El restaurador y la madonnina della creazione- 175 –Todos los capítulos de la novela enhttp://jungladeasfalto.com
reproducir en pocos meses, mediante bruscos cambios en las condicionesambientales, alteraciones de la pintura que sólo se producían de formanatural al cabo de muchos años. Todo lo demás se encontraba, además de enlos parapetos del portalón del montacargas y de la puerta de la escalera, a laizquierda, distribuido descuidadamente en las paredes laterales de laestancia, que ahora quedaba como un espacio diáfano en el que únicamentedestacaban, en el centro de la sala, un caballete cubierto con un guardapolvooscuro y un sillón, colocado de espaldas a la puerta, de donde sobresalía unode los brazos de Guillermo. Inundando el parquet alrededor suyo yacían,tumbadas y vacías, decenas de verdes botellas de vino, algunas de ellashechas añicos.
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¡Wilheim! –susurró el profesor con el tono más amigable que pudoemitir y jugando con su nombre, como solía hacer cuando seencontraba de buen humor-. Soy yo, Eduardo, el profesor. ¿Cómo teencuentras Guillermildo?No obtuvo respuesta.Comenzó a acercarse lentamente. Ahora no temía tanto la reacciónde Guillermo como que éste hubiera llegado al punto de no ser capaz detener una. Sus pies comenzaron a apartar las botellas vacías al tiempo quehacían crujir las maderas del parquet a su paso, pero el brazo de Guillermopendía por el costado derecho del sillón, completamente inerte.
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Estamos preocupados, ¿sabes?. No es normal este comportamientotuyo. ¿Te encuentras bien?El brazo se movió ligeramente, ejecutando un casi imperceptiblemovimiento que a Eduardo le pareció una invitación a acercarse. Conformelo hacía fue descubriendo poco a poco el cuerpo completamente desnudo deGuillermo, hundido en el sillón.Ajeno a su propia desnudez y sumido en una densa niebla etílica,Guillermo sostenía en su mano izquierda, frente a sí, una pequeña fotografíaen blanco y negro de una mujer joven. Eduardo se inclinó ligeramente paradescubrir que los ojos del restaurador permanecían fijos en ella. De prontotodo su temor se convirtió en compasión ante la fragilidad de aquel pobredesgraciado. Agachado junto a él, apartó amistosamente el pelo que caíasobre su frente y se dio cuenta que había un algo nuevo y extraño que leoprimía el corazón, algo parecido a un sentimiento de culpa, a unaresponsabilidad eludida.
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Tienes fiebre –dijo-. No puedes quedarte así
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