gasta el mismo dinero que le alcanzaríapara comer en una semana.Una vez el actor Sylvester Stallone en-carnó a un camionero sentimental. Su pelí-cula
Yo, el Halcón
es la historia de LincolnHawk, un trailero que debía ganar un con-curso de vencidas, es decir, de hacer fuerzacon el brazo, para recuperar su tráiler y elamor de hijo perdidos. El gremio sólo sereconoce en esa ruptura familiar que na-rra la película, tan normal por sus vidasnómadas.
Siete Mares
rechaza la imagende villanos que presentan las películascomo
Breakdown
, donde Kurt Russell in-terpreta a Jeffrey Taylor, un hombre cuyaesposa es raptada por un grupo de chófe-res de tráilers. Pero también hay historiasreales que los asocian al crimen, como elcaso de Hugo Baldomero Medina,
El señor de los tráilers
, ese líder del Cártel del Golfo
que distribuía droga a través de una ota
camionera y que ahora cumple una con-dena de 30 años en prisión. Chimal, quienlleva más de una década escribiendo sobrelos camioneros en la historieta
Los Ases del Volante
, dice que el origen de estas histo-rias donde son presentados como pataneso, por el contrario, como héroes tiene másque ver con resolver el misterio de cómosobreviven a tantos días de soledad en elcamino.El de los camiones es un trabajo quenunca se siente tan solitario como cuandose descompone el tráiler a mitad de ruta.
Siete Mares
, recuerda que una madrugadase le fundió el motor por falta de agua y acei-te. Quedó varado en
Cumbres de Maltrata
,a mitad del tramo México-Veracruz. Sinposibilidad de arreglarlo, tuvo que esperardos horas a que apareciera un compañerosolidario. Sí. El de los camioneros es un gre-mio desorganizado y de hombres solidarios.Hace un tiempo unos traileros de Chiapasque intentaron sindicalizarse fueron despe-didos de una empresa particular. Queríanun contrato colectivo y un seguro socialpara la familia.
Siete Mares
, hace cuentas ylos 20 mil pesos –unos dos mil dólares- soninsuficientes para repartir en un hogar deesposa e hijos, amantes ocasionales y cuida-dos de su camión. “Somos indispensables. Sino nos desveláramos manejando, la lecheque toman no llegaría a tiempo, o no ves-tirían la ropa que traen puesta”, recuerda
Siete Mares
quien cree que el despido de lostraileros de Chiapas es otra prueba más decuánto se desprecia a los camioneros.Rumbo a Veracruz
Siete Mares
se aca-ba de detener en un paradero de
Rincona-da
, un pueblo a casi 300 kilómetros de la ciu-dad de México, esperando a una mujer quees su amante “Puedes ser infiel, pero no des-leal”, se justifica y otra vez muestra la foto-grafía de sus hijos, esa que lo acredita comoun hombre de bien.
Siete Mares
cuenta condevoción cómo su hija lo ayuda en el ritualde preparar su maleta cuando sale de viaje.Ella sabe que su padre sólo necesita cami-setas, pantalones de mezclilla, trusas y almenos siete pares de calcetines limpios. Enuna cabina que arde más que la carretera aVeracruz, el confort de un trailero es comola última voluntad de un condenado alinfierno. Por ahora, mientras espera a esamujer del camino,
Siete Mares
lee a Salgari,uno de sus escritores favoritos. Dice que loscamioneros son “bien hijos de la chingada,pero justos” como los
Tigres de Malasia
esospersonajes de Salgari.El camionero Vicente Barragán noquiere morir en la carretera y llevar comocruz un letrero de “No rebasar”. Se resiste aadivinar su cuerpo despedazado sobre elasfalto, anónimo pero tan público como serreducido a una cifra de daños materiales.Vicente Barragán, un trailero que lleva másde la mitad de su vida en los caminos, diceque para conjurar ese posible destino llevaen el retrovisor de su camión una estampade San Judas Tadeo, el santo de los imposi-bles. También un retrato de su hija de tresaños que presume de un vestido de encajecomo una princesa. Una vez, creyendoamar a una mujer del camino, abandonó asu esposa y a su hija. A fin de cuentas, estesegundo matrimonio acabaría en un fraca-so. Es difícil construir un hogar cuando lahistoria comenzó en la cabina de un tráiler.Junto a esas dos imágenes, Barragán tieneuna tercera: es una fotografía de él mismo,posando de espaldas. El retrato es de másde una década atrás. Allí viste una camisetanegra y una gorra azul, y aunque estuvierade frente sería irreconocible. Él mismo pidióque se la tomaran el día que hizo su primerviaje por la carretera, cuando recién habíacumplido los 20 años. “Mirando al futuro” lellama a ese retrato. Dice que cuando muerale tomarán otra fotografía, y que entoncesserá de frente. “Será porque entonces sólotendré pasado”. Atrás había quedado aque-lla noche en que lo asaltaron, en el año2000, cuando el sueño lo obligó a detener sutráiler que antes iba a noventa kilómetrospor hora en la autopista Ciudad de México-Querétaro, en el centro del país. Barragán re-cuerda que abrió la puerta, cuando un gol-pe reventó su cansancio. Eran dos hombrescon pistolas los que treparon encima de sucamión y lo obligaron a conducir de vueltasobre la pista. Cuando había avanzado unos200 metros, la pistola clavada en su nuca leindicó a dónde girar. Fueron ahorrativos ensus palabras: “Si abres la boca, entra la bala”.Los ladrones ya habían desconectado elradar satelital del tráiler. Vicente Barragánperdió así a su ángel de la guarda, pero sólole robaron los electrodomésticos que trans-portaba a Querétaro. Los asaltantes resulta-ron ser policías federales, quien según él, enagradecimiento por su silencio le asegura-ron después protección perpetua.Pero Vicente Barragán dice que ya nosabe en qué dirección queda el futuro. Por-que el futuro, afirma, existe cuando se espe-ra algo, y él siente que ya no puede esperarnada. Sólo llegar a un destino y luego volvera regresar y después volver a marcharse yasí hasta siempre. “Un trailero es un marinoen tierra, un vaquero de asfalto, un bandidoque nunca está en casa”, sentencia. Ya lohabía comentado
Siete Mares
camino a Ve-racruz: “En este trabajo nunca hay descanso.Nunca un camino final. En cada destino,empieza otro”. Aun así Vicente Barragán seresiste a vivir siempre en la carretera.Ahora el camionero está en la Centralde Abastos de la Ciudad de México en es-pera de que le descarguen los limones quetransporta. Este lugar clavado en el orientede la ciudad, su patio trasero nunca está va-cío. No lo abandona el olor a frutas podridasni el fluir de comerciantes y de cargadoresni el bramido de los camiones en constantemaniobra. Aun así el camionero Barragándice que se siente solo. Más que cuando con-duce su mercadería por la carretera. Aquí aprovechará para dormir más de las cuatrohoras diarias que en promedio duermenlos traileros, aunque a veces se pasan hastatres días enteros sin tocar una cama. En susparadas un camionero puede leer algúnperiódico o una revista pornográfica, y bus-car a una mujer que lo quiera, a quien no lepide belleza. Vicente Barragán se conformacon mirarla desnuda, según dice, y alcanzarel orgasmo sin prisas, y, si se puede, por unospesos más, que ella acepte descansar juntoa él, aunque fuese unos minutos, una vezque hayan terminado. La única condiciónque Barragán le pide es que no escape a sucuerpo aceitoso, a su cabello relamido consu propio sudor, a su mirada viscosa y a subarba a medio crecer: una mancha más so-bre su piel.
“Puedes serinfel, pero nodesleal”, sejustifca y otra,vez muestra laotograía desus hijos, esaque lo acreditacomo unhombre de bien.
Siete Mares 
cuenta condevoción cómosu hija lo ayudaen el ritual depreparar sumaleta cuandosale de viaje.
Del 19 al 25 de Mayo de 2013
Monterrey
, N.L.
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