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 La revolución española (1931-1939)Por Pierre BrouéPierre BrouéIntroducción. Pierre Broué y la revolución española1. 1 La monarquía, una fruta madura2 El movimiento obrero: “la hidra sin cabeza”3. La imposible democracia4. La imposible reacción5. El Frente Popular: una vía parlamentaria sin salida6. La contrarrevolución armada desencadena la revolución7. La reacción democrática8. La “contrarrevolución” estalinista9. La derrota y su precio: debates doctrinalesNotasPrimera edición abril de 2006. Tercera edición mayo de 2008.--------------------------------------------------------------------------------Introducción. Pierre Broué y la revolución españolaA vísperas del setenta aniversario de la Guerra Civil, reeditamos la primera partedel trabajo de Pierre Broué, La revolución española (1931-1939). Una reedición muyoportuna tanto para recordar la vida y trabajo de este gran historiador como parahacer disponible de nuevo un texto de indudable interés.El año pasado Pierre Broué murió con 79 años. Dejó tras él una larga vida comohistoriador, profesor y militante revolucionario.Broué participó muy joven en la resistencia contra los nazis como miembro de lasJuventudes Comunistas. Pronto pasó a las filas del trotskismo, militando en laOrganisation Communiste Internationliste hasta 1989. Después colaboró con larevista Démocratie et Socialisme. También fue el fundador y animador del InsitutLeón Trotsky y su excelente revista Cahiers Leon Trotsky.Sus estudios sobre el movimiento comunista, desde su historia del PartidoBolchevique, pasando por la revolución alemana, los procesos de Moscú, la historiade la Oposición de Izquierdas hasta su magistral historia de la InternacionalComunista, han sido y son de referencia obligatoria para cualquier persona quequiera ir más lejos no solamente de las mentiras estalinistas sino también de lostópicos de la historia burguesa. Sobretodo su monumental biografía de Trotsky(todavía no traducida), producto de 30 años de trabajo, que probablemente sea sucontribución más importante a nuestra comprensión del movimiento revolucionario enel siglo XX.Aquí en el Estado español tenemos una deuda especial con Broué. Su historia de laGuerra Civil y Revolución (escrita con Emile Témime), editada en francés porprimera vez en 1961 (en castellano en 1977), sigue siendo uno de los estudios de
 
más valor sobre el tema. Su edición de los escritos de Trotsky sobre la revoluciónespañola, repleta de explicaciones contextuales, notas y un excelente apéndicedocumental, es de gran utilidad (a pesar de los lamentables fallos de edición).Igualmente imprescindible es su estudio sobre Stalin y la Guerra Civil española, abase, en parte, de los archivos soviéticos recién abiertos (desafortunadamentesólo se ha editado hasta ahora en francés, en 1993).Reproducimos la primera parte del trabajo de síntesis de Broué sobre larevolución, que fue editado por primera vez en francés en 1973, y luego encastellano en 1977. La segunda parte del trabajo, que contiene una colección dedocumentos muy útiles para complementar el estudio escrito por el propio Broué yun capítulo de sumo interés: “Estado de la cuestión: problemas y querellas”, sepuede consultar en nuestra página web (www.enlucha.org).Para introducir el texto, nada mejor que recurrir a las palabras, escritas en1971, del propio Broué:Rogamos al lector que en ningún momento busque lo que no podría encontrar: ni unahistoria política de la última República española, ni una historia de la guerracivil. Hemos intentado solamente ajustar al máximo nuestro tema, la revolución, esdecir, la lucha de los obreros y de los campesinos españoles por sus derechos ylibertades, por las fábricas y las tierras y por el poder político finalmente.La revolución. Éstas son las imágenes ya clásicas: manifestaciones, huelgas,asalto a las prisiones, milicianos en mono, barricadas, dinamiteros, ejecucionessumarias y colectivizaciones. Pero éstas son también las exégesis contradictorias,los debates teóricos, las polémicas y los conflictos personales, las batallas deaparatos, las fracciones y las tendencias, en una palabra, todas las otras formasque revisten combates de ideas y conflictos entre fuerzas sociales.Está también ante ella –a veces en sus propias filas y bajo la misma bandera–siempre presente hasta cuando, como aquí, no se le percibe más que como unasilueta o un disfraz, la contrarrevolución.En lucha, marzo 20061. La monarquía, una fruta maduraEl 12 de abril de 1931 España votó para designar sus consejos municipales. Hacíamás de un año que el general que gobernaba en régimen de dictadura desde 1923,Primo de Rivera, se había marchado, despedido por el rey Alfonso XIII, que antesno le había regateado su apoyo. Fue reemplazado por el general Berenguer y despuéspor el almirante Aznar, que organizó estas elecciones —a pesar de los riesgosevidentes— para dar al régimen, frágil, duramente mermado por la crisis y eldescontento general, una cierta base. El 12 de diciembre anterior, dos oficiales,los capitanes Galán y García Hernández intentaron en Jaca un pronunciamiento enfavor de la República. Fracasaron, y Alfonso XIII insistió personalmente para quefueran fusilados, lo cual se hizo. Si el rey, sin embargo, corrió el riesgo dellamar a las urnas y de prometer el restablecimiento de las garantíasconstitucionales suspendidas bajo la dictadura es porque esperaba que lasestructuras tradicionales —el reinado de los caciques— dieran la victoriaelectoral a los candidatos monárquicos. No era el único que esperaba talresultado, ya que los dirigentes socialistas Largo Caballero y el republicanoManuel Azaña pensaban, como él, que estas elecciones serían “como las otras”: unarazón suficiente a los ojos de los dirigentes socialistas para llamar a no tomar
 
parte en unas votaciones a todas luces trucadas...Ante la sorpresa general, estas elecciones municipales constituyeron una verdaderamarea electoral: participación particularmente elevada en las votaciones ydesbordante mayoría para los republicanos en todas las ciudades, sobre todo enMadrid y Barcelona. El hecho, ya previsto, de que en el campo salieran elegidos,poco más o menos en todas partes, los monárquicos, no cambiaba nada: estaba claroque la pequeña burguesía había votado en masa contra la monarquía. El principalconsejero del rey, el conde de Romanones, uno de los mayores propietarios detierras del país, fue el primero en sacar conclusiones políticas de estaselecciones: el rey debía marcharse. Esta era también la opinión del generalSanjurjo, otro amigo personal del soberano, director general de la Guardia Civil:se lo dijo sin rodeos. El desafortunado soberano vaciló un poco, pero debiórendirse a la evidencia: sus fieles más próximos, sus partidarios más encarnizadosson unánimes al pensar que debía marcharse si no quería hacer correr al país elriesgo de una “revolución roja”, en otros términos, de una revolución obrera ycampesina. Alfonso XIII hizo, pues, sus maletas y emprendió sin tambores nitrompetas el camino del exilio. La monarquía española se había desvanecido singloria. La historia de la Segunda República comenzó con esta sorpresa que algunossaludaron con asombro, un cambio de régimen obtenido por simple consultaelectoral, la proclamación de una república que no había costado ni una sola vidahumana...Ya algunos meses antes, comentando la marcha del dictador Primo de Rivera,Trotsky, observador atento de los acontecimientos en España, había notado que enel curso de esta “primera etapa” la situación había sido resuelta “por lasenfermedades de la vieja sociedad” y no “por las fuerzas revolucionarias de lanueva sociedad”1. Es decir, que España era una de las sociedades más “enfermas” deEuropa, el eslabón más débil de la cadena del capitalismo. El avance adquirido porella en el alba de los tiempos modernos se transformó en su contrario comoconsecuencia de la pérdida de sus posiciones mundiales al acabar el siglo XIX. Lasociedad del Antiguo Régimen no había acabado todavía de descomponerse cuando laformación de la sociedad burguesa comenzaba ya a detenerse. El capitalismo nohabía tenido ni la fuerza ni el tiempo para desarrollar hasta el final sustendencias centralistas, y el declinar de la vida comercial e industrial urbana,la disolución de los lazos de interdependencia entre las provincias reforzaba lastendencias separatistas cuyas raíces se hundían en la más lejana historia de laPenínsula.En lo esencial, la España de principios del siglo XX continuaba siendo un paísagrícola donde la aplastante mayoría, 70% de la población activa, se consagraba ala agricultura con medios técnicos rudimentarios, obteniendo los más bajosrendimientos por hectárea de toda Europa, dejando sin cultivo, por falta de mediosy de conocimientos, debido a la estructura social, más del 30 % de la superficiecultivable. En la totalidad del país, la tierra pertenecía esencialmente a loshacendados, los terratenientes que vivían en régimen de dependencia parasitaria deuna masa rural pauperizada: 50.000 hidalgos rurales poseían la mitad del suelo,10.000 propietarios poseían más de 100 hectáreas, de tal manera que más de dosmillones de trabajadores agrícolas dependían, para vivir, del trabajo en losgrandes latifundios, al igual que un millón y medio de propietarios de pequeñasfincas. Los ejemplos de estas propiedades inmensas son bien conocidos, la delduque de Medinaceli con sus 79.000 hectáreas, o la del duque de Peñaranda con sus51.000... Es necesario matizar lo expresado anteriormente, indicar que en el nortey el centro el problema de las pequeñas propiedades —el de los minipropietarios,de los granjeros, de los colonos contratados en diversas condiciones— no era el delos latifundios del sur y de la gran miseria de sus trabajadores agrícolas, losbraceros. Sea como fuere, la tierra de España pertenecía a un puñado de oligarcasy el campesino español profundamente mísero tenía hambre de tierra.
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