Querida María,Me gustaría poder estar ahora contigo, poder sentir tu respiración cerca de mí, o almenos, tener más tiempo para escribirte. Pero me es imposible. Carlos ha intentadollevarme con él, pero lo militares han sido tajantes y yo tendré que quedarme en tierra.Sé que ahora mismo no tendrás ni idea de lo que está pasando, pensarás que estoy locoo que es una broma, pero demonios ¡no! Esta carta, que deseo con todo mí alma que tellegue cuanto antes, puede salvarte la vida.Mira cariño, no creas nada de lo que dicen de esa gripe, no sé si nos lo querían ocultarporque creían tenerlo controlado o simplemente no sabían lo que pasaba, pero nada delo que han dicho es verdad.Aquí dieron mucha guerra con la maldita pandemia en televisiones, periódicos e internethasta que de repente, pararon de hablar de ella. Al parecer, los pocos contagiados quehabían llegado desde Suramérica eran dados de alta a pocos días, por lo que no habíanada de que preocuparse, simplemente se habían cancelado los espectáculos, partidos yclases, por seguridad. Por aquellos días aún hablábamos por teléfono. Recuerdo que laúltima vez que hablamos discutimos por alguna estupidez. Cuanto daría por haberpodido terminar la conversación con un muchos besos peque.Tienes que saber que la enfermedad, el virus o lo que sea, no se puede curar, lossíntomas desaparecen al ser tratados, la fiebre remite y sólo quedan la tos y losestornudos. Pero el problema es lo que viene después. A cada persona le afecta en unplazo de tiempo diferente, pero todos acaban igual. Un día, alguien que supuestamenteya ha sido tratado y cuya gripe ha desaparecido, comienza a tener taquicardia, más deciento cincuenta pulsaciones por minuto. El sudor comienza a caerle por cadacentímetro de piel y algunos vasos sanguíneos revientan, especialmente los de los ojos.
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