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Je t'aime, moi non plus: contradicciones y paradojas de la relación moderna de trabajo

Je t'aime, moi non plus: contradicciones y paradojas de la relación moderna de trabajo

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Published by Alberto Riesco
Lago, J. y Bustinduy, P. (Coord.) Lugares comunes. Trece voces sobre la crisis. Madrid: Lengua de Trapo, 2013 [ISBN: 978-84-8381-192-4].
Lago, J. y Bustinduy, P. (Coord.) Lugares comunes. Trece voces sobre la crisis. Madrid: Lengua de Trapo, 2013 [ISBN: 978-84-8381-192-4].

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07/23/2013

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Una versión posterior de este documento de trabajo se publicó en:
Lago, J. y Bustinduy, P. (Coord.)
Lugares comunes. Trece voces sobre la crisis 
. Madrid: Lengua deTrapo, 2013 [ISBN: 978-84-8381-192-4].
*Rogamos remitirse a dicha versión publicada para citar este documento
*
Je t'aime, moi non plus
:contradicciones y paradojas de la relación moderna de trabajo
 Alberto Riesco-SanzLa configuración del orden social contemporáneo tuvo mucho de guillotina, de frontera nacional y de declaración de derechos del ciudadano. Las revoluciones que sacudieronEuropa a lo largo de los siglos XVIII y XIX no se limitaron, sin embargo, a instaurarlibertades y derechos políticos, sino que proclamaron también la libertad de empresa y deltrabajo. A lo largo de un proceso histórico más o menos dilatado en el tiempo y el espacio,asistimos al derrumbe de buena parte de las estructuras políticas, sociales y económicasexistentes con anterioridad al capitalismo. Entre esas estructuras estaría la actividadreguladora de los gremios artesanales, así como la relación de dependencia interpersonal queel sistema de servidumbre imponía a cada una de las partes: las poblaciones formaban partedel patrimonio hereditario de un dominio y podían ser utilizadas en beneficio propio por supropietario; sin embargo, dicha potestad con respecto al uso de las poblaciones seacompañaba también de la obligación de mantener y asegurar su protección y cuidado.El profundo movimiento de transformación que enterró a las denominadas sociedadesestamentales dibujó al mismo tiempo un escenario históricamente inédito: por primera vez,los procesos de creación de riqueza de los que dependen el bienestar y la viabilidad de lassociedades, tenían que ser garantizados mediante la movilización y uso de poblacionescompuestas en su mayoría por individuos jurídicamente libres: ciudadanos que en elejercicio de su recién adquirido derecho a la movilidad podían abandonar libremente susanteriores ocupaciones, lugares de residencia y empleadores.
Bye, bye, my darling 
. Sinembargo, el debilitamiento de los vínculos de dependencia personal tradicionales supusotambién que el proceso de "emancipación" al que nos estamos refiriendo se practicara porambas partes: a la posibilidad de que el trabajador abandonase empleo y patrón a la búsqueda de mejores condiciones de vida y trabajo, se añadía igualmente la posibilidad deque el empleo abandonase a los trabajadores, desde entonces prescindibles eintercambiables. La libertad del trabajo, desprovista de los recursos materiales con los queejercitarla, se convertía, antes que nada, en una libertad para morir de hambre: y es que enlas recién inauguradas sociedades
 postradicionales 
, la única obligación del empleador conrespecto al trabajador "emancipado" era la del cumplimiento de un acuerdo "libremente"establecido entre dos sujetos jurídicamente iguales (acuerdo mediante el cual uno adquiría temporalmente el derecho a utilizar las capacidades productivas del otro a cambio de unsalario).En estas nuevas sociedades (capitalistas), ni la tradición, ni las restricciones mágico-rituales,ni los grupos de adscripción por nacimiento, ni las lealtades y obligaciones de ellosderivadas: la necesaria interacción entre actividades y poblaciones se transformó en unencuentro -siempre provisional- garantizado, mayoritariamente, por un conjunto dedispositivos a los que hemos solido denominar
mercado de trabajo
. Una institución social
 
que presupondría necesariamente la existencia de poblaciones jurídicamente emancipadas(libres como para poder efectuar una compraventa de capacidades laborales que no derivaseen un simple comercio de esclavos) y que estaría a su vez sujeta a las variaciones y vaivenesde otros tipos de intercambios (de mercancías y capitales, por ejemplo) más que a leyes y obligaciones de carácter comunitario.En este nuevo escenario que estamos señalando, la mayoría de actividades productivasdejaban de estar adscritas -por nacimiento y con carácter hereditario- a determinadosgrupos de población de características e identidades bien delimitadas.
L
a ocupación y el
desempeño de un
 
empleo implicaban cada vez menos un oficio, una formación y un estilo de
vida específicos
,
facilitando así l
a intercambiabilidad
 
acrecentada de las poblaciones
y, de
paso, la revolución permanente de los procesos
 
de trabajo
 
(innovaciones tecnológicas,
org 
anizativas, del tipo de capacidades laborales
necesarias
)
. Una multiplicación de las
combinaciones po
sibles entre poblaciones y trabajos
 
que
 
las
 
sucesivas
 
innovaciones de los
siglos XIX y XX 
-
por ejemplo
 
las
 
registradas
 
bajo
lo que se ha conocido como formas
tayloristas 
 fordistas 
de organización del trabajo- no harían sino incrementar mediante la fragmentación de los procesos productivos en tareas cada vez más sencillas y la estandarización de los tiempos, saberes, herramientas, materiales y procedimientosempleados.De manera que, para poder comprender la dinámica actual del trabajo y las posibilidadesabiertas en torno a él, podríamos afirmar, a modo de hipótesis, que a lo largo de esteproceso histórico de consolidación del capitalismo hemos asistido -como nunca antes- a una progresiva y relativa desvinculación de poblaciones y trabajos; desvinculación que, si seaspira a algún tipo de producción de valor, tendrá que ser una y otra vez invertida medianteel establecimiento de un vínculo entre ambos (poblaciones y trabajos) que será, pordefinición, temporal e inestable. La relación de trabajo moderna, basada en el uso decapacidades laborales ajenas a cambio de un salario y a condición de la revalorización delcapital movilizado, será necesariamente una relación de trabajo precaria, cuya regulacióndio lugar a no pocas contradicciones y dificultades. Inicialmente, dicha relación de trabajose constituyó como una relación de carácter privado entre individuos jurídicamente libres y equiparables que establecían entre ellos un contrato. Pero ¿qué tipo de contrato? La libertad jurídica de los productores con la que nacía el capitalismo hacía imposible su apropiación(la persona del trabajador debía ser inalienable o le estaríamos transformando de nuevo enun siervo o un esclavo). Por otro lado, la desposesión material de los medios de subsistencia con la que se había operado la liberación del trabajo impedía igualmente que la formalización jurídica de ese pacto entre "iguales" regulase simplemente, como ocurría conlas
artes 
profesiones liberales 
, el fruto del trabajo (para lo cual se requeriría una autonomía de la que el asalariado carecía). Así pues, de forma novedosa, fue la propia prestación laboraldel trabajador -no su persona, ni el fruto de su actividad- lo que se convirtió en el objetocentral del contrato de trabajo (Supiot, 2000). Ahora bien, esta innovación generaría, no obstante, un problema pues todo contrato decompraventa de una mercancía otorga al nuevo propietario el derecho de apropiación de la misma de cara a garantizar su uso y disfrute. Sin embargo ¿cómo asegurar la plena posesiónde la prestación laboral adquirida mediante el contrato de trabajo cuando al responsable dela misma se le ha reconocido el estatuto de sujeto inalienable (inapropiable)? La soluciónparcial a este problema vendría del reconocimiento del principio de subordinación del
 
trabajador asalariado con respecto a su empleador, reconocimiento incongruente con la supuesta igualdad de las partes que tratará de compensar la frustración de esta apropiaciónimposible de la persona del trabajador por parte del empresario.
El establecimiento de
 
este
 
principio de subordinación como elemento característico
 
(y 
 jurídicamente definitorio)
 
de la condición salarial
moderna 
supuso reconocer la existencia 
de una relación de poder desigual entre los sujetos jurídicamente libres
(y formalmente
iguales)
que entraban en contacto por medio de la relación de trabajo.
Sin embargo, junto
al reconocimiento de la autoridad del empleador, e
sta subordina 
ción jurídica posibilitó
también
 
acotar y compensar parcialmente la dependencia y desigu
aldad social existente en
la relación
 
de empleo
: por ejemplo, restringiendo dicha autoridad al tiempo y ámbito
concreto
 
delimitado por el contrato de trabajo. El principio de s
ubordinación jurídica 
permitió igualmente
reconocer
-
no sin resistencia por su
parte
-
 
la responsabilidad jurídica,
económica y social del empleador con respecto al trabajador asalariado, figura de cuya 
suerte no podía desentenderse
 
con la excusa de la libertad formal con la que se había 
establecido el contrato
. La asunción (mutualiza 
da, socializada) de esta responsabilidad se
reflejará, por ejemplo, en la consti
tución de mutuas de accidentes,
que diluían en una 
colectividad de empresarios la 
posible
responsab
ilidad del empleador individual
 
(Rolle,
2007: 87). Se reflejará también en la 
 
“participación” de los empleadores en las cotizaciones
sociales con las que se financiarán distintos sistemas de protección social del trabajo
asalariado frente a sus riesgos innatos:
 
desempleo, accidentes laborales, enfermedad
,
 jubilación, fallecimiento
;
 
es decir,
 
básicamente
 
el riesgo de disolución
-
de desaparición
-
 
del
vínculo que une al trabajador con su trabajo
 
y hace de él un asalariado
.
 A 
sistiríamos a 
 
a la 
institucionaliz
ación
 
y socia 
liz
ación progresiva de
aquel
lo que
había surgido
 
en un primer
 
m
omento
como
 
una relación de carácter privado entre sujetos formalmente iguales.
 
Institucionalización, socialización y mutación de la relación de empleo basada en el trabajo
asalariado
 
 A lo largo de los dos últimos siglos, en un proceso histórico bastante convulso, conflictivo y 
repleto de violencia, hemos asistido
-
sobre todo desde la Segunda Guerra Mundial
-
 
a un
progresivo reconocimiento y consolidación (más o menos vigoroso según las
sociedades) de
derechos sociales y económicos del trabajo asalariado: desde el derecho a la asociación y a la 
negociación colectiva; pasando por la participación de los trabajadores en la definición de la 
organización de los centros de trabajo y en el repa 
rto de la riqueza generada; el derecho a la 
salud; al ocio, al tiempo libre y 
al descanso; a la educación
. Hemos asistido, igualmente, al
desarrollo y a la consolidación de distintos tipos de instituciones sociales encaminadas a la 
protección del trabajo a 
salariado: desde el derecho del trabajo propiamente dicho; pasando
por los sistemas nacionales y sectoriales de cualificación que posibilitaban la realización de
una carrera profesional y la mejora progresiva de las condiciones de vida y de trabajo; los
si
stemas públicos de educación y formación; la protección social frente al desempleo, los
accidentes laborales, la enfermedad o la vejez.
 
E
l
 
reconocimiento del
 
principio de subordinación
 
al que antes nos referíamos
 
habría 
constitu
ido
, paradójicamente, un p
rincipio de libertad
y protección
para el trabajo
asalariado
 
(Didry y Brouté, 2.006)
. El mercado de trabajo, como resultado de este
prolongado proceso de acción colectiva,
habría dejado
 
de
comportarse como
 
un mero
mecanismo
 
de ajuste en el que la incertidu
mbre
era 
 
soportada básicamente por las

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