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Izquierda contra derecha o nación contra antinación- Enrique Lacolla

Izquierda contra derecha o nación contra antinación- Enrique Lacolla

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Published by Ramón Rodolfo Copa
"Nuestro norte es el sur".
"Los argentinos no terminamos de fijar un orden de prioridades en los conceptos que deberían guiar el camino al futuro. Lo que es peor, no terminamos de acordar el significado de las palabras que le otorgarían sentido.
¿Cuál es la pregunta en torno a la cual deben organizarse las definiciones ideológicas que orienten la estrategia y la táctica políticas en un país dependiente como el nuestro? ¿Pasa por el enfrentamiento entre izquierdas y derechas o pasa más bien por la antinomia nación y antinación? No es cuestión de reducir todo a oposiciones esquemáticas, por supuesto; pero, admitiendo la existencia de una gran cantidad de matices y aceptando incluso que nuestros rivales pueden parecerse al lector del verso de Baudelaire (“hipócrita lector, mi semejante, mi hermano”), esas diferencias existen y es preciso individualizarlas para poder orientar la marcha hacia el futuro."
Enrique Lacolla:
Escritor, periodista y docente. Desde 1962 a 1975 miembro de los Servicios de Radio y Televisión de la Universidad Nacional de Córdoba.

Entre 1975 y 2000 miembro del staff de La Voz del Interior, donde continuó colaborando en forma regular hasta marzo de 2008.

Profesor titular de Historia del Cine en la Escuela de Cine de la UNC desde 1967 hasta 2002, salvo durante el interregno producido por la dictadura.
"Nuestro norte es el sur".
"Los argentinos no terminamos de fijar un orden de prioridades en los conceptos que deberían guiar el camino al futuro. Lo que es peor, no terminamos de acordar el significado de las palabras que le otorgarían sentido.
¿Cuál es la pregunta en torno a la cual deben organizarse las definiciones ideológicas que orienten la estrategia y la táctica políticas en un país dependiente como el nuestro? ¿Pasa por el enfrentamiento entre izquierdas y derechas o pasa más bien por la antinomia nación y antinación? No es cuestión de reducir todo a oposiciones esquemáticas, por supuesto; pero, admitiendo la existencia de una gran cantidad de matices y aceptando incluso que nuestros rivales pueden parecerse al lector del verso de Baudelaire (“hipócrita lector, mi semejante, mi hermano”), esas diferencias existen y es preciso individualizarlas para poder orientar la marcha hacia el futuro."
Enrique Lacolla:
Escritor, periodista y docente. Desde 1962 a 1975 miembro de los Servicios de Radio y Televisión de la Universidad Nacional de Córdoba.

Entre 1975 y 2000 miembro del staff de La Voz del Interior, donde continuó colaborando en forma regular hasta marzo de 2008.

Profesor titular de Historia del Cine en la Escuela de Cine de la UNC desde 1967 hasta 2002, salvo durante el interregno producido por la dictadura.

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Published by: Ramón Rodolfo Copa on Jun 14, 2013
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Enrique Lacolla
"Nuestro norte es el sur".
Los argentinos no terminamos de fijar un orden de prioridades en los conceptos que deberíanguiar el camino al futuro. Lo que es peor, no terminamos de acordar el significado de las palabrasque le otorgarían sentido.¿Cuál es la pregunta en torno a la cual deben organizarse las definiciones ideológicas que orientenla estrategia y la táctica políticas en un país dependiente como el nuestro? ¿Pasa por elenfrentamiento entre izquierdas y derechas o pasa más bien por la antinomia nación y antinación?No es cuestión de reducir todo a oposiciones esquemáticas, por supuesto; pero, admitiendo laexistencia de una gran cantidad de matices y aceptando incluso que nuestros rivales pueden
parecerse al lector del verso de Baudelaire (“hipócrita lector, mi semejante, mi hermano”), esas
diferencias existen y es preciso individualizarlas para poder orientar la marcha hacia el futuro.
Convengamos que aquí la palabra “izquierda” se ha confundido demasiado en los últimos años conla noción de “progresismo”. No son, necesariamente, la misma
cosa. El progresismo, que hace de
la palabra “izquierda” un fetiche, huele a perfume francés, es elegante, políticamente correcto
(aunque lo niegue) y desarrolla un interés desmedido por el garantismo, la diversidad de género ylas minorías; cosa que está muy bien, pero siempre y cuando no se vele con esa actitud los
 
problemas que importan a las mayorías, o se perjudiquen los pasos prácticos que es necesariotomar para que estas se proyecten como el basamento de un proyecto nacional en gran escala. Laagitación desmedida en torno a cuestiones que pueden herir la sensibilidad del gran público,también puede alejar a este de otros temas más importantes.Como siempre, todo es cuestión de medida: cabe defender los derechos humanos de las minoríassin hacer tanta alharaca ni enturbiar las que deberían ser las coordenadas de la gran política.Ocurre sin embargo que a veces parece que el ruido que se monta a propósito de esos problemassirve para disimular la escasa voluntad que se tiene para encarar los datos que de veras importan:la modificación de las estructuras económicas, el modelo social y la potenciación industrial de larepública, junto al diseño de un proyecto geopolítico que atienda a las realidades concretas delentorno iberoamericano.La izquierda tradicional, en su variante menos sofisticada, ha estado siempre preocupada porcosas más duras que los derechos de las minorías. Se ha volcado sobre todo a considerar lasnecesidades de las mayorías y su reclamo de justicia social, y ha ubicado esta preocupación en unaperspectiva internacional. La progresía aparenta también ocuparse de estos datos pero en elfondo no les concede una importancia primordial. Sus miembros provienen preferiblemente de laacademia y de los círculos intelectuales y su elección política suele estar orientada pordeterminaciones personales o reacciones subjetivas antes que por una comprensión histórica delos fenómenos sociales. Su ética se origina en un liberalismo intransigente (valga la contradicciónen los términos) que privilegia el papel del individuo, lo cual explica la existencia entre ellos de unagran cantidad de filósofos, sociólogos y psicólogos, pero una escasa presencia de historiadores ode políticos prácticos.Pero incluso la izquierda en los países como el nuestro a menudo se ha visto también entrampadaen las redes del pensamiento oficial, que siempre ha estado teñido de un pseudo liberalismo; eco
de su condición dependiente del esquema “civilizatorio” –
como contraposición al concepto debarbarie-, propio de la forma en que el imperialismo europeo y norteamericano articuló supenetración ideológica en estas tierras, en combinación con las élites locales que hicieron sunegocio con él.Izquierdas en ArgentinaTuvimos así un auge de la izquierda cipaya cuyos reflejos aun perduran. El partido comunista y elsocialismo de los años 40 y 50 fueron encarnizados opositores al peronismo y detractores de lasupuesta demagogia de su jefe y su esposa Eva, y no vacilaron en aliarse a lo más reaccionario yantinacional de un frente funcional al interés oligárquico-imperialista. Los errores de Perón y suegotismo no debieron oscurecerles el carácter genuinamente nacional y plebeyo de sumovimiento, ni la comprensión geopolítica de que era capaz su jefe. Por fortuna la corriente de laizquierda nacional supo observar el momento desde una perspectiva marxista y a partir de estadejó sentada una reinterpretación de nuestra historia que venía a completar y perfeccionar a las
 
corrientes del revisionismo
 –
tanto rosista como democrático- que desde hacía más de medio siglohabían puesto sobre el tapete la consideración crítica del pasado argentino. Situaba así alperonismo en el lugar clave que le correspondía: la de ser el primer intento moderno de quebrar elmolde del país factoría.A partir de esta reevaluación de la peripecia histórica de nuestro país en la que confluyeron JorgeAbelardo Ramos, Rodolfo Puiggrós, Jorge Enea Spilimbergo, Alfredo Terzaga, Juan José HernándezArregui, Enrique Rivera, Aurelio Narvaja, Norberto Galasso y muchos más, se estableció laconexión entre los dos polos del eje estratégico por el que pasa la liberación nacional. Esto es, lanecesidad de transformar las relaciones de poder que existen en el país, y hacerlo atendiendo alperfil cultural de sus clases y al deseo de incluir esa transformación dentro del encuadre que dictanuestra ubicación geográfica en el mapa.Como señalara Arturo Jauretche, se trata de invertir laproyección Mercator: hay que ver al mundo a partir denosotros mismos y no vernos desde la perspectiva delmundo. Don Arturo comprimió este concepto en una
frase contundente: “Lo nacional es lo universal, vistodesde aquí”.
 El núcleo de toda política liberadora, en efecto, debepartir de la comprensión de las coordenadas que nosson propias. Las nuestras pasan por la inserción en elespacio iberoamericano y por el entendimiento de losmatices que existen en este. Nosotros compartimoslos datos generales que caracterizan a la cultura del subcontinente, pero también nossingularizamos en algunos aspectos. Más que otros países hermanos, tenemos una composiciónaluvional, en gran parte de origen inmigrante, lo que suele complicar la percepción de las cosas engrandes sectores de la clase media. El interés por los pueblos originarios y el complejo de culpa untanto artificiosamente fabricado a propósito de su destino, típico de la progresía, está velando unasubyacente antipatía por el pueblo real que ha hecho este país. El gauchaje atropellado con sañapor la dictadura del Puerto en el siglo XIX y que devino más tarde en la masa operante de los
“cabecitas negras” que estuvieron en la base de la democratización de la sociedad argentina
durante el peronismo, aún hoy sigue representando el basamento criollo y mestizado del puebloprofundo. Mucho más que las minorías indígenas puras, que por cierto requieren protección ycuidado para acercarlas al resto del país, pero con un sentido integrador y nacional, y no fundadoen el divisionismo y el peculiarismo alentado desde afuera y abrazado con entusiasmo por los
adalides del ecologismo étnico…
 Del carácter un tanto alienado de nuestra pequeña burguesía devienen muchos de los problemasgratuitos que nos compramos y de los cuales la pelea por la ubicación del monumento a Colón o aJuana Azurduy, por ejemplo, es un testimonio. No es un problema de envergadura, aunque sí de

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