en el sexo. Leshaa gustaba de quien le transmitiera sensaciones, al mismo tiempo,de calma y emoción, así como de protectiva ternura, y tendía a confrontarse conquien le hiciera sentir débil y le provocara demasiadas exigencias afectivas. Ahoramismo estaba algo alterada, pero, como siempre, la sensación del espejo le ibadevolviendo lentamente el control. Con movimientos horizontales se despojó de la pequeña chaqueta de metal flexible y sin explicárselo se llevó a los dientes la puntadel tirante de cuero que sostenía abrochado a la cintura. Con un estirón del cuelloavanzó la desabotonadura. Una embriaguez lenta se fue apoderando de su cuerpo yla necesidad de dialogar consigo misma se le hizo imperiosa como si unaconjunción pletórica se le anidara en lo más profundo y requiriese del más viejosentido humano.Leshaa bajó un poco su falda y el ombligo salió como un astro en la mañana.Vertical y profundo, el agujero, con leves vellos y suave rosado, pareció agrandarseen el espejo, como si un zoom lo hubiese hecho dueño y señor del espacio,totalidad envolvente y absoluta, valle poblado donde caminar y entretenerse enveredas y riachuelos. La propia mujer quedó extasiada. Luz en los alrededores, población donde los ruidos abundaban y los colores serenos contrastaban con losviolentos, terquedad de las apariciones ancestrales y un murmurio de río Océanoque congregaba las eternidades adormecidas pero siempre vigilantes. Leshaa sintióque la halaban y la piel le crecía como en un embarazo conseguido con un falo permanente. Se cimbró como si un orgasmo gustoso le saliera de cada poro y ungrito de placer asomó a su garganta. Se le escapó ligeramente a pesar de suesfuerzo por ahogarlo y el apretujón en su cuello le aumentó el placer y el dolor,siameses que lograba percibir en su futuro. Bajó los brazos buscándose adentro pero le resultaron insuficientes para alcanzar las nuevas dimensiones y sus manosquedaron como huecas al conformarse con el intento fallido. Un remolino pareciódesatarse sobre la vegetación recién insurgida y las voces iniciaron la pugna por hacerse reconocibles en los laberintos que intuía acechaban múltiples y delgadoscual hilos lacerantes. La congregación parecía aumentar y las procedencias sediversificaban, bailaban desde su extrañeza, mientras la audacia de la inesperadaapertura incrementaba las ansias. Bordes de oxidiana, círculo en giro, espacio devolcán, camino a las serranías y a los pozos, acceso a los lagartos y a los harapos, alos huesos humedecidos y a las pieles colgantes, a las heridas atravesadas, a lascuencas sin periferia, al viaje en retroceso, a la lava como mar de residuos. Pasaje,centro, vía, sombra solitaria se desteta de la materia que toma su propio rumbo,hacia el espacio visible, liberación de la condena, divorcio inevitable. El cosmosabrió las puertas, en el centro, las únicas puertas que se abren están allí, hacia los pasadizos del alma, hacia los mitos que se originan y se expanden en el mundoexterior como papagayos dejados a la merced de los vientos del verano y alimentode las almas que cuentan en los oídos y chismean en las madrugadas frías en lasorejas de los predestinados. En el cuerpo, escenario de los mundos, carrera hasta lameta de ser nadie, enterrarse a buscar la oscuridad, el infierno, la sombra. Los seresestán instalados en las calderas de agua azucarada o de azufre, del mismo origen, precio a pagar, condición inevitable para pretender las esferas luminosas. Primerohay que recorrer los intestinos, ensuciarse, pasar la mano embadurnada sobre elfondo polvoriento de los racimos de telarañas, lambetear los límites de las penumbras. Descenso, revolcarse, incrustarse en la mente, determinar los orígenescomunes de las palabras que significan albergue y combate, desde las aguas del
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