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La Razón del 26 de Mayo al 1o. de Junio 2013

La Razón del 26 de Mayo al 1o. de Junio 2013

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Periódico semanal de crónicas
Made in Monterrey, Nuevo León, México
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06/26/2014

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página 2
La alcaldesa esde marte y suesposo de venus
ALEJANDRO ALMAZÁN
¿Qué tienen lasbrasileñas que notenga yo?
MARCELA TURATI
LUIS SAMUEL DE LA CRUZ EL FOGONERO
13/14_Opinión5_Historia Nacional8 _Historia Internacional
/LARAZONMTY@LARAZONMTYGRUPOLARAZON.COM
UN NARCO SIN SUERTE
¿La chamacada de hoy está enferma de maa?
POR ALEJANDRO ALMAZÁN
S
inopsis
.
 Jota Erre
es dueño deun perro de pelea que ha que-dado ciego, tiene unos cuantoscasetes de Chamín Correa, un
Dodge Dart 70
que no arranca, un reloj demano al que se le descompuso el segunde-ro, un zapapico
Truper 
y una guitarra conla que cantó en su boda. Un día, viendouna película de Pedro Infante, se da cuen-ta de que la pobreza ni en la tele es boni-ta. Entonces agarra a su esposa y a sus doshijos, y baja de la sierra. Pronto descubriráque la mayoría de los que han emigradode su pueblo a Culiacán viven como Diosmanda: si no lo tienen, lo compran, y si nolo compran, lo arrebatan.
Jota Erre
termi-nará imantado por ese mundo de dineroy pólvora, y hará lo que esté a su alcancepara poder cantar ese corrido que dice: “Yaempecé a ganar dinero, las cosas están vol-teadas, ahora me llaman patrón, tengo miclave privada”.
Del 2 al 8 de junio de 2013
Monterrey, N.L.
Número 10803 Año 35
 
_HistoriaNacional
»
Viene de
portada
Del 2 al 8 de junio de 2013
Monterrey
, N.L.
P
ara convertirse en un capo que serespete,
 Jota Erre
probará suertecomo achichincle, motero, sicario, nar-comenudista, lavador de droga y presta-nombres. Esa vida, sin embargo, lo llevaráa conocer la mala suerte y a entenderlo deuna vez por todas: “Eso de que todo aquelque entra al narco se hace rico, es nomásun pinchi mito”.
Intento número uno
Todo empezó así: estaba yo en mi can-tón, oyendo a Chamín Correa bien acá,cuando llegó un primo que había bajadode la sierra bien cuajado, bien billetudo.“Pariente —me dijo—, ocupo una gen-te de harta confianza pa’ bajar la mota aCuliacán”. Y no sé, como que ves, en un jale de ésos, una ilusión de hacerte rico ydices chingue a su madre, de aquí soy. Yoya estaba fastidiado de vender productosnaturistas. Aquí en Culiacán a la raza no leinteresa morirse de un infarto o del azúcar,y pos casi no vendes. ¿Y qué hice? Le entré.Pa’qué te digo que no, si sí. Además, en esosaños, te hablo de los 90, el jale estaba tran-quilo. El cártel era uno solo y no había lasbroncas de hoy, donde tienes que definirtesi trabajas pa’l Chapo Guzmán o pa’ los Bel-trán. Como si uno no supiera que, escojasa quien escojas, de todas maneras te vana matar. Total que mi cabeza de volada sepuso a hacer cuentas y la verdad resultabauna buena pachocha irme de motero. Miamá se enojó, pero no le hice caso. Ya vesque los sinaloenses somos mitad tercos ymitad vale madres. “Nomás te voy a deciruna cosa cabrón —me dijo mi amá—. Si tematan, que Dios no lo quiera, no vengas aaparecerte por aquí, que ya con el ánimade tu padre tengo suficiente”.Culiacán.
 Jota Erre
serpentea por laavenida Lázaro Cárdenas, a la altura de lacolonia
Popular 
. La estética
Ilusión
estácerrada porque la dueña, Micaela Cabral,recibió hace pocos días la visita de un tipoque no fue a cortarse el pelo. Fue a decirle“te traigo un regalo”, sacó la nueve milíme-tros y le disparó seis veces.
 Jota Erre
se sabeésta y otras historias del puñado de muer-tos que deambulan por estas calles. Él noquiere morir. Por eso me ha pedido queno ponga su nombre. Tampoco le gustaríaque hable del trabajo por el que conocióal
Hijo del Santo
ni que describa su rostro.Acepta, eso sí, decir que hoy se dedica a lacantada, que tiene dos mujeres y que rozalos 40 años.Ése fue el trato. Y, una vez aceptado,nos trepamos a un auto que le diríaa cualquier valet que recibirá buenapropina, y
 Jota Erre
aceleró como si pisarauna serpiente. Así llegamos hasta aquí, elcruce con la calle
Río Aguanaval 
, la últimaparada de Micaela.
 Jota Erre
dice que esa cuarentona noestaba involucrada en la mafia, que la hande haber
tumbado
porque, últimamente,en Culiacán se mata por capricho. Y tienerazón: en febrero, hubo más muertos quedías: 41 de los 130 en todo Sinaloa. Hastapodría decirse que en esta ciudad la tasade natalidad, 1.5 por día, se controla por elmismo número de asesinatos.Pero no quiero desviarme del tema;yo he venido aquí a escuchar la verídicahistoria de
 Jota Erre
.Tú sabes que no sólo de pan vive elhombre y ai te voy tendido como bandidoa Tamazula. Yo me wachaba como el jefede los moteros, con una troca bien chila ycon el cuerno bien terciado. Y nada, bato.Llegué de achichincle. De pinchi gato.Y pos a trabajar, ni modo que qué. Ahí aprendí que pa’ que no nos vieran los heli-cópteros de los guachos, teníamos que ir aun arroyo a empaquetar la mota en greña.Y eso sí: nada de hablar ni agarrar cura conlos compas. Si dices algo o te andas riendo,el jefe te suelta un chingazo.¿Has estado cuando empaquetanla mota? Chale, entonces no has vivido.Como nadien habla nomás se oyen losruidos de los gatos hidráulicos y de la cintacanela. ¿Sí sabes que con los gatos se hacenlos cuadritos? Pos sí, con esa madre armaslos paquetes, y ya luego los envuelves conhule delgadito, del que usan las doñas enla cocina, y después viene la cinta canela.Les echas grasa pa›que no se mojen cuando los lleven por mar y al final les avien-tas otra pasada de hule y cinta. Eso hicedurante tres meses, hasta que se juntaroncomo cinco toneladas. «Tú y tú van a bajarla mota», nos dijo mi primo y nos dio unradio de esos de banda corta y las llavesde los camiones. Y ai te fui, siguiendo a lospunteros, los weyes que van en las cua-trimotos diciéndote si hay guachos o no.Todo iba bien, pero como el jale lo hacesde noche, pos no miras muy bien y yo mefui a estrellar. Tuvieron que mandar otramedia rodada, pasamos la mota en friegay nos quedamos en un pueblo porque nosamaneció. Total que pa› no hacértela tanlarga, entregué el jale en Culiacán y melancé a cobrarle a mi primo. «En la vidatodo se paga —me dijo—. Y tú desmadras-te un camión». «Pero pariente, no chingue,si no fue porque quise», le contesté. «Nada,nada pescadito, cuentas claras, amistadeslargas». Nomás porque mi amá es su ma-drina, sacó 200 pinchis dólares. Le valiómadre que le haya dicho que me habíarifado al cien. Pinchi bato. Si yo no sé porqué me aferré. Desde esa vez debí haberentendido que en el narco está duro elpiojo.
Vida mafiosa
“Sentado en una hielera y escuchan-do un corrido le jalé a un cuerno de chivo,rodeado de mis amigos con los versos re-cordaba todo lo que en mi vida he sido”,canta el
Coyote
ahora que
 Jota Erre
ma-neja por los
Huizaches
, un arrabal dondela mayoría de los jóvenes piensa que lamejor salida es la fama y el sabor de unamuerte violenta.—La chamacada de hoy está enfermade mafia —me dice este
 Jota Erre
que, valecontarlo de una vez, habla tan rápido queparece estar en una lucha constante con-tra un cronómetro—. Los plebes le entranal negocio nomás pa’ rozarse con el
Ma-cho Prieto
o con el
Chino Ántrax 
, los pis-toleros del cártel. Entran pa’ decir que songente del
Chapo
o del
Mayo
Zambada, yasí imponer respeto y sentirse la cagadamás grande. Quieren andar en una trocapa’ darse una vuelta a las prepas y subirseuna morrita…—Pero al final tienen dinero, ¿no? —lo interrumpo.—¡Ni madres! —y pega en el volantepara reafirmar sus palabras—. Las trocasque traen son robadas, porque los jefes selos permiten pa’ trabajar; la ropa que usanes china, chafa, pura imitación; las pistolastampoco son suyas, y si conocieras en laratonera que viven te darían más lástima.—Pintas una vida muy distinta a laque aparentan.—Yo anduve en el negocio, tengoamigos en él, y puedo decirte que un 70por ciento, si no es que más, está bien jodi-do. Se gastan lo poco que ganan en drogay pisto. Aquí en Culiacán a nadien le gustaconfesar su pobreza, prefieren pedirte fia-do y decirte que es pa’ una inversión.
Intento número dos
“Quihubo bato —me dijo un compa-dre por teléfono—. Se lo voy a decir rapidi-to porque estos tratos no debe escucharlosni la sombra de uno”. Y que me suelta quequería mis servicios pa’ mover cocaína.Hasta bendije a los pinchis colombianos.Y no sé, como que me dieron ganas debrindar conmigo mismo, con mi almase puede decir. Y ai me tienes yendo a sucantón pa’ que me explicara el jale. Netaque me waché en Bolivia, en Perú, enColombia y en todos esos pinchis paísesdrogos. Y nada. Mi compadre me mandóa Mexicali. Me dijo que rentara una casapa’ guardar la coca, que yo la iba a recogeren el Golfo de Santa Clara y que otro batola cruzaría por California. Pero qué cocani qué nada, era mota. “Ni modo —medije—. Y me eché un gallo, pero nomás pa’que apestara”.En el primer jale no tuve problemas.La mota llegó a su destino. La bronca fueque mi compadre no me pagó. “Es que te-nía deudas, pero pa’l siguiente cargamen-to tiene su dinero”, me prometió.Ese segundo cargamento fue en
Semana Santa
. Me acuerdo porque du-rante el día nos vestíamos de turistas.Ya sabes: bermudas, sandalias y lentesoscuros. Ya en la noche íbamos a don-de estaba el faro descompuesto que seconoce como
El Machorro
. Ahí espe-rábamos a los pangueros. Una de esasnoches les echamos tres veces la luz dela lámpara pa’ decirles que se acercaran,que ya estábamos listos. Pero ellos noscontestaron con dos luces. Y dos luces,por si no sabes, es que hay peligro. Echa-mos un zorro alrededor, pero todo esta-ba bien oscuro y no vimos nada. Deci-
Todo empezó así: estaba yo en micantón, oyendo a Chamín Correa bienacá, cuando llegó un primo que habíabajado de la sierra bien cuajado, bienbilletudo. “Pariente —me dijo—, ocupouna gente de harta confanza pa’ bajar lamota a Culiacán”
 
3
_HistoriaNacional
Del 2 al 8 de junio de 2013
Monterrey
, N.L.
dimos aguantar. Y no sé, pero en una deésas waché hacia el faro y que alcanzóa ver a un bato prendiendo un cigarro.“¡Ya nos cayeron, fuga, fuga!”, les dije amis compas y en friega nos abrimos. Yovenía en una troca que traía la gasoli-na pa’ los pangueros y, ¡madres!, quese atasca en la arena. No, pos patas pa’qué las quiero. La bronca es que nuncahe sido delgado y me fui cayendo entrelos balazos. Me fui tocando el cuerpo,pero no tenía nada, sólo miedo. “¡Policía judicial, párate cabrón!”, alcanzaba a oír,y yo nomás pidiéndole a Dios que meayudara, aunque ya sé que no debo me-terlo en estas pendejadas. Total que al-cancé a llegar al pueblo y le pedí ayudaa un viejo pescador. “Compa —le dije—.Me vienen siguiendo, hazme el paro;mi troca se quedó atascada, pero ahí tengo 200 litros de gasolina, son tuyos sime ayudas”. Y como la gasolina en esoslugares vale oro, el bato me escondió enuna troje donde guardaba cagadero ymedio.Los judiciales empezaron a bus-carme casa por casa. “¿Dónde andascabrón?”, alcanzaba a escuchar quegritaba un bato, que luego supe era elcomandante Jorge Magaña, el papá delchavalo ese que mató a una familia enel Defe, ese que se llama Orlando. “Oritaque te encuentre me vas a ver a la carapa’ que sepas a quién buscar en el in-
erno”, gritaba el comandante y yo me
oriné. Total que no me hallaron y has-ta las horas salí de la troje pa’ darle los200 litros de gasolina al viejo y me jaléa Mexicali.Cuando llegué, vi la casa toda des-ordenada, como si la hubieran cateado.No, pos mejor me fui, pero afuerita yaestaba el comandante Magaña con miscompas. “¿Así que tú eras al hijo de lachingada que andaba buscando ayer?—me dijo—. Pos te salvaste porque yaarreglamos el asunto”. Y el “arreglo” eraque la policía se quedaría con la mitadde la mota. Me acuerdo que hasta nosayudaron a descargarla de las pangas.Mi compadre me pagó 500 dólares.Me dijo que le había perdido al jale,que entendiera la situación y yo lomandé a la chingada. Casi cuatro mesesarriesgando el pellejo pa’ 500 dólares. Lamitad se lo mandé a mi esposa y con elresto compré productos naturistas quequise vender en Mexicali. Digo quise,porque el día que salí a venderlos, ibacaminando cuando un bato me aven-tó la troca. Era el comandante Magaña.
“¿Quihubo pinchi sinaloense, tracan
-do y no me avisan?”, me dijo de entraday sacó la pistola. “No jefe, ya no ando enese jale, ya trabajo limpiamente”,y le enseñé mis productos. Me creyó des-pués de darme unos zapes y cortar car-tucho en mi cabeza. «Es tu día de suer-te —me dijo—. Necesito a alguien concontactos pa› cruzar polvo». Pensé quela vida me estaba dando otra oportuni-dad y le dije que sí. Tiré mis productos enla carretera y me subí con él. En el cami-
no fue más especíco y me desanimé: en
realidad quería que fuera madrina, queanduviera madriando a los puchadoresy me pagaría con autos robados pa› queyo los vendiera. Vas a pensar que soy unidiota, pero nunca me ha gustado robar.Me pueden acusar de todo, pero no deratero. Y pos ai te vengo a Culiacán sinun pinchi peso.
Autógrafo
En la marisquería donde come-mos, una preparatoriana se acerca einterrumpe a
 Jota Erre
.—¿Usted es
 Jota Erre
, el cantante?—No —le contesta
 Jota Erre
—. Meparezco, pero no.—Sí es, a mí no me va a engañar.—Oquéi, si tú lo dices —y
 Jota Erre
 sonríe como diablo en pastorela,encogiéndose de hombros.—Deme su autógrafo —dice la prepa-ratoriana, entregándole una liberta yel bolígrafo.Firmó
 Jota Erre
: “Con todo mi cariño.El que se parece a
 Jota Erre
”.
Intento número tres
La fuerza de la costumbre es cabro-na y yo extrañaba andar en el ajo. Teestoy hablando ya del 2003, 2004. Y así,cuando más lo pedí, que me busca unviejón de mi pueblo. “Quiero que mehagas un paro —me dijo—. Ve a ma-tar a un cabrón que me debe dinero,¿cómo ves?”. “Simón —le contesté sinpensarla—, nomás porque no he tenidochanza, pero cuando hay que chingar,chingo, y que cuando hay que pasardesapercibido…”. “Ya, ya, párale —medijo—. ¿Tienes visa?”. “Simón”. Y ai tevoy esa misma noche a Tijuana, pa’ pa-sarme a San Ysidro.“Cuando llegues, le hablas a talbato; él te va a llevar con el que medebe”, me había dicho el viejón y yo se-guí las instrucciones. “Compa, soy
 JotaErre
, ya ando aquí”, dije por teléfono.“Está bien, nos vemos en el cruce de lagásinton y la mein”, me dijo y yo sinsaber dónde estaba eso porque nuncahabía ido al gabacho. Le pregunté auna pochita que estaba dos tres y medijo que debía subirme al troley, quecontara tres estaciones, que ai me ba- jara y saliendo ai estaban esas calles. Ysí, bajando del troley vi la gásinton y lamein. “Compa, ya estoy aquí”, le volví a llamar. “¿Donde está usted hay unmacdonals?”, me preguntó. Waché y ledije que sí. “¿Enfrente hay un futloker?”,volvió a preguntarme. Waché y le dijeque sí. “Ai voy, deme unos 15 minutos”.Y pasó una hora y nada. Entonces le ha-blé al viejón y le conté que el bato metraía como su pendejo.“¿Sabe?, yo creo que éste tambiénestá coludido con el que le debe”, le dije.“Pos mira —me contestó—. En cuan-to lo veas dile que te dé las armas, lepreguntas dónde vive aquel cabrón ytumbas a los dos”. Como a las dos horasle marqué al bato. “Oiga, hijo de su pin-chi madre, aquí me tiene esperándolocomo vil tacuache, no mame”. “A vercompa, ¿dónde está, que no lo miro?”.“Pos aquí, frente a macdonals”. “Pos nolo miro y eso que la calle está vacía”.Y yo diciéndole: “Pos si ya son las tresde la mañana, a esta hora ya hasta losperros se fueron a dormir”. “A ver, com-pa, pregúntele a alguien cómo se llamadónde está”. “Pero si no hay nadien”. Ycaminé hasta la parada del camión yun bato que hablaba español me dijo:“En nacional ciry”. Le volví a marcar albato y le dije: “¡Estoy en nacional ciry,cabrón!”. “No, compa, está usted muypendejo —me dijo—. Yo estoy en
Fon-tana
, como a tres horas de donde meestá hablando”. Chale. ¿Yo qué iba asaber que en el gabacho hay miles decalles guásinton y mein?Ya en
Fontana
, el bato me llevóhasta donde según vivía el wey quetenía que matar. Me dijo qué troca ma-nejaba, que estaba gordo como cochitoy me dio su apodo. Me la pasé wachán-dolo una semana hasta que se aparecióel cabrón. En friega saqué el pistola yentré a su casa rompiendo la puerta.“¡Hasta aquí llegaste, pinchi cerdo!”,le dije apenas lo vi. El bato era puercopero no trompudo, y le di una madrizaa la Charles Bronson. Luego corté cartu-cho y le dije: “Me manda el viejón, ¿cuá-les son tus últimas palabras?”. Sé que seoyó bien mamón, pero fue lo único quese me ocurrió. “¡No me mates, compa!,¡no me mates!”. Y yo diciéndole queno fuera puto, que los de Durango nosdejábamos ir con calma y dignidad,porque me habían dicho que era de porahí. Él empezó a decirme que conocíaa fulano y zutano, que ellos le podíanayudar a conseguir el dinero. Yo mesaqué de onda porque yo conocía a esagente. “¿Pos cómo se llama, compa?”, lepregunté. ¿Y qué crees? El bato era unode los de la clica de mi carnal. Valien-do madre. Si no lo reconocí fue porqueestaba bien gordo y ya se le había de-formado la cara. “¿Entonces tú eres
 JotaErre
?”, me preguntó y terminamos dán-donos un pinchi abrazo.Le conté cómo estaba el jale y él mepidió 20 días pa’ juntar el dinero. Yo ledije al viejón que el bato se estaba es-condiendo, pero que me diera tiempopa› encontrarlo. “¿Oiga? —le pregun-té—. ¿Y si el bato quiere pagar?”. “Pos sela perdonas porque es de la familia”. To-
tal que todos los días salí de esta con el
gordo. Pero lo bueno se acaba pronto yyo me regresé a Culiacán, porque pagó.Nomás bajé del avión y fui dere-chito a la casa del viejón. De los tres mildólares que me había dado de viáticos,ya nomás me habían quedado como50 dólares, y él me había dicho queal regresar fuera a verlo pa› pagarmeel trabajito. Me recibió de volada, meabrazó, me dijo que le había gustado midedicación, o algo así, y que en la ma-ñanita fuera a su rancho, que ahí iba aestar
Miguelón
, su hombre de conan
-za, pa’ decirme qué seguía. Ir al ranchodel viejón no cualquiera, y por eso pen-sé que, mínimo me iba a regalar una desus trocas o me pagaría con droga. Y quevoy llegando a la hora que me dijo, quepregunto por el
Miguelón
y que me po-nen a podar el pinchi pasto y darles detragar a los caballos. Neta. Te lo juro pormis hijos. No, pos no aguanté. Le di lasgracias al viejón y volví a la calle a ven-der mis productos naturistas.
El pistolero
Komander: “Qué sorpresa encontrar-lo en mi rancho”. Erick Estrada: “Hace unrato lo estoy esperando”. Komander: “¿Porqué trae bastantes pistoleros?” Erick Es-trada: “Yo prefiero bastante dinero”. Ko-mander: “No comprendo de qué estáshablando”. Erick Estrada: “Me pagaron porasesinarlo”.—La chamacada escucha corridos comoéstos y ya andan diciendo que traen callosen los dedos de tanto jalar el gatillo —filo-sofa
 Jota Erre
cuando pasamos por el es-tadio de béisbol. Luego baja la ventanillaentintada para ver los guindas exactos, yles mienta la madre a los
Tomateros
—. Tedecía: a los sicarios de hoy les pagan dosmil pesos a la semana, cuando mucho. Osea, esos batos nomás saben una cosa: quevan a morir y que no será una muerte fácil.
Las trocas quetraen son robadas,porque los jeesse los permitenpa’ trabajar; laropa que usanes china, chaa,pura imitación; laspistolas tampocoson suyas, y siconocieras laratonera en la queviven te darían máslástima.—Pintas una vidamuy distinta a laque aparentan.—Yo anduve enel negocio, tengoamigos en él, ypuedo decirte queun 70 por ciento,si no es que más,está bien jodido.Se gastan lo pocoque ganan en drogay pisto. Aquí enCuliacán a nadienle gusta conesar supobreza, preferenpedirte fado ydecirte que es pa’una inversión

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