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CARACTERÍSTICAS DE UNA PERSONA DE CALIDAD.docx

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Published by: Hernandez Hernandez Jesus on Jul 16, 2013
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07/16/2013

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DESARROLLO HUMANO
INSTITUO TECNOLOGICO DE REYNOSANOMBRE DEL ALUMNO: JESUS HERNANDEZ HERNANDEZ ESPECIALIDAD: INGENIERIA ELECTRONICAMATERIA: DESARROLLO HUMANO¨TRABAJO DE INVESTIGACION¨ (CARACTERISTICAS DE CALIDAD DE LAPERSONA)TEMA: AUTORREALIZACION GRADO: SEGUNDO SEMESTRE 
 
DESARROLLO HUMANO
Jesús Hernández Página 2
Existen muchas definiciones acerca de lo que significa la calidad dentro de unaorganización, y más aun de lo que significa gerencial con calidad, básicamente, lacalidad se refiere a la excelencia relativa de un producto para satisfacer o exceder lasnecesidades y expectativas razonables de un cliente. A continuación, se presentanconceptualizaciones de los más conocidos autores en esta materia, así como losrespectivos modelos de gerencia a través de la calidad total de cada uno de ellos.Dr.Edward Deming: "Es un grado de uniformidad y confianza previsible a un costo bajoadecuado para el mercado".Estoy convencido de que mi moderado «optimismo», mi convicción de que el mundono es tan repugnante como a veces parece y muchos admiten, tiene una de sus causasen que el reducido círculo de mis relaciones próximas tiene una calidad muy aceptable,que sería peligroso generalizar.Y esto no es casualidad. Creo que es decisiva, tanto en la vida personal como en lacolectiva, la capacidad -y la voluntad- de «distinguir de personas». Lo primero que serequiere es atención; lo segundo, tomar en serio lo que se ve y obrar en consecuencia.He tenido decepciones, algunas muy graves, a lo largo de mi vida; unas, originadas enno haber hecho suficiente caso de lo que veía, de haber cedido a la opinión dominante,a ciertos prestigios injustificados; las otras decepciones han sido consecuencia de algocon lo que hay que contar: la posibilidad de variación de las personas, para bien o paramal, la capacidad de rectificación o de abandono, de ceder a diversas tentaciones, derencor.En la vida privada esto es esencial, y de ello depende en extraordinaria medida elacierto y la posibilidad de alcanzar alguna felicidad. En la vida pública, y sobre todocuando se vive en democracia, es probablemente lo más importante. ¿En quién sepuede confiar? ¿A quién se puede elegir para que ejerza el poder y lo administre, paraque dirija nuestros destinos colectivos? ¿De quién se puede esperar talento, cordura,respeto, decencia?La televisión, tan lamentable por lo general, que en tan inquietante medida contribuyeal descenso de la calidad de los espectadores, tiene una ventaja inapreciable: nosmuestra los rostros, los gestos, las palabras de muchas personas que pueden influir ennuestras vidas. Se dirá y se dirá bien, que la proporción no respeta la importancia ointerés de las presentaciones: aparecen incesantemente muchos que no lo justifican;pocas, o ninguna, algunos a quienes valdría la pena ver.Cuando veo a alguien que muestra serenidad, corrección, educación, energía, claridadde pensamiento y palabra, ciento una oleadas de confianza y esperanza; cuandoalguna de estas cualidades falta, empieza mi inquietud, mi descontento. Pero cuandoaparece en pantalla alguien que miente, que falta a la verdad, que falsea los hechos,por ejemplo la historia, o lo que otros han dicho, que calumnia, mi descalificación esinmediata y decisiva: se trata de alguien de quien no puedo fiarme, en quien no podrédepositar la menor confianza.Algo semejante me inspira quien aparece dominado por el odio, por el rencor, poralguna pasión inconfesable. La grosería, la mala educación, la cólera desatada contralos adversarios -o contra los próximos discrepantes- indica una calidad humanalamentable.Las «malas compañías» son también perturbadoras. Cuando personas que tienenalguna pretensión de valor e importancia se asocian a las que no parecen decorosas, lacondición de estas últimas refluye sobre las primeras.
 
DESARROLLO HUMANO
Jesús Hernández Página 3
A veces se advierten cambios poco explicables: tal escritor, investigador, historiador opolítico, que había mostrado competencia, acierto y prestigio, vuelve la espalda a todoello y empieza a decir o hacer cosas incoherentes con lo que se podía esperar. Sesospecha que «respira por la herida», que acaso aspiraba a una distinción o un puestoque no ha conseguido.Si se exigiera «calidad personal», si se tomara en serio lo que se «sabe», lo que se ve,el acierto sería mayor. Hay personas que se ganan mi estimación y mi confianza aprimera vista; hay otras a las que excluyo por haberlas visto mentir, insultar,calumniar, descomponerse patológicamente, exhibir un impúdico rencor, o una patentehipocresía.Imagínese lo que podría ser la realidad de un país si sus ciudadanos tuvieran encuenta lo que ven, lo que por eso saben, si dejaran fluir en sus actos lo que sienten ensu intimidad. Que no ocurre así es notorio: no se puede contar con que el criterio en lavida real sea la calidad personal de los demás -lo cual llevaría, claro está, a velar por lapropia, a no dejarla descender, a no venderla por ningún precio.¿Por qué es así? Las causas son muchas y dispares. Enumeremos algunas. La primera,la falta de atención; muchos resbalan sobre lo que ven u oyen, no acaban deenterarse, no le dan importancia; en segundo lugar, la mala memoria: no se recuerdalo que hizo buena o mala impresión, no se retiene el entusiasmo o la repugnancia queinspiró una actuación ya lejana. Añádase a esto la desorientación cuidadosamenteplaneada que se está ejerciendo por diversos medios de comunicación sobre lasociedad. Se da por supuesto que «todo vale»; se vierte sarcasmo sobre lo que sequiere desprestigiar; se equipara lo «frecuente» con lo «normal», esto con lo «lícito»,esto con lo «moral». El rasgo dominante en el mundo actual no es la inmoralidad sinola desorientación. Por esto es difícil la claridad sobre la calidad de las personas,improbable que se la tenga en cuenta.No se me oculta que existe otro factor, parcial pero decisivo. Hay un número depersonas, sin duda considerable, que son «incondicionales» de una posición, de unpartido político, de un medio de comunicación. Para ellos, eso es la «realidad» sin más.No consentirán ver otra cosa. Ninguna conducta, por repulsiva o errónea que sea, losllevará a retirar su apoyo. Hay algunos núcleos de «fanatismo» -esta es la palabraadecuada- con los que hay que contar.No sería malo contarlos, saber cuál es su volumen. Se vería que son varios, desigualesen volumen e importancia, en intensidad. El papel que estos fanatismos tienen en elmundo actual es evidente; en algunos países todo está condicionado por ellos; enotros, más afortunados, son minoritarios, pero hay el peligro de que se los dejedecidir. He hablado en ocasiones del reciente fenómeno de la «opresión de lasmayorías por las minorías»; las organizaciones y el poder de los medios decomunicación lo hacen posible.Con los grupos fanáticos como tales no se puede hacer nada: su condición los haceinaccesibles a toda persuasión; lo único posible es dejarlos reducidos a lo que son, nohacerles el juego. El caso extremo es el terrorismo, sostenido, de manera evidente,por los que lo hacen posible y acuden siempre en su apoyo.Los fanáticos son algo más: personas. Si colectivamente no se puede hacer nada conellos, individualmente sí; la verdad, adecuadamente mostrada, se impone; el día queun fanático «duda», empieza a estar salvado, porque su condición es precisamente nodudar. Por eso hay que esforzarse por decir incansablemente la verdad, con laesperanza de que pueda llegar hasta los que tienen como profesión resistir a ella.

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