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El comienzo del verano de 1945, momento en que escribí
Walden Dos,
no era una malaépoca para la civilización occidental. Había muerto Hitler y uno de los regímenes másbárbaros de la historia estaba tocando a su fin. La Depresión de los años treinta se habíasumido en el olvido. El comunismo había dejado de ser una amenaza, puesto que Rusiase había convertido en aliado digno de confianza. Todavía faltaba un mes o dos para queHiroshima se transformase en banco de pruebas de una nueva y terrible arma. Habíaunas cuantas ciudades que comenzaban a verse afectadas Por la contaminación, peronadie se preocupaba todavía del ambiente en términos generales. Existía la escasezpropia de las épocas de guerra, pero la industria comenzaría muy pronto a echar mano desus ilimitados recursos para satisfacer ilimitados deseos. Se decía que la revoluciónindustrial había enmudecido la voz de Thomas Robert Malthus.Las insatisfacciones que me llevaron a escribir
Walden Dos
eran de carácter personal.Había visto a mi mujer y a sus amigas porfiando por liberarse de las tareas domésticas,escribiendo con un respingo las palabras «ama de casa» al rellenar aquellos espacios enblanco que inquirían por su profesión. Nuestra hija mayor acababa de finalizar el primercurso y no hay nada como el primer curso que nuestro hijo pasa en la escuela para dirigirlos propios pensamientos hacia la educación. Estábamos a punto de abandonarMinnesota para trasladarnos a Indiana y yo me había movilizado para buscaralojamiento. Iba a dejar a un grupo de dotados intérpretes de instrumentos de cuerda,que habían pasado Por alto mi ineptitud en el piano y no estaba seguro de poderreemplazarlos. Acababa de terminar un año muy productivo gracias a una BecaGuggenheim, pero había aceptado la dirección de un departamento de Indiana y no sabiacuándo volvería a tener tiempo para dedicarme a la ciencia o a la erudición. ¿Cómosolucionar estos problemas? ¿Acaso una ciencia de la conducta no contribuiría aresolverlos?Es probable que lo bueno de este caso fuera que los problemas eran de poca monta,porque posiblemente yo no hubiera tenido el valor de resolverlos de haber sido de mayorenvergadura. En
Conducta de los Organismos,
publicada siete años atrás, me habíanegado a aplicar fuera del laboratorio los resultados obtenidos. «Que extrapole quien estédispuesto a ello», había dicho yo en aquella ocasión. Pero, como es de suponer, no habíadejado de especular con la tecnología que implicaba una ciencia de la conducta ni con lasdiferencias que podía establecer. Comenzaba a tomar en serio tales implicaciones porqueuna vez al mes me reunía con un grupo de filósofos y críticos (entre ellos Herbert Feigl,Alburey Castell y Robert Penn Warren), en cuya compañía la cuestión del control de laconducta humana emergía como tema central de nuestras discusiones.Que todas estas cosas concurrieran en la redacción de una novela acerca de unacomunidad utópica puede deberse al hecho de que una de mis colegas, Alice F.
Tyler, meenviara un ejemplar de su reciente libro,
Freedom's Ferment,
estudio de los
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movimientos perfeccionistas durante el siglo diecinueve en América.
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Con dos meses pordelante antes de mi traslado a Indiana, me decidí a escribir una narración sobre la formaen que yo concebía que un grupo de unas mil personas resolviese los problemasplanteados por su vida diaria con ayuda de unas técnicas de la conducta.Hubo dos editores que rechazaron
Walden Dos
y Macmillan accedió a publicarlo sólo acondición de que yo les escribiera una nota introductoria. En aquella época eran lógicoseste tipo de juicios editoriales. Hubo uno o dos críticos distinguidos que se tomaron ellibro en serio, pero el público lo arrinconó durante doce años. Pero de pronto comenzó avenderse y las ventas anuales se elevaron decididamente según una curva de interéscompuesto.A mi modo de ver, eran dos las razones que justificaban el despertar del interés. Aquella«ingeniería de la conducta» que tantas veces había mencionado en el libro era, por aquelentonces, poco mas que ciencia ficción. Yo había pensado que era posible aplicar a losproblemas prácticos un análisis experimental de la conducta, pero no lo habíademostrado. No obstante, los años cincuenta fueron testigo de los inicios de aquello queel público había acabado por conocer como modificación de la conducta. Se habían hecholos primeros experimentos con personas psicopáticas y retrasadas, se había pasado acontinuación a las máquinas de enseñar y a la instrucción programada, y muchos de losescenarios donde se habían realizado estos experimentos eran esencialmentecomunidades. Y en el curso de los años sesenta las aplicaciones a otros campos, como elasesoramiento y el diseño de sistemas incentivos, se aproximó todavía más a lo que yohabía descrito en
Walden Dos.
La tecnología de la conducta había dejado de ser unaquimera de la imaginación. Puesto que para muchos era ciertamente más que unarealidad.Sin embargo, en mi opinión existía todavía una razón mejor que explicaba por qué cadadía eran más los que leían el libro. El mundo comenzaba a enfrentarse con problemas deuna magnitud enteramente nueva; agotamiento de los recursos, contaminación delambiente, superpoblación y la posibilidad de un holocausto nuclear, para no mencionarmás que cuatro de ellos. Por supuesto que tanto las técnicas físicas como biológicaspodían servir de ayuda. Éramos capaces de encontrar nuevas fuentes de energía y dehacer mejor uso de las que ya poseíamos. El mundo podía nutrirse cultivando máscereales alimenticios y consumiendo cereales en vez de carne. Unos métodosanticonceptivos más seguros podían mantener el crecimiento de la población dentro deunos límites. Unas defensas inexpugnables podían hacer imposible la guerra nuclear.Pero todo esto no se conseguiría mas que si se cambiaba la conducta
humana
y quedabaaún por contestar cómo podía cambiar. ¿Cómo inducir a la gente a servirse de nuevasformas de energía, a comer cereales en lugar de carne y a limitar el número de miembros
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Tyler. A. P.
Freedom's Ferment
. Minnespolis, Univ. of Minnesota Press. 1944.
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