una ejemplificación de la vida individual entregada al trabajo social y a la creación de unaexistencia nueva donde todo sea alegría, libertad, comprensión de los demás, amor: eldesenlace concluye con las emociones satisfechas en los protagonistas, a quienes no tensaun núcleo dramático sino la afirmación de un programa vital propio, individual, perovolcado hacia el entorno.La época histórica en que se produjo el estreno no podía dejar de ser sensible a los planteamientos ideológicos; más que a los teatrales, tal vez. Y fueron ésos los aplaudidos,hasta el punto de ver en Natacha una heroína, pese a que el autor, a muchos años vista deléxito, la descalificara en tal sentido:«De
Nuestra Natacha
se han escrito muchas tonterías, se ha hecho bandera de acá y allá.¡No es bandera!... era simplemente una obra joven, llena de fe. Quizá un poco evangélica,un poco inocente, un poco romántica, pero de cosas muy auténticas y verdaderas; dondeestá el teatro de los estudiantes, la residencia, los problemas de la coeducación, esasespecies de penitenciarías que eran los reformatorios... ¡En fin! Todo ello estaba hecho conun nobilísimo afán, no de hacer demagogia ni buscar ovaciones, sino de tocar una llaga dela pedagogía española, que es evidente que estaba al alcance de todo el mundo y que nadiehabía tocado.»Pero 1936 avanza y se produce un hecho clave: la guerra civil. Casona sale a Francia y pasa a América como director artístico de la Compañía Díaz de Artigas-Collado pararealizar una gira por distintos países: el 12 de junio de 1937 estrena en México
Prohibido suicidarse en primavera
que, siguiendo los métodos teatrales ya probados en
La Dama del Alba,
en
Otra vez el Diablo,
e incluso en
Nuestra Natacha,
idealiza el conflicto dramáticodesde la presentación: es más, desde las propias acotaciones escénicas. La escenografía del«sanatorio de almas» —esa definición ya resulta sintomática— es la de un cuento dehadas, con vistas a montañas nevadas, lago, jardín de sauces, etc. Pero paradójicamente nodomina el rosa, sino el negro, porque ese sanatorio está presidido por cuadros con lasescenas de la muerte de los grandes suicidas, desde Sócrates a Cleopatra, desde Séneca aLarra. Nos hallamos ante un mundo típicamente casoniano: el drama no es simple, sino complejo;el marco, los personajes secundarios forman parte del drama: o mejor, los dramas menoreso mayores —dado que estamos hablando siempre de individuos—, acompañan a otro que por su ocupación de la escena podemos considerar el principal, y sobre el que parececentrarse el núcleo de la acción. De cualquier modo, todo sirve a una idea central: laexaltación de la vida, el rechazo del suicidio que para Casona es algo aberrante: no haynada que lo justifique porque fuera está la naturaleza, encarnada en la primavera, con todasu potencia, con toda su savia que reanima los deseos de gozar. Canto jubiloso, a través desu envés, esa retahíla de desheredados de la fortuna, del amor, de la afectividad o de lafama que van llegando al sanatorio del doctor Ariel con ánimo de poner fin a sus días.Como ocurre en otras piezas «de abanico» de Casona, el dramaturgo ha tratado deenumerar, a través de personajes, los males principales de la sociedad civilizada, delmundo urbano, sobre el que se insiste de forma particular mediante comparaciones: en laciudad, la primavera no llega nunca, mientras que en medio de la naturaleza, en lasmontañas recónditas en las que el doctor Ariel buscó su refugio, los almendros en flor, latierra renaciendo en brotes, los árboles con sus pujantes capullos son un golpetazoespasmódico en la sangre. Y entre esos personajes encontramos arquetipos del teatrocasoniano: el primero es, por supuesto, ese doctor-salvador, el ser que parece encarnaciónde Dios o del padre, que lo dispone todo para la salvación de sus hijos, pero no por lafuerza: abre los caminos, pule las sendas para que por ellas se deslicen los desdichadoshacia la felicidad, simbolizada en este caso por el simple respirar el aire cotidiano, por elsimple alentar en este mundo.
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