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Teódulo López Meléndez
EL INDETERMINADODE CABEZA DE BRONCE
A Angélica,In Memoriam
 
 
 No hay que creer que el tiempo transcurridovuelva a la nada; el tiempo es uno y eterno;el pasado, el presente y el futuro no son másque aspectos diferentes - grabados diferentes, si lo prefieren - de un registro continuo,invariable, de la existencia perpetua
Eric Temple Bell
Toda la cuestión de la mecánica cuánticaestriba en que tiene una visióndiferente de la realidad.En esta concepción, un objetono posee simplemente una sola historiasino todas las historias posibles
Stephen Hawking
 Los animales míticos son seres que vivenen el cuerpo humano
Daniel Medvedov
 Lo que se dilata no es un cosmosde devenir incierto,es el globo ocular de un ojoque engloba completamente el cuerpodel hombre...el mundo entero sevuelve de pronto endótico; un fin queimplica tanto el olvido de la exterioridad espacial cuanto el de la exterioridad temporal a favor únicamente del instante "presente"...
Paul Virilio
"Los comunes mortales desconocen que este atento sabor proviene de la conjunción de lasDiosas del Mar y de la Tierra. Lo representaré para Su Majestad en oro y esmalte", dijoBenvenuto mientras organizaba los materiales sobre el gran tablón lleno de martillos de diversos
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tamaños y de cinceles y moldes. Sobre ellos se enseñoreaba una pequeña fragua cuya llama azul parecía independiente.Erelieva lo escuchaba con las manos en la cintura y un movimiento de burla. Vestía ricas prendas y una peluca blanca ocultaba sus negros cabellos. Observó al orfebre afanarse, llevó -como si pretendiese liberarlas- las manos al corsé que aprisionaba sus grandes tetas y le espetó:-- No le gustará a Francisco, lo que tienes en mente es demasiado rebuscado.Benvenuto la ignoró y continuó su tarea.-- Francisco nunca te dijo que debías hacerle un salero - insistió la mujer.El orfebre comenzó a fundir vidrio con óxido de cobalto y un bellísimo azul comenzó a emerger."Este es de Diosa del Mar", exclamó entusiasmado.-- A Francisco nunca le ha gustado el azul - repiqueteó Erelieva.El barniz vítreo fue tomando su peculiar textura mientras el artista dirigía su atención hacia lafundición de un lingote de oro.-- Has debido hacer otra cosa, Francisco tiene demasiadas piezas áureas. El invierno de Viena era especialmente rígido. La nieve cubría totalmente los bosques aledaños yel viejo edificio del Parlamento parecía un bloque de hielo. El rumor de la opereta, representadaen el salón contiguo, se paseaba por los pasillos del museo entreteniéndose en los marcos de loscuadros y envolviendo con dulzura las esculturas alineadas en armonía con los bien cuidados pinos del jardín. El hombre miró el salero de oro y esmalte en la antigua vitrina de madera ycristal. "Está igual", pensó. Había ido al Kunsthistorisches Museum con el exclusivo propósito dever ese objeto y ahora que lo tenía delante le invadía una mezcla de tristeza y alegría. Ni siquieralas rudas manos de Francisco I habían desgastado las incrustaciones de oro y menos las de lossirvientes habían logrado producir algún daño al esmalte. Allí estaba el esplendoroso azul de laDiosa del Mar y la presencia rotunda de la Diosa de la Tierra. "¿Aún tendrá sal?", se preguntóensayando una sonrisa, para responderse que seguramente no, que los encargados del museo lomantendrían absolutamente limpio para evitar algún tipo de corrosión, desconociendo que elcristal del que estaba hecho era a prueba de cualquier sustancia, mucho más de la sal pues paracontenerla había sido concebido. Miró la vajilla de la época que acompañaba al salero en la vitrinay un dejo de nostalgia se apoderó de su rostro. La F y el I, el dueño y su número en la historia, seentrelazaban a mitad de cada plato y hasta las cucharillas de plata las portaban. La música que sedeslizaba del teatrillo del museo le recordó aquella de la pasantía por París. Allí lo había acogidola protección de Su Majestad, enamorado de sus monedas labradas, de las joyas trazadas con perfección, de los adornos y floreros exquisitos. Una ninfa quería Francisco I y una ninfa le habíadado, la más bella de todas, pensaba, mientras los recuerdos se sucedían en cadena.
 Ninfa de Fontainbleau
, había decidido el monarca, para que se bañara a diario en el agua, para que seasociara al azul, su color preferido. Ahora estaba en el Louvre, siempre en París, recordó,mientras lentamente avanzaba hacia la puerta que daba al inmenso y rectangular jardín. El frío dela mañana le golpeó el rostro con fuerza. Acomodó la bufanda, calzó los guantes de cuero ycomenzó a moverse a lo largo de la vasta extensión. Sí, en el Louvre continuaba preciosa, buenmuseo aquél, pensó, no sin reflexionar que la posteridad le había dado la importancia merecida. Elsalero era, sin embargo, la única pieza de orfebrería que había sobrevivido en el tiempo. Seinterrogó como habría ido a parar a Viena, pero desistió de preguntárselo cuando vinieron a sumente las guerras y la historia, los saqueos de tesoros artísticos y las subastas donde los amadosobjetos eran vendidos al mejor postor. Se preguntó que haría cuando traspasase las verjas dehierro que rodeaban al jardín. Tenía luego una cita en un café del centro, pero aún disponía de un par de horas. Recordó los tiempos en que corría a escribir siempre apremiado por la falta de papely tinta y sobre todo por aquellas plumas cuyas puntas se rompían con una facilidadimpresionante. Hoy podría dictarle a una computadora que corregiría sus errores de sintaxis y podría poner aquellas confesiones en diversos idiomas con la misma perfección que había puestoen sus desaparecidas piezas de orfebrería, en sus monedas, esculturas y grabados. "Menos malque el salero está allí, para que la gente de estos tiempos me recuerde", se congratuló por uninstante, mientras su pensamiento volvía al único libro que había escrito. Lo había redactado con brutal sinceridad y con una prisa teñida de dolores. "Eso es algo que no se olvida", se dijo esta
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