PREFACIO Creo que fue en 1939 cuando por primera vez leí algo de Gombrowicz. Yo vivía aún en La Plata, donde había- mos inventado con mi amigo el astrónomo Miguel Itsig- zohn un tipo de humor paranoico que denominamos
mar-gotinismo
. Con los años aprendí que tales invenciones en rigor son siempre descubrimientos, y que aquella reacción un poco demencial contra un universo deshumanizado era casi inevitable. Fue por entonces cuando me llegó la revista
Papeles de Buenos Aires
, que dirigía Adolfo de Obieta. Con estupor leí el cuento titulado
Filifor forrado de niño
, de un desconocido de nombre polaco: Witold Gombrowicz.Corrí a buscar a Miguel, con la revista en la mano. Nos pareció de pronto milagroso que algo tan aparentemente descabellado como el margotinismo (y, por lo tanto, pro- ducto de la pura casualidad) pudiera surgir en otro remoto lugar de la tierra, con características tan similares.No recuerdo ahora cómo nos encontramos, más tarde, con el propio autor de aquel relato. Era un individuo flaco, muy nervioso, que chupaba ávidamente su cigarrillo, que desde- ñosamente emitía juicios arrogantes e inesperados. Parecía helado y cerebral. Era difícil adivinar debajo de esa coraza el cálido fondo humano que latía en aquel exilado vaga- mente conde, pero auténticamente aristócrata.Supe entonces que
Filifor
formaba parte de una novela llamada
Ferdydurke
, que ardía por leer. Pero su autor no estaba en condiciones de hacerla traducir ni editar. Pobre,desanimado, trabajando en una oficina bancaria, caminando por las calles del Bajo, jugando partidas de ajedrez en ca- fés llenos de humo, nadie o casi nadie adivinaba en aquel sujeto a un formidable artista; más bien la gente se incli- naba a considerarlo como a un mistificador o a un mitó- mano. Hasta que una mujer (significativa paradoja para
7
Leave a Comment