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El restaurador y la madonnina della creazione- 173 –Todos los capítulos de la novela enhttp://jungladeasfalto.com 
XXIX .- EL UTRILLO, POR FIN LISTO
Eduardo había regresado el día anterior tras haber estado fuera sólotres semanas esta vez, con el incómodo temor de encontrarse de nuevo sucasa abierta y revuelta y, aunque luchaba contra él diciéndose a sí mismoque nadie volvería a buscar lo que no se encontraba allí, la sensación devulnerabilidad que experimentaba ahora era mayor que nunca. No podíaevitar asociar esta sensación a una cierta idea de caducidad propia,innegable a pesar de lo desagradable que le resultaba asumirlo, o tal veztuviera alguna relación con los resultados de los análisis que había estadoesperando en Alemania, cuando recibió la angustiada llamada de Susana. Dealguna manera había comenzado a darle vueltas a la idea de que su tiempose estaba acabando y que por ello no podía perder un ápice de él enacometer el proyecto del Utrillo.Desde que volvieran de París apenas había tenido tiempo de ver aSusana y a Guillermo, aunque sabía por las conversaciones telefónicas conella que éste se encontraba en un inusual estado de agitación, al parecerdebido al excesivo consumo de alcohol. Según la expresión de la propiaSusana, tal era la dejadez en la que había incurrido desde que regresaran deParís que había abandonado los trabajos de restauración pendientes y que,de alguna manera, constituían una parte no desdeñable de sus propiosingresos, al margen de la galería. Pero el tono de la última llamada de susocia había tenido un tono extremadamente alarmante.En la galería Susana le esperaba con aspecto más preocupado de loque él había supuesto.
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¡Gracias a Dios que has llegado, Eduardo!. No sabía qué hacer. Hacetres días cortó la corriente del montacargas directo y bloqueó la
 
Salvador Bayona- 174 –Todos los capítulos de la novela enhttp://jungladeasfalto.com 
entrada al taller, y cuando intenté hablar con él… ¡Fue terrible!. A míno me quiere escuchar, pero tal vez tú puedas conseguir algunacosa. Hasta esta misma mañana ha estado vociferando y rompiendocosas.
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Será mejor que no perdamos más tiempo –dijo él dejando su abrigosobre uno de los muebles- y que veamos qué pasa antes de quealgún vecino avise a la policía.No es que el profesor fuera especialmente hábil con las manos peroresultó relativamente sencillo arreglar el montacargas, cuya única averíaconsistía en la desconexión de los bornes del motor eléctrico.El acceso al taller desde el motacargas consistía en una ampliapuerta metálica que corría sobre sendas guías laterales. Aunque contaba conuna cerradura, afortunadamente nunca se habían molestado en arreglarla.No obstante Guillermo había conseguido impedir que ni tan siquiera con elportalón abierto se pudiera acceder libremente, pues había colocado en esteespacio un parapeto para impedir el paso, compuesto por la mesa caliente –una mesa caliente que él mismo había construido tomando como base unantiguo juego recreativo de hockey-, un diván, un par de pesadas pilastrasde mármol y todo tipo de cajas, maderas y material de embalaje.Reuniendo sus fuerzas, Susana y él consiguieron que la barreracediera lo suficiente como para permitir que Eduardo se deslizara por elespacio que quedó entre la mesa y uno de los pesados archivadores. No seescuchaba ningún sonido proveniente del interior, pero aquella protecciónhabía sido concienzudamente levantada y ahora al profesor le asaltaba laduda de a quién servía aquel propósito. Había supuesto desde el principioque el aislamiento de Guillermo era una manera de protegerse de lo quepudiera haber fuera del pequeño universo particular que era el taller para susocio, pero también cabía la posibilidad de que el restaurador, en unmomento de lucidez, hubiera querido proteger a sus amigos de sus violentosataques de ira. En ese caso, Eduardo no podía calcular cual sería su reacciónal verle, y aunque la desazón se iba haciendo cada vez más intensadesestimó rápidamente la posibilidad de retroceder.El taller se encontraba en penumbra y difícilmente podía serreconocido como tal puesto que Guillermo había oscurecido toscamente lasventanas con pintura negra y había despejado el interior de casi todos losobjetos y herramientas de las que se servía para su trabajo. Lo único quepermanecía en su lugar era la pequeña cámara hermética con paredes depolicarbonato, que él y Guillermo habían diseñado y modificado para
 
El restaurador y la madonnina della creazione- 175 –Todos los capítulos de la novela enhttp://jungladeasfalto.com 
reproducir en pocos meses, mediante bruscos cambios en las condicionesambientales, alteraciones de la pintura que sólo se producían de formanatural al cabo de muchos años. Todo lo demás se encontraba, además de enlos parapetos del portalón del montacargas y de la puerta de la escalera, a laizquierda, distribuido descuidadamente en las paredes laterales de laestancia, que ahora quedaba como un espacio diáfano en el que únicamentedestacaban, en el centro de la sala, un caballete cubierto con un guardapolvooscuro y un sillón, colocado de espaldas a la puerta, de donde sobresalía unode los brazos de Guillermo. Inundando el parquet alrededor suyo yacían,tumbadas y vacías, decenas de verdes botellas de vino, algunas de ellashechas añicos.
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¡Wilheim! –susurró el profesor con el tono más amigable que pudoemitir y jugando con su nombre, como solía hacer cuando seencontraba de buen humor-. Soy yo, Eduardo, el profesor. ¿Cómo teencuentras Guillermildo?No obtuvo respuesta.Comenzó a acercarse lentamente. Ahora no temía tanto la reacciónde Guillermo como que éste hubiera llegado al punto de no ser capaz detener una. Sus pies comenzaron a apartar las botellas vacías al tiempo quehacían crujir las maderas del parquet a su paso, pero el brazo de Guillermopendía por el costado derecho del sillón, completamente inerte.
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Estamos preocupados, ¿sabes?. No es normal este comportamientotuyo. ¿Te encuentras bien?El brazo se movió ligeramente, ejecutando un casi imperceptiblemovimiento que a Eduardo le pareció una invitación a acercarse. Conformelo hacía fue descubriendo poco a poco el cuerpo completamente desnudo deGuillermo, hundido en el sillón.Ajeno a su propia desnudez y sumido en una densa niebla etílica,Guillermo sostenía en su mano izquierda, frente a sí, una pequeña fotografíaen blanco y negro de una mujer joven. Eduardo se inclinó ligeramente paradescubrir que los ojos del restaurador permanecían fijos en ella. De prontotodo su temor se convirtió en compasión ante la fragilidad de aquel pobredesgraciado. Agachado junto a él, apartó amistosamente el pelo que caíasobre su frente y se dio cuenta que había un algo nuevo y extraño que leoprimía el corazón, algo parecido a un sentimiento de culpa, a unaresponsabilidad eludida.
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Tienes fiebre –dijo-. No puedes quedarte así

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