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Diablo en el Pelo - Echavarren

Diablo en el Pelo - Echavarren

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09/10/2013

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1
EL DIABLO EN EL PELO
23
Roberto Echavarren
EL DIABLO EN EL PELO
4
el cuenco de plata /
latinoamericanaDirector editorial: Edgardo RussoDiseño y producción: Pablo Hernández© 2005, Roberto Echavarren© 2005, El cuenco de plataMéxico 474 D
to.
23 (1097) Buenos Aires, Argentinawww.elcuencodeplata.com.arISBN: 987-1228-X-XImpreso en julio de 2005
Prohibida la reproducción parcial o total de este libro sin la autorización previa del editor y/o autor.
Echavarren, Roberto
El diablo en el pelo
- 1° ed. - Buenos AiresEl Cuenco de Plata, 2005352 pgs. - 20x13 cm. - (latinoamericana)ISBN 987-1228-X-X1. Novela I. TítuloCDD U86X5
Pero en la carrera, con pesada mano,el destino me agarró del pelo.
Marina Tsvetáieva
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RIMERA PARTE
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Una noche caliente acudió a la fiesta de aniversario de un músicoen un predio abierto, ya campo, en las afueras. Desde el enclave,relativamente elevado, se divisaban macizos de cañabrava, laderasverdes, la cuña lunar, un cielo picoteado de luceros. Antes que nada,en primer plano, había un árbol de magnolias: iluminaba el oscurocon una dentadura muy blanca, córneas de ojos muy blancas, espumade olas resplandeciente de noctilucas. Al retirarse, cumplido elplazo del festejo, bajo el tema “De vuelta de los muertos”, quitó elcandado y abrió el portón. Lentamente la camioneta, su nueva fielservidora, giró frente al árbol de magnolias en dirección a la salida.Las ruedas resbalaron sobre el balasto hasta que el vehículo,coleando un poco, se alejó, delante de una nube de polvillo.Sobre la avenida principal, en el centro, ya de madrugada, compróuna rosa a un chico sin dientes que le sonrió. Le quedó en laretina una gota plateada del árbol de magnolias. Le parecía divisar,en cada esquina, a lo lejos, por calles que desembocaban en el estuario,un copo flotante de espuma blanca. Hasta que percibió elbulto. Alguien, Don Quién, caminaba en el mismo sentido que elvehículo. Captó primero la espalda: una cortina de pelo fuliginosofulguraba bajo el alumbrado. Cargaba una mochila negra. ¿Dóndeterminaba la crin? ¿Dónde empezaba la mochila? La crinsemoviente aminoró la marcha. Tomás frenó para avizorar el hocicoentre las greñas. ¿Se trataba de una hembra? Imposible decirlo.El caminante torció en una esquina. El coche dobló tras él.Estacionó en la vereda de enfrente. A causa de cierto desembarazoen la marcha del desconocido, decidió que era varón. Cruzó frenteal coche y volvió la cabeza. El chofer saludó con una venia. El anómalobajó a la calzada, se acercó. Sonreía. Se reía. Gritó dos veces:
 
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–¡No soy una mina!No soy una mina. Se definía por lo que no era.–Ya lo sé.Se había dado cuenta en el momento mismo. El zangolotinoparó cabe la ventanilla. Cambió de postura, soltó una frase. Tenía que retenerlo a como diere lugar. Lo invitó a subir, cosaque el otro hizo, con una sonrisa maravillada; se acomodó en elasiento, ubicando la mochila entre las piernas.–¿El auto es tuyo?La pregunta le pareció no sólo abrupta, sino extrañamentedescolocada, como si el vehículo fuera más importante que supersona. Craso, directo, el desconocido ponía en evidencia unaescala de intereses. Pero a la vez le brindaba un pretexto parahablar, de modo que le siguió la corriente.–Sí.–Por la manera en que contestaste pienso que debe ser tuyo.Los que usan el auto de papá responden de otro modo. Son demasiadoenfáticos al asegurar que son los dueños.Sobrepasado el primer punto del examen, continuó:–Mirame, para que te vea bien. ¡Ah! Tenés cara de bueno.Debés ser buenísimo.Habría preferido otro calificativo. Es posible aprovecharse delos buenos. Los buenos no resultan perturbadores. “No soy unamina”, en cambio, sí lo era. Bamboleaba las crines, que se detuvieronun instante.–¿Llevás una motosierra en la mochila? –retrucó el chofer, intentandorobar el control de las preguntas.–Sólo traigo ropa.Abrió el bolso, como si estuviera frente a un oficial de aduanas. Tomás desdeñó revisar el contenido.–Pasé dos días en casa de un loco. Nos peleamos y me llevémis cosas.Era de Colón, un barrio lejano. Lo invitó a dar un giro.–No, gracias. Quedé en encontrarme con unos conocidos en unbar.–Te puedo acercar adonde vayas.–No, no vale la pena.
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La actitud del reyuno no era naranjas de la China. Era sólo loque era: seductora, indolente. Tal vez estaba cansado. Tal vezquería posponer la aventura para incrementar el deseo de Tommy.¿Cómo cazar esa paloma de camisilla blanca? Juli, Julián, Juliano,así se llamaba. Sonrió; los dientes del “apóstata” brillaron cuajadosen la boca. Una magnolia ahogada. La cifra del verano.Podía pasarle el teléfono: esperar sentado a que lo llamase.Sentado, en efecto; previó el ansia torturante, el acecho enloquecidode un campanillazo, que sonaría o no sonaría, el salto delcorazón cada vez al descolgar, el desencanto al oír el saludo de unpelmazo, no la voz esperada; y todo esto sin término, por días ydías. Ni siquiera traía un lápiz; debería por tanto confiar en lamemoria del otro. No, de ningún modo; para asegurar la comunicaciónnecesitaba el número de la blancura alucinatoria.–Quisiera verte en otro momento. ¿Puedo llamarte?–Tengo teléfono. Pero no me gusta darlo a quien no conozco. Mimadre atiende, se preocupa. Se lo di a un tarado que me llama todoel tiempo.–No soy un plomo, no soy un delirante. Ya viste que tengo carade bueno. Tu madre no tendrá quejas de mí.La paloma vaciló; tal vez hubiera pensado en las mismas cosas.
 
Al fin produjo la cifra mágica. El chofer la grabó en la mentea fuego, como una marca sobre los cuartos de una vaca; la pelotaestaba en sus manos; podía llamarlo cuando se le ocurriese. (Curiosamente,no se le ocurrió pensar que el número fuese falso.) Tras algún circunloquio, el “apóstata” dio a entender que su destinopresente era la discoteca de entendidos a la vuelta de la esquina.–Justo allí voy también yo.Era verdad; a falta de algo mejor, planeaba caer por esa disco;por lo tanto entraron juntos. El chaval le pidió unas monedas paradepositar la mochila en ropería.Si Tomás tuvo alguna esperanza de ablandarlo en el bailongo acausa del trago, no hubo trago: el otro no aceptó invitaciones. Desapareciópresto entre la gente, que era mucha; en noche de domingosólo cobraban la consumición. Para olvidarlo, al menos por esavelada, dedicó notable energía a conocer a algunos que le despertaronun interés mediocre. Topó de nuevo a “No soy una mina”;
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intercambiaron dos o tres frases. Su dentadura, bajo la luz negra,brillaba fosforescente. Se moría de ganas de hablar con él, pero éstevolvió a apartarse.Cuando se dio vuelta, después de seguirlo con los ojos, descubrió,frente por frente, a alguien que hasta entonces no había visto;era espigado, parecía una chica tímida; le recordó a la hija delagregado cultural de la Embajada de Brasil, una muchacha a quienhabía conocido de adolescente; ella se había enamorado de él, persiguiéndolocon furia. Ahora la flaca brasilera remontó el cauce desu mirada, se volvió a un costado, a fin de depositar la copa vacíasobre la repisa. Tomás aprovechó ese interludio para acercarse; sepresentaron. Le llamó la atención el modo extraño en que el guachocolocaba la voz, que recordaba el graznido de un pájaro. Cada vezque él decía una frase, Miss Brasil quedaba prendada de sus labios;sí: era sordo; no, como dicen, “tapia”, porque algo oía. No tardó enpresentarle al núcleo de sus conocidos, todos más sordos que él; secomunicaban por señas. No obstante bailaban con desenvoltura;oían con la membrana de todo el cuerpo, explicó José –que así sellamaba el falso brasilero de ojos verdes.Al fin de la noche “se repartía el pescado”; invitó a José a tomarun trago en otro bar. Todos los locales estaban cerrados, por lo quecompraron una botella en un veinticuatro horas y enfilaron para lacasa. Mientras conducía –entraban a la Rambla– Miss Brasil lepuso una mano en el muslo.–Tengo mucho para contarte acerca de mi vida.Se refugiaron en el domicilio del chofer. Esperaba, respirando elaire lento.–Cuéntame tu vida –entrompó los labios, para que el sordo comprendiera.Con una sonrisa deslumbrada, en el espejismo de la hora y el alcohol,la melena crespa a lo largo de la espalda hasta el coxis, José seveía enormemente atractivo. Al poco rato habían olvidado las solemnidades;se tiraban uno a otro los almohadones del sofá, saltaban y secruzaban, empujándose hasta hacerse caer; caían, se revolcaban.Despatarrados, sudando, ajustaron los cuerpos uno encima delotro. Frotó las corvas, el tórax fibroso, las larguísimas piernasfutboleras, la ajorca que llevaba José en un tobillo.
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Dos días más tarde, ya con el sol alto, repuesto, en plena posesiónde su energía, estuvo en condiciones de pulsar el teléfono. De nohaberse agotado en una drástica gimnasia con Miss Brasil, no habríaresistido dilatar la llamada tanto. No obsta; la espera fue un acierto.–Creí que no ibas a llamar –dijo Julián.Fingido o real en su urgencia, el reclamo, desde el otro extremo,

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