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Cómo podemos hacer crecer bien

Cómo podemos hacer crecer bien

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04/08/2014

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Colegio Santa Caterina da Siena
 –
Lambaré
Escuela de Padres 2013
4º Encuentro: “¿Cómo podemos hacer crecer “bien” a nuestros hijos?” 
 
Giovanna Tagliabue
¿Cuántas veces durante este mes nos hemos detenido y verificado cómoestamos viviendo? , ¿Dónde se está yendo el rumbo de nuestra vida?
Nos encontramos ante tiempos difíciles y no solo a nivel sociopolítico, por lo que escompletamente necesario que la persona viva más plena y responsablemente suautoconciencia.Una hegemonía cultural y social tiende a penetrar en nuestro corazón, agravando nuestras
ya habituales incertidumbres”. Es decir, el poder no quiere solamente quitarnos el “poder”,
quiere quitarnos el alma, ¡nos quiere a nosotros! Y la cuestión es que puede lograrlo.¿Cómo incide en nosotros esta hegemonía cultural? Si no nos damos cuenta de esto,estamos acabados.El desafío es encontrar personas que no han renunciado al deseo de felicidad, al deseo deser sí mismo.
¿Cómo podemos hacer crecer “bien” a nuestros hijos?
 Nuestros hijos crecen. Su deseo es volverse grandes. ¿Cómo podemos hacerloscrecer bien?
El crecimiento no es el éxito inevitable y necesario de una acción que nosotros podemoscumplir en relación con el chico. Es algo que tiene autonomía propia, es algo que
 “acontece”. Que lo
queramos o no, nuestros hijos crecen también sin nosotros: no somosnosotros a dar potencia a sus músculos o a expandir su cerebro y su corazón. Cierto,nosotros debemos favorecer su crecimiento. En la casa y en la escuela con el crecimientode los mucha
chos debemos hacer las cuentas. Por eso, el “crecimiento” es también el
criterio con el cual juzgar o verificar la bondad de nuestra acción educativa. Debemoscontinuamente preguntarnos si están creciendo bien.El chico, justamente porque últimamente no depende de ti, de la familia y tanto menosde la escuela, sino que tiene una identidad personal que siempre reivindica, plantea aquien está cerca interrogantes constantes y obliga a una verificación permanente. Y túestás obligado a dar razón de tus elecciones, eres solicitado a corregir o cambiar lasmodalidades.Hacer crecer a los hijos es la ocasión que tenemos para crecer nosotros. Si nosotros nocrecemos, no crecen tampoco nuestros hijos. De hecho, un chico aprende a vivir mirandoa otro que vive.Un amigo maestro contaba:
“Un domingo a la tarde estaba corrigiendo los temas de italiano, absorto en mi trabajo.
Tenía a mi hijo Stefano, que tenía 5 o 6 años. Bien: me acuerdo que aquel día levanto la cabeza y, al lado de la mesa - es una mesa bastante grande -, me cruzo con los ojos de mi hijo. Tenía una altura que apenas alcanzaba la mesa, le veía sólo los ojos: me quedé impresionadísimo por aquellos ojos. Mi hijo se había puesto a lado mío y me observaba un poco de lejos y un poco curioso, en silencio, sin tener necesidad de algo particular, es decir no había venido porque tenía necesidad de comer, vestirse, jugar o de algo, pero observaba a su papá haciendo su trabajo. En aquella mirada así silenciosa me pareció 
 
2
entender esto 
– 
este hecho me ha traspasado, fue como un rayo que te atraviesa el cerebro 
– 
en aquella mirada me pareció escuchar, aunque no expresado con palabras un 
pedido terrible: era como si mi hijo, mirándome así, me dijera: “ 
Papá, asegúrame que valió la pena venir al mundo 
. ¡Basta! ¡Te pi 
do sólo eso!” 
 
Nuestros hijos nos piden hacerles ver que la realidad en la cual los tenemos metidos esbella.
 Y cuando hablan de “realidad” entienden la cosa más simple: las personas con las que
convivimos; la naturaleza en la cual habitamos; la experiencia cotidiana que hacemos [el
trabajo, el amor, la enfermedad…]. Nos preguntan acerca del sentido de todas las cosas
con las que se encuentran. A este pedido de sentido nosotros debemos responder. Si un padre o un educador, notienen una respuesta,
de la cual estén ciertos, si “no saben más qué decir” y cómo hacer,
pierden toda autoridad, y sin autoridad no se puede educar. No podemos contentarnoscon transmitir informaciones y reglas de vida para que no se haga el mal. No podemospermitirnos no dar razones serias sobre el porqué se vive bien; no podemos no darrazones para no odiarse y tolerarnos, porque amarse y convivir.La primera hipótesis explicativa de la realidad es aquella que el chico ve en acto en lospropios padres (después en la escuela, con los amigos, etc.), es decir el modo con el queellos se dejan impactar por la realidad, el modo con el cual se relacionan con la realidad.Un modo muy simple para contrastar el quieto vivir de quien evita dar juiciosescondiéndose detrás del consabid
o “cada uno es libre de hacer lo que quiere” es elproponer: “si haces así después estarás contento”; “hay un bien para tu vida: esto tieneque ver contigo”. Las relaciones educativas nacen en respuesta a la pregunta que cada
uno, explícita o implícitament
e, dirige a quien encuentra: “no me dejes como soy”, hazme
caminar hacia mí bien. Aceptar involucrarse en esta pregunta es preocuparse delcrecimiento de la persona.
¿Cómo educar a los propios hijos a descubrir el significado de la realidad, areconocer que todo aquello que encuentran tiene un sentido?
Es necesario acostumbrarlos a pedir, a preguntar continuamente porqué. Y responder a
ellos siempre, a partir de las propias convicciones. La falta de una respuesta o decir “lo
descubrirás cuando seas más gr
ande” genera duda, incertidumbre. El chico no aceptará
vivir en la duda y entonces aceptará por buenas las respuestas que le lleguen de losamigos o de los medios de comunicación, de la mentalidad dominante.Enseñar a preguntar forma parte del camino de la certeza. Responder significa decirlesque existe una respuesta, que existe un significado y que se puede conocer, tanto escierto que nosotros lo hemos encontrado. Le corresponderá a él verificar, con el tiempo, sinuestra respuesta lo convence, si es correspondiente a los deseos de su corazón, si
nuestra respuesta para él “es mejor” que otra. Verificar si aquello que nosotros decimos es
verdadero, puede ser verdadero también para él, es un camino absolutamente necesario ypersonal. Nosotros no podemos sustituirnos a él. El riesgo que pueda dar respuestasdiferentes de las nuestras forma parte del riesgo del educar, al cual nosotros no podemossustraernos.
 
3
Los hijos quieren hacer por sí solos, pero no siempre aquello que hacen estábien: ¿cómo actuar?
El deseo de hacer por sí solos puede ser comprensible, pero no se debe confundir laautonomía con la independencia; autonomía es el tentar de moverse con las propiaspiernas sobre algunos aspectos de la vida cotidiana, también en referencia al trabajoescolástico. La independencia es lo contrario de la dependencia. La dependencia es laexperiencia fundamental de lo humano. La experiencia enseña que aquel que no sabedepender, tampoco sabe ser autónomo. Y el lugar en el cual se aprende a depender es justamente la familia. La familia educa la interdependencia. Es el primer laboratorio dondelas personas se dan cuenta de que no se bastan a sí mismas, que están vinculadas a losotros, que su sentido y su misma existencia depende de los otros. Es decir, se aprendeque Otro nos ha hecho y se ha hecho cargo de nosotros, incluso si no lo merecemos, justoen el momento en el cual no habíamos hecho nada para merecerlo. La familia es el lugardonde se experimentan los lazos entre las personas y tal experiencia permite despuésentrar en la sociedad sabiéndose relacionar, mirando a los otros en términos positivos con
la expectativa de tener nuevos lazos “buenos”. El primer nexo del que el hijo aprende es
el que une al padre con la diversidad de la madre, a la madre con la diversidad que es él,a él con el otro, representado por los hermanos.Los hijos nos miran y a veces incluso nuestro simple actuar puede bastar, puede ser paraellos respuesta a sus preguntas; no siempre sirve hacer otra cosa.
¿Cómo enseñarles a apreciar lo que tienen? Quieren cada vez más...
Es necesario hacerles ver que en la búsqueda continua de la felicidad, se debe partir de lopositivo presente y no por aquello que falta. Y como siempre, esto lo aprenden gracias anosotros. Si nosotros no estamos contentos con lo que tenemos, si nuestra vida estáorientada de modo a tener cada vez más, pensarán que la felicidad consiste en tener cadavez más. O peor, si no estamos contentos con lo que somos, si las relaciones que tenemosen la familia, con los amigos, si nuestro trabajo no nos vuelve contentos, si respirannuestra insatisfacción, también ellos se mostrarán insatisfechos y estarán llenos decontinuas exigencias.Esto no significa que no debamos buscar mejorar nuestra vida y la de ellos, pero esnecesario hacerlo justamente a partir del agradecimiento por aquello que ya tenemos, queen mayor medida nos ha sido dado, comenzando por la vida, y en parte lo hemosconquistado con fatiga.Nosotros entregamos a nuestros hijos todo aquello que poseemos, que representa elequipaje con el cual iniciarán su camino y que más adelante enriquecerán con susexperiencias personales.
¿Qué salva a los padres del terrible chantaje de tener que ser “perfectos”?
Es necesario estar dentro de una experiencia en la cual podamos ser continuamenteliberados y corregidos. El padre vive sus elecciones dentro de una compañía concreta(mujer, marido, amigos, comunidad...) que participa amigablemente en el destino delchico.La otra opción es la soledad que proviene de la convicción de que no hay nadie másgrande del que podamos aprender.

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